Por: Juan Paredes Castro |
Sabíamos hasta ahora de exilios y autoexilios presidenciales en el exterior, pero no teníamos el precedente de un autoexilio ministerial a solo 224 kilómetros de Lima.
Desde ayer lo tenemos en el registro de nuestra historia política.
En efecto, un desentendimiento áspero al interior del Consejo de Ministros terminó con la decisión del economista Hernán Garrido Lecca de mudar su despacho de Vivienda a Pisco, donde, según sus palabras, permanecerá durante un mes, al término del cual evaluará si su ciclo laboral y de vida le permiten continuar formando parte del Gobierno.
Nadie se autoexilia de una manera tan insólita si es que no hay condiciones casi ad hoc que lo permitan.
El choque de puntos de vista de Garrido Lecca con los de Alan García y Jorge del Castillo tiene que haber sido muy fuerte. Hasta donde se sabe el primero deseaba la aprobación de una norma legal que le permitiera al Gobierno vender inmuebles del Estado en plazos extraperentorios. ¡Ya, ya, ya! Es decir: con escaso tiempo para abrir ofertas transparentes. Los segundos habrían exigido mayores plazos para asegurar precisamente una subasta limpia y transparente. Para comenzar, no menos de noventa días.
El arrebato del ministro podría haber llevado a dos cosas: a la presentación de su inmediata renuncia irrevocable, cosa que no ha ocurrido, o a la revisión de su punto de vista sin ventilarlo públicamente ni asociarlo con su voluntad de autoexiliarse en Pisco y consiguientemente alejarse del régimen en un mes. Del mismo modo, si el Gobierno no estaba de acuerdo con el arrebato, por más que García piense que la conducta de Garrido Lecca se deba a su brusca bajada de peso, tampoco debió permitírselo.
La impresión que tenemos es que el ministro de Vivienda no ha podido salirse con la suya y le ha dicho al presidente y al primer ministro, más con gestos que con palabras, que vean qué hacen con su puesto y que mientras tanto él se da el lujo de inventarse una función gubernamental de defensa civil en Pisco, que en el fondo desautoriza el ya de por sí complejo trabajo de Julio Favre al frente del Forsur.
No le falta razón a Favre cuando dice que si el presidente llegara a pedirle su renuncia se sentiría muy agradecido.
Está bien que el Gobierno no tolere supuestos conflictos de intereses al interior del Consejo de Ministros. Está mal que permita que un ministro descontento escoja dónde muda su despacho mientras le pasa su arrebato.
El zar Favre o el príncipe Garrido Lecca. ¿Quién queda definitivamente en el sur?