Pilar Nores habla del programa Sembrando
Por Milagros Leiva Gálvez
A las cinco de la mañana Pilar Nores está sentada en las escaleras del jardín posterior de Palacio de Gobierno. Está sola. Hace mucho frío, pero ella no tiembla. Ensimismada en un mapa de la provincia de Lima, estudia la ruta del viaje:
--Iremos a Chatacancha, Ca-lahuaya y Mariatana --anuncia.
Sus acompañantes tienen cara de sonámbulos, pero ella luce fresca. ¿Cómo hará para levantarse tan temprano y estar de buen humor? Será un viaje largo, agrega. Lo que no advierte es que el camino a Huarochirí, hacia esos poblados ubicados en la sierra de Lima, será un tormento. Que rocoso y lleno de piedras, será un tránsito doloroso. Pilar no se quejará ni un solo segundo. A la esposa de Alan García le han dicho que use una faja para evitar los dolores en la cintura y que lleve un cojín para amortiguar tanto sacudón. No es para tanto, sonríe. Además hay que vivir las inclemencias que soportan los campesinos a diario, dice. Así se aprende.
Sería muy fácil pedir un helicóptero como lo hacía Fujimori, ahorraría tiempo y se evitaría molestias, pero Pilar busca sembrar diferencias. Nada de propaganda política ni de comodidades palaciegas, la esposa del presidente García prefiere ganarse el respeto de la gente poniéndose en los zapatos de los excluidos. Eso es lo primero: Por tierra. Y solo cuando sea absolutamente indispensable, por aire.
Una punzada en la cabeza la obligará a preguntar si ya está a más de tres mil metros. La punzada es su señal personal de ascenso. Sí, señora, estamos a tres mil cien, le contestará siempre Víctor Chávez, el chofer que tiene la misión de llevarla sana y salva por la sierra del Perú. Y entonces la señora Nores cerrará los ojos y alejará en segundos el primer síntoma del soroche. Cuando sus acompañantes estén exhaustos por la falta de oxígeno, ella seguirá caminando y conversando con las madres campesinas, con los niños, con los comuneros que le entregan listas de pedidos y escuchará una y otra vez que es la primera vez que ven a la esposa de un presidente.
Pilar tiene la apariencia de mujer honesta. No le gusta la pompa, tampoco las ceremonias. Dice que prefiere hechos y menos discursos. Y esa es una ironía teniendo en cuenta que su esposo disfruta con la oratoria. Pilar Nores es directa: no acepta pedidos lastimeros, menos dar limosna. Si algún campesino le pide cosas imposibles, ella misma lo aterriza. No le gusta prometer lo que no puede cumplir. Rubia como Eliane Karp, a diferencia de su antecesora, a Pilar nadie la verá levantando el puño en alto o contestando en voz alta las críticas. Pilar tiene otro perfil. Su imagen es la de una madre preocupada, no se vende como intelectual. Si Eliane le bajaba puntos a Toledo, Pilar levanta simpatía para García. Las mujeres de los presidentes también juegan en el universo de las encuestas y la señora Nores sabe que gana con Sembrando.
La historia de este programa de ayuda social comenzó en la campaña electoral. De tanto ver niños desnutridos, de tanto ver mujeres enfermas y campesinos hueso y pellejo, se prometió que si llegaba a Palacio intentaría detener la desnutrición crónica. Y desarrolló su plan. Lo primero: construir letrinas y enseñar la importancia de lavarse las manos. Lo segundo: instalar cocinas con chimeneas para que el humo de la leña salga al exterior y no siga enfermando. Lo tercero: desparasitar a toda la familia para que el estómago quede limpio. Lo cuarto: dar raciones de leche y medicinas para aumentar la hemoglobina. Lo quinto: enseñar cómo se mantiene un huerto con poca agua y cómo se siembran hortalizas que contengan hierro y zinc. Así de sencillo. Y lo más importante: jamás olvidar que existen siete millones de peruanos que viven en extrema pobreza. Es imposible. Lo repite al levantarse. Es imposible haber visto y no hacer nada.
EN EL LUGAR DE LOS HECHOS
Al centro poblado de Chatacancha ha llegado a la hora fijada. Pilar es amante de la puntualidad. Ocho de la mañana. En la Plaza de Armas un grupo de niños del colegio San Cristóbal la espera, también mujeres con sus sombreros de palma. Algunas llevan a sus bebes en las espaldas y los protegen con unas mantas bordadas por ellas mismas. La mezcla de colores en la sierra siempre subyuga. A esta hora de la mañana las campanas de la iglesia se escuchan. La verdad es que nadie creía en el arribo de la dama y por eso hay que llamar a campanadas a los demás pobladores que están en el campo cuidando la tuna. Eso siembran: tuna para venderla en Chilca y en Lima. La iglesia, enclavada en la plaza, es una joya perdida. San Cristóbal es el patrón, 1688 la fecha de construcción. Juan Parco, el jefe de la comunidad, anticipa que la iglesia es el orgullo del pueblo, que la restauran como pueden. Pilar pide anotar a un asistente que sería bueno que alguien del Instituto Nacional de Cultura se diese un salto por aquí. Así hace siempre. En Chatacancha sucede lo mismo que en cualquier poblado altoandino: no hay luz, tampoco agua y desagüe, no hay posta médica, solo una escuela de primaria con tres profesores y un centro de educación inicial con apenas un promotor para 26 niños. Y, por supuesto, no hay teléfono. Exclusión total.
Bien guapa la gringuita, dice un niño que actúa y Pilar ríe divertida. Durante el día más de una campesina la llamará así: gringuita. Yo pensé que no llegaba, dice Isolina Núñez, que vende quesos en el poblado Mariatana, uno piensa que solo con terremoto las autoridades vienen, pero mírala, la gringuita llega solita para ayudar.
Quizá este sea un cálculo político, el arma secreta del aprismo que no tiene seguidores en el ande: no es el presidente que llega, pero sí la esposa. Quizá sea un cálculo, pero no lo parece. Pilar Nores no hace proselitismo, no menciona jamás el nombre de Alan García y tampoco actúa como política, parece más bien una profesora o quizá una doctora. La señora no lleva una portátil teatral.
--Me sorprende que viaje sin un séquito de seguridad.
--Si uno viaja para hacer el bien, muy raramente te pasa algo. La propia comunidad te protege. En el gobierno anterior, cuando trabajaba con las madres, no tuve un solo incidente con los terroristas.
Así es ella. Creyente, amante de la energía. Cada vez que llega a una comunidad inicia su ceremonia personal: reúne a los habitantes y les explica que todos tendrán que tomar una pastilla para limpiar el estómago, que las enfermedades no se curan tomando medicinas, sino previniendo y que por eso hay que lavarse las manos antes de comer los alimentos y después de ocupar la letrina, luego advierte sobre los índices de la hemoglobina y ordena tomar muestras de sangre. A los anémicos les da tónicos reparadores y pastillas (Complexan B y Ferri-fol), la dosis que dura un mes es donada por laboratorios. Cuando pone en fila a todos los habitantes y les coloca la pastilla Abendazol en la boca, parece casi una primera comunión. A los niños les conversa y mima mientras vigila que mastiquen la pastilla. Los pequeños la observan sorprendidos. Es bien feo tener gusanos, dice Miguel Quispe en Calahuaya, tiene 13 años, pero parece de 8. Yo tuve gusanos y me daba mucho dolor y diarreas, por eso estoy tomando mi pastilla. La escena se repite una y otra vez. Las campesinas mastican la tableta, casi divertidas, los hombres también hacen la cola de prevención.
Al final de cada visita Pilar premia al poblador que mejor haya levantado su cocina y letrina. El regalo es una lampa que servirá para el huerto familiar. Todo está calculado. Al final de su visita doña Pilar comerá papas y habas y carnes y recibirá flores y abrazos y se tomará fotos una y otra vez. Subirá a su camioneta para regresar a casa y pensará lo de siempre: nadie se puede olvidar de los peruanos que viven aislados. Algo se tiene que hacer. No le interesa ostentar poder para quedarse en Palacio y disfrutar, prefiere usar su energía para generar un cambio. Al menos lo está intentando.