Por José Sam. Empresario
En setiembre tuve la oportunidad de participar en la reunión del World Economic Forum (WEF), en la ciudad china de Dalián, que convocó a los líderes políticos y empresariales de países y empresas de mayor crecimiento, para debatir sobre nuestras responsabilidades en los temas globales.
Entre los muchos temas de interés que se abordaron, llamó especialmente mi atención la visión sobre Latinoamérica. Según opinión general, el valor fundamental de la región está en nuestras materias primas, sin vislumbrar nuestro aporte al mundo en otros niveles. Para la opinión internacional, la esperanza y el futuro de nuestros países es muy incierta. A diferencia de las naciones desarrolladas y las emergentes que siguen una clara tendencia hacia el progreso, en nuestro país seguimos entrampados en ideologías trasnochadas que ven con temor la modernidad, la inversión y el aprovechamiento de nuestros recursos. La visión de estos líderes coincide con el análisis del presidente y su metáfora del perro del hortelano.
Pero hay otro síndrome canino, quizás mucho más crudo, que también los peruanos padecemos. Es el que encontramos en el pasaje bíblico y que nos refiere sobre un perro que vuelve a su vómito. Pese a los progresos incuestionables en el país, no queda claro si vamos a seguir el camino del desarrollo o volver a sistemas de gobierno históricamente fracasados, como el de Chávez y compañía. En lugar de mirar el horizonte prometedor, seguimos mirando hacia atrás contaminados por ideologías anacrónicas, cuando en el mundo moderno ni siquiera los conceptos de izquierda y derecha son los mismos que seguimos manejando. Se prefiere, como el perro de la escritura, mirar hacia atrás, lamentarnos y creernos las víctimas de la historia, en lugar de forjar nuestro futuro.
Caso inverso es lo que sucede en varios países del Asia, que parecen haber encontrado la vía para el desarrollo sostenido. Solo en China, los últimos 20 años se ha tenido un crecimiento promedio de dos dígitos y 250 millones han salido de la pobreza. Es sugerente que muchas de estas naciones no reduzcan sus debates a términos económicos, pues su sabiduría milenaria les permite comprender que el sustento del desarrollo se plantea a partir de reformas en la cultura, como lo demuestran los discursos pronunciados por Wen Jibao, primer ministro chino, la reina Rania de Jordania, el jeque Maktoum de Dubái y Penny Low, parlamentario de Singapur.
Así, en el contexto nacional, no basta el análisis de temas económicos y administrativos. Quizás el gran objetivo sea una auténtica renovación cultural que empiece por la educación, ética y valores. Renovar la cultura es restaurar el ámbito en que vivimos, desde valores universales tan olvidados como la honestidad, la responsabilidad, el civismo, la disciplina y la solidaridad. La ética y la razón permitirán comprender que no existe oposición entre el bien particular y el bien común, que no vale la pena quedarse en el pasado sino construir el futuro, es decir, despojarnos de una vez de los dos síndromes caninos.
En los temas económicos, de promoción social e incluso de reforma del Estado, el presidente cuenta con especialistas; pero en la renovación cultural, por su formación intelectual y conocimiento de la historia, es él mismo quien debe llevar la batuta. La vida es paradójica; hace veinte años Alan García arrebató la esperanza a una generación entera, hoy la historia le da la oportunidad y responsabilidad de devolvérnosla. Esta renovación cultural nos involucra a todos. Especial discernimiento ético han de tener los medios de comunicación y los líderes de opinión tan tentados por las ideologías. Recuperando nuestra identidad demostraremos que el Perú no vale únicamente por sus materias primas.
Estamos ante una oportunidad única e histórica para la renovación cultural que reconcilie el país y sea el punto de partida de una nueva cultura que sustente el desarrollo, la justicia social y la continuidad democrática, pues, citando a Winston Churchill, "no hay mayor mentira que una democracia sin educación".