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El vanguardista de lo andino

HOMENAJES. Edgar Valcárcel es uno de los grandes compositores clásicos del Perú. Autor de la música del famoso poema "Canto coral a Túpac Amaru", él une lo académico y lo tradicional, sobre todo de su natal Puno. Y a la vez es un pionero de la música electrónica

Por Miguel Ángel Cárdenas

Si existiera una palabra para nombrar algo que sea a la vez ancestral y pionero tendría que utilizarse

--ahora mismo-- para definir su música. Pero esa palabra no existe, aunque a Edgar Valcárcel le guste 'ultraórbico', un neologismo acuñado por su paisano puneño el poeta Gamaniel Churata para definir "la actitud del hombre a ser universal sin dejar de ser provinciano". Así, el maestro Valcárcel escribió "El zorro zorrito": La primera obra sinfónica en el país para orquesta, coros y banda de sicuris. Y esta semana, que se le ofrece un rotundo homenaje en el Centro Cultural de España, se podrá escuchar su precursora "Zampoña sónica": Un universo paralelo de flautas, pinkullos, quenas y quenachos junto a sonidos electrónicos.

¿Sus ascendientes aimaras han influido en usted?
Sí, mi madre es de Acora, de origen aimara, mis bisabuelos eran caciques acoreños. La prueba más fehaciente era su hermosa nariz aguileña y hablaba el aimara perfectamente. Ella fue la que me enseñó a tocar piano a mí y a mi hijo. Mi familia era de gamonales, mi padre era todo lo contrario de mi madre: de vena española, su pensamiento no era apegado a la realidad peruana.

¿Entonces creció en un entorno donde la música clásica venía del padre y la música ancestral de la madre?
Crecí en un ambiente musical sin hacer distinciones. Es cuando vine a Lima que comencé a sentir las discrepancias entre los 'ismos'... Lo primero que escuché en mi hogar fueron las sinfonías de Beethoven, porque mi papá y mi mamá tocaban a cuatro manos. Era el nexo musical entre ellos, pero también me desarrollé en el entorno de la fiesta de la Candelaria, de los cantos aimaras, de los sicuris. Fueron mi primer alimento espiritual.

Me dijo que su madre también le enseñó a tocar a su nieto. Qué hermoso debió ser eso.
Fue mi madre la que prolongó ese acto maravilloso de enseñar, me enseñó a mí y a cuatro hijos míos en el piano. A los tres primeros los aparté del mal camino...

¿Por qué el mal camino?
¿Qué se podía esperar de ser músico en el Perú? Se tiene una vida de indigencia, como la tengo yo, con un sueldo de porquería siendo profesor emérito del conservatorio de música... Pero mi hijo el último se me escapó y se fue a Curtis, la más famosa escuela de música, en Filadelfia. Lo más bello fue que mi madre les dio también la vivencia andina y mis hijos resultaron más andinos que yo. Y desde chicos los he llevado a Puno, los he comprometido con el folclor, han bailado pandillas y eso se lo debo a mi madre.

¿Y sus padres lo quisieron alejar a usted del mal camino?
Vine a los 16 años a Lima y mi papá me hizo la vida imposible, me decía que los músicos son borrachos, bohemios. Mi madre sí me apoyaba. Pero mi papá me puso a la fuerza en la Escuela Nacional de Ingenieros e ingresé por la puerta falsa. Y mi presencia en la hoy UNI, de la cual mi otro hijo es catedrático, fue un fracaso. Después mi papá volvió a insistir y me obligó a estudiar Filosofía en la Universidad Católica. En esos años me anulé como pianista. Dejé de practicar y no hice la gran carrera que yo quería y en el quinto año abandoné.

¿A punto de terminar la carrera lo dejó todo por la música?
Así es, me gradué con la Orquesta Sinfónica Nacional de Lima, debuté como solista en el concierto de Tchaikovski, me casé y, sin dinero, me fui en busca de la solución de mis ansias musicales a Nueva York. Y, en los años 60, pareció que fue para peor porque fui lavaplatos, mozo. No hablaba una palabra de inglés y sufrí la discriminación del latino; fui portero de un edificio, barrí las calles. Pero tuve que subsistir con mi mujer y mi primera hija, sin dejar la música.

Pero siendo lavaplatos llega al Hunter College de Nueva York.
Es que paralelamente fui a matricularme a la escuela de música de la Universidad de Nueva York. Y cuando ascendí a mozo, estrené mi segundo cuarteto de cuerdas; el primero lo había compuesto en Lima igual que mi gran amigo Francisco Pulgar Vidal... Y me sucedió una cosa mágica: apareció una gran persona: el maestro argentino Alberto Ginastera. Él daba un concierto en el Carnegie Hall, era el gran divo. Y un amigo me dijo vamos al concierto a saludarlo, yo pedí permiso en el restaurante y fui. Lo conocí y su mirada de interés a lo que yo hacía cambió mi vida totalmente. Me dijo que estaba formando un instituto que se llamó Torcuato di Tella. Y a los dos meses gané una beca.

Sé que esa experiencia argentina fue determinante. Allí conoció hasta a Piazzolla.
Tenía plata para vivir dignamente. Estuve dos años y luego obtuve la beca Guggenheim y entré a Nueva York por la otra puerta, por la grande. Regresé justamente como profesor al Hunter College. Hice las clases de contrapunto avanzado. Obtuve la beca dos años diferentes, me la dieron en el 66 y me la volvieron a dar en el 68.

Por esos años compuso el "Canto coral a Túpac Amaru".
Fue una de las obras más importantes que he escrito, mucho antes de que llegue Velasco, que mencionaba con tanta alharaca la cosa tupacamarista. Además, no se olvide que soy descendiente de Carlos Daniel Valcárcel, el gran estudioso de Túpac Amaru, y de Luis E. Valcárcel, el autor de "La tempestad en los Andes". Y de Theodoro Valcárcel, el compositor que estaba discriminado en Lima por ser cholo. Y la escribí y la trabajé en la Columbia University, donde fui a estudiar música electrónica.

Usted fue uno de los pioneros en esta música, que treinta años después se pondría de moda en la vertiente popular.
En los años 60 fue la gran conmoción de la música electrónica en su etapa primaria, yo he sido un cavernícola en lo electrónico. Estuve en los años difíciles, hoy hay aparatos pequeños, yo empecé cuando era todo un cuarto de máquinas y computadoras. Había críticas, pero recuerdo con mucha emoción que con mi Túpac Amaru, que fue con sonidos electrónicos, conjunto de percusión y coro, hubo un consenso de aplauso y admiración.

Usted además había participado de las vanguardias de su época, esas que llegaron al exceso como cuando un compositor tocaba solo una nota y se iba...
Hay una obra famosa que la he tocado dos veces, se llama "El silencio" y es de John Cage. Cage es un tipo que tiene una carga filosófica y que llega al extremo más grande: escribe una obra para piano que tiene cuatro páginas en blanco. Yo salí a tocarla en la sala Alcedo, en los años 70, me aplaudieron, me senté, fueron los cuatro minutos y pico más largos de mi vida, hasta que a finales me levanto, me silbaron y casi me matan, ja ja ja.

Si estaba experimentando tanto con lo electrónico, ¿por qué regresó al Perú, donde no había estudios ni nada?
Porque tenía incrustada la fe en que el Perú podía cambiar musicalmente, hoy esa fe la he perdido totalmente.

Su descorazonamiento es muy intenso.
Yo hablo así, porque he estado metido con el Perú profundo, he dado clases en diversas escuelas de Trujillo, Iquitos, Huánuco, Huancayo, Cusco, Puno, Arequipa. Y trabajé en el Newton, un colegio pituco, donde me pagaban bien, fue un orgullo porque había un director de lujo que tenía un gran respeto por la educación musical... gracias a él pude componer "El zorro zorrito".

Pero, a pesar de todo, sé que mientras más experimentaba con lo electrónico más buscaba lo ancestral. Y mientras más viajaba por las provincias, más permanecía su vocación vanguardista.
Es que yo leo mucho la historia, pues. Los cronistas como Murúa cuando describen la entrada de los españoles a Cajamarca dicen que encuentran una plataforma donde tocaban cientos de pututus, que son las conchas marinas antecesoras del waqra puqu. También tocaban pinkullos y cientos de mujeres cantaban, es textual: "En el falsete agudo que hería el oído de los españoles". Es el canto nuestro, esos cientos de instrumentistas no tenían la afinación 440, que es afinación académica actual. Estete, otro cronista, dice: "Cantaban un canto nada gracioso, más bien espantoso y casi infernal". Ahora no hay testimonio viviente de la música, solo hay instrumentos arqueológicos. Pero las concepciones estaban próximas a las vanguardias. Por eso, mi búsqueda por la música electrónica y los 'ismos' viene porque están emparentados con la gran estética precolombina.

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