Por Carlos Salas
Es como hacer correr un Ferrari contra un Tico. Como enfrentar un superjumbo contra un avión de testeo. Como comparar la voz de un tenor contra la de un cantante de karaoke. Que nadie se pique ni se moleste, pero Brasil siempre será favorito ante Perú. Aquí, en Goiania, en Río o hasta en el planeta Marte, donde --dicen-- los pentacampeones son locales.
El favoritismo se sustenta en la historia, pero también en el presente. Brasil acaba de ganar la Copa América con un trabajo táctico impecable y no es, por lo tanto, un puñado de estrellas-solistas, sino un plantel consolidado que goza de toda la estructura que hoy Perú no tiene.
A diferencia del 2000 y el 2003, cuando enfrentamos a Brasil en Lima con una alineación que recitábamos de paporreta, hoy la selección de Chemo tiene dudas hasta en el arco y no define (hasta el minuto en que redacto la nota) si uno de sus volantes centrales será un obrero --De la Haza-- o un arquitecto --Lobatón--. Aunque el hincha que todos llevamos dentro sueña con ver a Paolo celebrar a lo Cassareto --1975--, el periodista concluye que para vencer hay que esperar un partido perfecto. Es decir, que Perú juegue muy bien y Brasil lo haga demasiado mal.
Son ciertos los argumentos callejeros tipo "somos once contra once", "no son extraterrestres" o "todo puede pasar", pero un pronóstico sensato dice que de diez partidos solo podríamos ganar uno. Ojalá ese uno sea el de mañana.