Por Gastón Acurio
Los peruanos vivimos hoy una etapa en la cual finalmente nos hemos inyectado de ese poderoso ingrediente sin el cual ningún país podría aspirar a grandes cosas: la mística. Aquella que, orgullosos de nuestro origen, de nuestros productos y de nuestras marcas, nos hace al fin valorar, por ejemplo, una hamburguesa de Bembos, un vestido de Fátima Arrieta o un perfume de Ebel, mucho más que a marcas extranjeras. Esta mística nos une en torno a un gran proyecto común llamado Perú.
Con esta mística es que ahora podemos iniciar el siguiente gran paso: soñar en grande y salir a conquistar el mundo. Es hora de abrir nuestras fronteras para integrar a un Perú lleno de oportunidades en un mundo lleno de capitales.
Es hora de liberarnos de miedos y asumir grandes desafíos con la certeza de que no hay peor riesgo que correrle al riesgo. Es hora de dejar de creer que los mercados se acaban en nuestras fronteras. Ha llegado la hora de que al fin entendamos que en nuestro barrio no acaba el mundo. Y que así como nuestra casa es el Perú, también el mundo entero puede ser nuestro barrio.