Confirmado. Correr sin calentamiento deja una semana de tormento
Por Milagros Leiva Gálvez
Juro por mis músculos viejos, por mis piernas y brazos entumecidos, por mi trasero nunca antes tan adolorido, que nunca más corro diez kilómetros sin haber hecho por lo menos un día antes una vuelta a la manzana. Lo juro.
Ya lo habían advertido mis amigos atletas, fornidos ellos, amantes de maratones: prepárate chica, diez kilómetros no es broma y si no corres antes te dolerán hasta las pestañas; pero yo, terca como la mula, preferí dormir antes de madrugar para correr. No es para tanto, pensaba: además, de chica he sido excelente deportista y he soportado prolongados partidos de vóley y básquet, ¿y no dicen que los músculos tienen memoria?, pues entonces recordarán que este pechito alguna vez corrió y responderán. Qué necia. No quería reconocer que pasados los treinta los músculos sufren de amnesia.
También tenía otras excusas para no correr antes de los benditos 10K que Nike tanto alentó: si cuando doy la vuelta al Pentagonito me duele un poco, dos vueltas y media no es drama. Mi tercer pretexto era médico: con tres operaciones en lo que va del año, mejor descansaba y solo corría una vez. Así fue.
Lo reconozco: la noche anterior a la carrera me acosté a la una. Pero fue por amor. Recoger a mi hermana del aeropuerto era mi prioridad. Ni modo que le dijera: mira hermanita linda, te quiero mucho, pero tengo que correr, comer mi platanito, mi buen platito de cereal y dormir como fondista antes de las diez, no pues, no podía. La veía después de muchas lunas y ya Dios me ayudaría a correr.
Mi buena amiga Fiorella, una atleta consumada, me levantó a las seis de la madrugada: vamos, levántateeeeeeeee, tienes que calentar, me pedía. Y yo, sonámbula crónica, le contestaba que por supuesto mi darling, espérame que ya llego, espérame que me pongo mi polito celeste y amarro el chip a la zapatilla y me echo bloqueador y tomo un poco de Gatorade y voy al baño por si acaso, por supuesto chica perica, espérameeeee. La verdad es que solo me levanté cuando mi hermana mayor me llamó por teléfono y de un susto me sacó de la cama: ¡Son las ocho y en una hora corres, flojonaza! Avergonzada me aventé a la ducha para no trotar dormida y luego esperé dando brincos a mi sobrino César Raúl, un atleta que sí sabe respirar. Así llegué al hipódromo a las ocho y cuarenta de la madrugada y así fue como vi, horror de horrores, a hombres y mujeres corriendo, todos calentando, todos despiertos. Malditos. ¿No les gustará dormir?, pensaba mientras terminaba de narrarle a mi sobrino un extraño sueño con fantasmas y gatos blancos. En medio de los despiertos divisé a Fiorella y le pedí baños de energía. ¿Y si no llego, Fio? ¿Y si vomito? ¿Y si cuando llego a la meta ya no hay nadie? ¿Y si abren el tránsito y yo sigo corriendo? ¿Y si me desmayo? ¿Y si me dan ganas de ir al baño? Fio reía. Parecía la hija de Ternero: sí se puede. Respira, acuérdate de respirar, y anda despacio, lo importante es llegar. Eso decía. Mi querida amiga conocía mi meta: ganarle a la ambulancia. No llegar última: por mi honor, por mi medalla, por mi apuesta.
El dolor en los muslos a los siete kilómetros clavados fue la primera alerta, el dolor en los deditos de mis pies la segunda campana, el dolor al lado derecho del estómago el tercer jalón de orejas. En el kilómetro ocho comencé a sentir escalofríos y recordé aquella inolvidable primera sesión de spinning en que luego de jurarme veterana seguí el ritmo de una amiga fan de la bicicleta y literalmente terminé con la presión en cero, en una camilla y con los doctores de Alerta Médica mirándome con la cara de ay, pobre chica subidita de peso (no te dicen gorda), ay pobrecita, cuánto se esforzó. Ni hablar. No me desmayaría en la Javier Prado, los bomberos no recogerían mis pedazos y la ambulancia podía seleccionar a cualquier otro caracol: yo sobreviviría. Todavía tenía aire, mis manos andaban hinchadas y las piernas ya no me respondían, pero continué gracias a una idea que surgió de pronto. Imagino que vivimos en Iraq y estamos escapando de las bombas de Bush, le dije a mi sobrino que ni cara de cansado tenía. Así seguí, saludando a los policías que me animaban y a las señoras que me mandaban besos volados. En el trayecto vi chicas exhaustas, sentadas. Muchachos pálidos, vomitando. Solita me hipnoticé: todo está en la mente... no quieres ir al baño... no te vas a desmayar... no sientes dolor.
Como no quería pasar el roche de llegar caminando, corrí el último kilómetro y terminé por matarme. La pesadilla comenzó en la meta. En las horas siguientes me sentí pelota de fútbol después de partido: me dolía todo. Los brazos, el estómago, las piernas, los muslos, el hombro izquierdo, la espalda, el poto. Todo. Lo único que no me dolía era la cara. Entonces comencé a caminar como recién bajada de un caballo, como escaldada. Horrible. Mejor tómate un relajante muscular, fue la receta que más escuché. El día siguiente fue peor: cuando sonó el despertador, ¿acaso yo, la ex deportista, podía levantarme? Era una vergüenza. Hasta las pestañas dolían. Me recomendaron masajes, baños de agua tibia, más platanito, acupuntura, hipnosis, regresión, yoga, Dencorub, calor que alivia, cura de sueño. En tres días baja el dolor, me consolaban. Que cómo así se me ocurrió mandarme a la loca, que hay que ser bruta, me reprendían. Me hablaron del ácido láctico, del oxígeno, del calentamiento, del estiramiento, del desgarro, de que me pudo dar un infarto, de mis cuatro canas. ¿Por qué no se callan? Ya aprendí: una carrera sí se prepara.
Hoy acabo de cumplir una semana de mi hazaña. Según el chip inteligente llegué en el puesto 5.982 y crucé la meta después de una hora, treinta y un minutos y treinta y nueve segundos. ¡Estoy feliz! Recuerdo la meta y veo los rostros de mi mamita, de mi hermana Yoly recién llegada y de mi querido sobrino Francesco; recuerdo la meta y veo a Fio que habiendo terminado la carrera antes de la hora, esperó con una sonrisa a que arribara sin dejar de llamarme por teléfono para saber si seguía con vida; recuerdo la meta y veo a César Raúl, mi sobrino mayor que me regaló solidaridad. Si hubiera corrido solo estoy segura de que ganaba la carrera, pero prefirió acompañar a su tía lenta. Hace una semana constaté, otra vez, que el amor es el mejor renergizante. La historia termina aquí: para haber sido un caracol que osó correr sin preparación no estuve mal. El próximo año llego antes de la hora. Prometo. Todavía me duelen las pantorrillas y los muslos, pero ya no cojeo. ¿Lo mejor? Ya me enteré de que hoy un grupo de mujeres corre para llamar la atención del cáncer de mama. Ya le dije a Erikin, mi pata del alma, que si ella madruga yo también. Cinco kilómetros, nada más. Que la fuerza me acompañe.