El pasado domingo, tres pequeños hermanos fallecieron cuando, al parecer, una vela cayó al suelo dentro de su pequeña y precaria vivienda. Esta es una historia que bien pudo evitarse
Por Alberto Villar Campos
"A partir del lunes voy a ser un niño nuevo", le dijo J. E. (11) a Dora Luján, su profesora de cuarto de primaria. Faltaba poco para que acabara el día y, entonces, en un arranque de alegría, la mujer les pidió a los alumnos que aplaudieran a su amigo. "En las últimas semanas, se había mostrado muy preocupado por sus tareas; decía que ya no iba a ser tan inquieto". Los pequeños, que aquel viernes 9 juntaron sus palmas en actitud celebratoria, el martes siguiente las tenían quietas, a la altura de sus pechos, mientras rezaban frente al ataúd del pequeño, en un instante de irremplazable e irreprimible tristeza.
Aquel viernes, en la inmensa quinta donde vivía J.E., en Chorrillos, las cosas seguían como siempre: los dos ambientes del pequeño cuarto en el que él pasaba sus días, junto a su madre y cinco de sus seis hermanos, conservaban todavía la humilde penumbra de un mes sin luz. Afuera, las otras 29 miniviviendas exhibían los mismos viejos cables de electricidad sobre los frágiles techos de madera o calamina. Los cinco baños para más de cien personas seguían siendo los mismos, el agua seguía escaseando y la muerte era aún ese territorio extraño del que nadie quería saber nada.
Willar (17), el mayor de los siete hermanos, llegaría aquella noche, como cada fin de semana. Cuando el fuego empezó, él estaba muy cerca...
UNA HISTORIA VIOLENTA
"Estoy tranquila porque me lo piden, pero tengo el alma destrozada". En el velatorio municipal de Chorrillos, Érika Meza, la madre de los tres niños que murieron asfixiados el pasado domingo, tiene los labios y los ojos hinchados, ha perdido la voz casi por completo y, mientras trata de hablar, no deja de ver los tres pequeños féretros blancos rodeados de flores y gente. Sobre el de A. (2), el último de sus siete hijos, hay seis carritos y un pato de juguete al que él solía corretear. Han pasado menos de 48 horas y Érika ha dormido poco y mal: desde el incendio de su vivienda, todo ha sido un salvaje océano de gritos, lágrimas y preguntas sin respuesta. No está sola: Willar está cerca, pero no habla con nadie. No parece a gusto en esa suerte de obligada soledad compartida y en ese silencio que --se nota-- lo aturde. "Necesita ayuda, ha quedado muy mal", dice su madre.
El padre de los niños, Roberto Miranda, llegó de Trujillo, a donde partió semanas atrás con la idea de conseguir trabajo. "El dueño de la quinta, Vicente Flores, le alquilaba un vehículo, pero siempre lo maltrataba --añade la mujer--. Un día quiso vengarse: desapareció ocho días con el carro". ¿Y qué fue lo que ocurrió? "El dueño me cortó la luz y me dijo que yo sería la garantía por su carro robado". En medio del silencio y sin pensar realmente en nada, Érika agrega: "Él es el culpable de todo esto".
SI ES QUE NO TE HUBIERAS IDO...
La madre no tenía previsto dejar solos a sus hijos aquella noche. Le había pedido a Willar que recogiera a D. --la tercera de los siete hermanos-- de la casa de un familiar, pero se había negado. "Estaba cansado. Así que fui yo, y le pedí que cuidara a sus hermanos", dice Érika.
Eran casi las 7:30 p.m. cuando la madre salió a la calle: una hora y media antes de que la primera llama se encendiera en la habitación. Debido a que no había pagado la mensualidad de la luz --S/.130 por inquilino--, Flores le había cortado nuevamente el servicio, algo que, según los vecinos de la quinta, ocurre siempre con varios de ellos. Érika revela además que en varias ocasiones ella y sus hijos fueron víctimas de algo incluso peor: "Quitaba las láminas de calamina del techo y nos dejaba así". Segundo Jara, quien vive al frente de la mujer, lo confirma. Añade que el hombre solía aprovechar los días de lluvia para hacerlo. Desde la tragedia, Flores ha evitado con suerte a la prensa aunque --de acuerdo con los habitantes del lugar--, no ha cesado de amenazarlos.
Willar dice que, cuando su madre se fue, dejó solos a sus cuatro hermanos para hablar con sus amigos en la calle. En un rato debía volver a Lince. Tres de los pequeños ya se habían dormido, y el cuarto, M. A. (5), el único que se salvaría del incendio, charlaba con una amiguita al interior del cuarto, cerca de la puerta, que no tiene cerrojo. "Cuando estaba afuera, un amigo me dijo que salía humo de mi casa". Willar no creyó, pero recuerda que corrió y, luego de abrir la puerta con violencia por el nerviosismo, sacó a M. A., que estaba muy cerca de la salida. "Su amiguita salió antes y, cuando al fin estuvimos fuera, las cosas de la casa empezaron a reventar; no pude hacer nada más".
Las llamas consumieron todo en unos minutos y ni los vecinos ni los bomberos pudieron hacer algo por ello. Gracias a un amigo de Willar, el pequeño M.A. fue llevado en mototaxi segundos después de salir del hogar en llamas. Llegó a una posta médica cercana, y después lo trasladaron al Instituto de Salud del Niño, donde fue sometido a una larga operación. Ahora se recupera lenta pero favorablemente de quemaduras múltiples.
UNA SOLA CHISPA APAGA LA VIDA
Aunque los bomberos indicaron que el incendio se desató a raíz de una vela fijada sobre un mueble de madera, en el que también estaba el viejo televisor de la familia, Érika y el propio Willar han dicho --y reafirmado-- que esto no fue así. Según la madre, la vela estaba encima de un candil de fierro, algo que siempre hacían por las noches, cuando se quedaban sin electricidad. "¿Cómo podría dejarlos en una situación como esa? --dice la mujer, sollozante--. No lo podía creer cuando llegué. Se han llevado a tres de mis gotas de agua...".
Sin embargo, un residente de la quinta que optó por mantener su nombre en reserva dijo que, tiempo atrás, una vecina de Érika le había proporcionado un cable desde su vivienda para compartir, secretamente, la electricidad. La vela --asegura la fuente-- era solo una manera de dar la idea de que allí, efectivamente, no había luz. ¿Pudo haber sido un corto circuito producto de la conexión clandestina y no la vela lo que provocó el incendio? En cualquiera de los casos, el fuego que se inició al interior de la vivienda el pasado domingo segó tres pequeñas vidas que no debieron acabar así, tan de pronto.
No al menos así...
CLAVES
En el 2007 han muerto 12 niños
4Según cifras del Cuerpo General de Bomberos Voluntarios del Perú, en lo que va del año 12 niños han muerto en incendios en el país. En el 2006 fallecieron 26 menores de edad por esta causa.
4La familia Miranda Meza se ha quedado sin hogar y tiene un hijo con quemaduras. Si desea ayudarlos, comuníquese con Érika, la madre de los niños fallecidos, al 9855-0104.