SU MAMÁ YA NO TIENE JARDÍN, HACE MÁS DE 20 AÑOS ÉL SEMBRÓ SU VIVERO ALLÍ. A DIARIO, DESDE EL RESTO DEL PLANETA RECIBE CONSULTAS. AQUÍ, NADIE SABE MÁS DE CACTUS QUE ÉL
Por Antonio Orjeda
Si te acercas, sobre las palmas de sus manos las vas a ver. "El mismo cuerpo las bota". Sí, Lucho habla de espinas. De las que lleva incrustadas y que solitas van saliendo.
De cactus. Todas esas espinas son de cactus.
Su mamá ya no tiene jardín. Allí, desde hace mucho crece un vivero. A mamá no le importa. El otro día, Lucho la encontró sacando la cuenta de cuánto --en billete-- había allí. Cuando su viejo lo comenzó a ver llegar con cactus a la casa, no se aguantó: "qué haces comprando tanta tontería". Lucho tenía 15 años. Un año después lo entrevistó El Comercio. "El Coleccionista", así fue titulada la nota. "Mi papá sacó fotocopias frenéticamente para repartírselas a sus amigos".
Lucho tiene ahora 38 años. Ha dejado de ser solo un coleccionista, ahora es una autoridad. Su página web recibe consultas tanto de Argentina como de los Emiratos Árabes. Cuando se trata de cactus, a Lucho lo consulta hasta el Inrena.
LA SEMILLA
Primero fue jardinero. Por una cuestión de autonomía, aclara. No pues, no había necesidad económica, y la mayor prueba de ello es que su abuelita mandaba al chofer para fuese a recoger al nieto que le cortaría el césped a cambio de unos buenos soles. Lucho llegó a hacerse cargo de los jardines de varias oficinas del ya marchito Banco Popular.
"Era agotador. Llegó un momento en el que salía del colegio y no podía con tantos jardines".
A cambio, obtuvo lo que quería: autonomía, y un carácter que hoy envidia. "Como trabajo en responsabilidad social, ahora he desarrollado la tranquilidad, la pausa". Antes, bastaba que algún pata se mofase de su oficio para que él le saltase encima.
Fue atendiendo los jardines de otros como comenzó a visitar viveros; y así fue como los cactus se cruzaron en su camino.
"¿Qué les veo? Formas, texturas, color, orden... Siguen siendo los soldaditos de plomo con los que yo jugaba en mi jardín". En el jardín que no lo es más, ese en el que ahora prende las luces y parece el Estadio Nacional. Su vivero que en un principio albergó a tres variedades de cactus hipersolicitadas, de nombre asiento de suegra, y que hoy reúne a más de 1.000. Sí, solo de esa variedad.
Así como hay tigres albinos en la naturaleza, él posee rarezas cubiertas de espinas; y le encanta indagar en los mercados por los nombres populares de estas: lengua de gato, Judas calato... Lucho también goza con los mitos. "Dicen que si pones al sampedro en una esquina de la casa, silba cuando entran los ladrones".
Y este disfrute, no lo quiere solo para él. "Lo que yo quiero, algún día, es donar mi colección a alguna entidad que me permita entrar a mirarla y cuidarla, porque esto es demasiado para que sea solo de uno". Pero esto no es solo de él. Su mujer ha sido vital en la búsqueda y hallazgo de más y más especies en distintas partes del país.
"Ella es más valiente: cuando subimos un cerro, ella va adelante. Yo soy más 'chivay'", ríe.
No, a ella no la conoció en medio de lenguas de gato y Judas calatos, sino en una discoteca. "Por eso ahora me recrimina: yo te conocí bailando, ¡no sabía que eras una planta!", se mata de risa.