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¿Para qué llama el Congreso a los ministros?

Por: Juan Paredes Castro |

Un Congreso pobremente representado recibió el lunes por la tarde, en sesión reservada, a tres ministros de Estado que por poco no acabaron hablando entre ellos mismos.

La falta de quórum apareció como un fantasma. Estuvimos muy cerca de un escándalo.

¿Para eso los invitó el plenario? ¿Para rellenar el artificioso afán de los grupos parlamentarios por exhibir una fuerza fiscalizadora que de real y efectiva apenas tiene la capacidad de cursar citaciones?

El presidente del Consejo de Ministros, Jorge del Castillo, flanqueado por los titulares del Interior, Luis Alva Castro, y de Defensa, Allan Wagner, tenía mucho que decir sobre las acciones criminales del narcotráfico y del terrorismo. Lamentablemente el desinterés y desconocimiento de los parlamentarios sobre el tema, lejos de motivar un esclarecimiento de fondo, como todos esperábamos, llevaron el encuentro a un punto muerto, del que no salió absolutamente nada.

No es que la condición reservada de la sesión plenaria haya guardado entre cuatro paredes exposiciones sumamente importantes y determinantes para la construcción de una estrategia integral en defensa de la seguridad interna del país. Ya hubiéramos querido que así fuese, aunque no se filtraran informaciones a la prensa. Lo cierto es que esa sesión reservada, convocada casi de grado y fuerza por el plenario del pasado jueves, no tuvo más novedad que el planteamiento del primer ministro para la creación de un frente político contra el narcoterrorismo.

Una concurrencia ministerial del más alto nivel, convocada, además, no por alguna caprichosa comisión ordinaria, sino por un plenario supuestamente afectado por las recientes muertes de policías a manos del narcoterrorismo, merecía algo más de 74 parlamentarios presentes, de un total ideal de 120 y real de 114. Las cuarenta ausencias subrayaban la naturaleza de convidados de piedra de quienes hubieran deseado tener una mejor audiencia. Inclusive los 74 presentes casi no se hicieron sentir ni con preguntas ni con argumentos que en verdad valieran la pena.

Que esta ingrata experiencia sirva para que el Congreso revise profundamente su política fiscalizadora y no ceda continuamente, como lo viene haciendo, a la tentación de las citaciones ministeriales por quítame estas pajas. Y lo que es peor: que no tenga nada importante que decir a la hora en que ya tiene sentados ante sí a los ministros convocados.

Necesitamos menos espectáculo político y mayor eficacia legislativa. El uso del tiempo en el Congreso atraviesa por una grave crisis, lo que no le permite construir una buena agenda.

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