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¡A mí que no me revisen!

Por Fernando Vivas. Periodista

Me equivoqué al creer que las revisiones técnicas podían servir para frenar la contaminación y el caos vial, que valía la pena sufrir una cola motorizada con tal de respirar aire puro y manejar sin la paranoia de tropezar con un Tico sin luces y con frenos vaciados.

Qué bucólico e ingenuo fui. En mis narices estaba la bronca entre la Municipalidad de Lima y la empresa Lidercon, que tiene al sistema al borde del colapso. Y si este ocurre pronto no será por mezquinas disputas sobre la distribución del pozo (800 mil vehículos que pagan más de 50 soles hacen bonita suma), sino por decisión política de los muy vivos asesores que mantienen muy difunto a Luis Castañeda: "Este muertito no carga a otro ni de a vainas" es el mensaje tras cada intervención del teniente alcalde Marco Parra. La rabia ciudadana por las colas inútiles no se la 'bancará' Castañeda por nada del mundo. La clave de su éxito es sumar puntos sin meterse en líos, así que Lidercon tendrá que responder sola, si es necesario, abandonando el país.

También tenía sobre el tapete, ante mis ojos, las grietas de una falla estructural: la Ley General de Transporte 27181, de 1999, y el reglamento del 2003 que deriva de ella establecen que las revisiones corresponden al Ministerio de Transportes, pero este ha cedido su función a la municipalidad, que la ha reglamentado con una ordenanza municipal, norma de menor jerarquía que el reglamento dado por decreto supremo. El primer ciudadano que sea sancionado por ser omiso a la revisión podría plantear menudo amparo.

Pero más allá de estos argumentos técnicos, quiero aportar una convicción personal, que la maceré cuando sufrí mi propia revisión. Fui a la planta de la Vía de Evitamiento, la única que acepta citas telefónicas y la mía, gracias a que llegué antes de la hora, fue respetada. Pero todo lo demás fue una burla: un técnico me hizo indirectas sobre lo exigentes que eran y que me exponía a ser jalado, me confundió dándome instrucciones para que yo mismo manipulara el auto durante las pruebas y finalmente me jaló por tener los frenos malos. ¡Mi auto tiene tres años, ha cumplido rigurosamente su mantenimiento en el taller oficial de la marca y frena sin problemas!

Para contrarrestar mi furia con la prudencia de un experto conversé con Luis Quispe Candia, de la ONG Luz Ámbar. Me dijo que nuestras revisiones son un desastre, como lo prueba que uno mismo manipule su coche en ellas, pero que replanteando el sistema de raíz sí tiene sentido. Sin embargo, sigo convencido de que un tinglado basado en la desconfianza hacia el ciudadano y en la imposición de evaluaciones que no le reparan nada, es inútil y abusivo.

Por eso, pienso que las revisiones solo tendrán sentido cuando esté listo un sistema que minimice el malestar, que sincere sus exigencias y que confíe en la voluntad del ciudadano de contribuir al orden, dándole la alternativa de obviar el examen y acudir directamente a talleres facultados para reparar y declararlo apto. Insistir en las actuales revisiones es fregarnos la paciencia.

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