Desconfiamos del otro y no cumplimos nuestras obligaciones. Somos de los países que más pensamos que la gente trata de aprovecharse antes que ser justa
Por Beatriz Boza
El compararnos con otros es una tendencia natural del ser humano que vive en sociedad. Esa comparación puede despertar sentimientos de envidia y rechazo o de admiración y afán de superación, pero en ambos casos aporta información que permite una introspección para conocernos mejor. Depende de cada quien cómo encara ese "verse en el espejo" y qué hace con ello.
En el espejo de la economía, somos uno de los países de la región que más ha crecido en los últimos cinco años (5,7%), con reservas internacionales que superan los US$ 25 mil millones y una Bolsa de Valores que viene dando resultados positivos y, sin embargo, según el último Latinobarómetro, somos uno de los pueblos más pesimistas respecto de la situación económica actual y futura del país. En el espejo de las percepciones, el Latinobarómetro refleja que tenemos en la región el nivel más bajo de satisfacción con el funcionamiento de los servicios básicos y con los de salud, educación y justicia, y somos uno de los que menos creemos en la importancia del voto para ser ciudadanos o de pagar impuestos para tener derechos. Además, en la región tenemos el nivel más bajo de confianza en la capacidad del Estado para resolver problemas y somos el país donde la percepción negativa del Estado ha aumentado desde el 2005. Nuestro quehacer político, tan centrado en logros mediáticos e inmediatos (basta pensar en el Forsur, el Ministerio del Interior, el Congreso, etc.), apuntala esa tendencia.
En esa comparación "desde el espejo" destaca un tema medular para nuestro desarrollo: cómo nos vemos a nosotros mismos a través de los demás. Desconfiamos del otro y no cumplimos nuestras obligaciones. Según el Latinobarómetro, somos de los países que más pensamos que la gente trata de aprovecharse antes que ser justa y que se preocupa de si misma antes que de ayudar. Esa desconfianza alimenta nuestra necesidad de recurrir al castigo, a la mano dura y a las sanciones para sentirnos seguros, en lugar de aceptar nuestras diferencias y construir en base a ellas. Y lo hacemos sabiendo, como sociedad, que toda la severidad de la ley castigadora es solo una ilusión, pues en la práctica no se cumple la ley en el Perú. Esa desconfianza socava nuestra propia autoestima y expropia nuestra ciudadanía. Bien podríamos rastrear las raíces de nuestra desconfianza a la Colonia, de nuestro racismo al mestizaje y de nuestra vocación caudillista a nuestra cultura paternalista. Así, al mirarnos en el espejo del Latinobarómetro, podemos echarle toda la culpa a nuestra historia o asumir nuestra propia autoridad como ciudadanos, con derechos y obligaciones, y como agentes de cambio capaces de hacer una diferencia en nuestra vida diaria. Depende de cada uno de nosotros.