No es momento ya de recriminaciones o acusaciones al entrenador o a los jugadores por la debacle de 5 a 1 ante Ecuador . Ya no. Estaríamos solo abordando la pequeña parte visible del problema de nuestro fútbol y dejando de lado la estructural: la dirigencia en sus más diferentes niveles.
Lo que el país necesita es hacer una reingeniería de fondo a todo su esquema futbolero. Y este debe empezar por cambiar la ley y con ella la forma de elección de las autoridades. Para ello este Congreso --responsable de las últimas modificaciones a la Ley General del Deporte-- debería corregir los peligrosos lapsus legales de esa norma que, increíblemente, le dio más peso electoral a las desconocidas y fácilmente influenciables ligas departamentales (25 votos), dejando a los clubes de primera división con solo 12 votos.
Pero estos clubes profesionales son también, en gran parte, responsables. Sus dirigencias son rara vez formales --consecuencia de elecciones poco democráticas-- y no ofrecen una debida transparencia en su manejo.
Tampoco cuentan con capitales para invertir. Es más, muchos no poseen siquiera locales para albergar a sus organizaciones, de manera que puedan congregar a su hinchada y proporcionarle los servicios propios de un club.
Por eso el gran salto que se requiere es que estas instituciones deportivas decidan transformarse en entidades privadas o sociedades anónimas, que valoren la eficiencia y los logros por resultados.
Cuando los clubes se conviertan en rentables, hagan de la rendición de cuentas una norma, cuenten con planes anuales y estrategias quinquenales, cuando sean una marca distintiva de prestigio y generadora de utilidades, entonces los resultados serán otros.
Y es que entonces, para cuidar su patrimonio, esos clubes no dejarán de lado a sus semilleros, los dotarán de la infraestructura necesaria, prepararán integralmente a sus jugadores --deportiva, moral e intelectualmente-- y, cómo no, compensarán profesionalmente --léase, con sueldos competitivos-- a sus deportistas. Nada de esto es imposible. Existen ya avances en equipos como Bolognesi, San Martín y Sporting Cristal, aunque claro que hay un largo trecho por recorrer.
¿Dentro de este panorama idílico, podríamos acaso vernos clasificados al Mundial del 2014 o del 2018? Claro que sí. Siempre y cuando hagamos las cosas bien y desde ahora.
Sin embargo, nada de esto podrá siquiera pensarse si en la cúpula las cosas siguen como están.
¿Alguien querrá invertir en el fútbol con la situación de confrontación que existe?
¿Podremos lograr éxitos con una FPF que ha demostrado hasta la saciedad que mucho más le importa mantener su estructura de poder --a través del señor Manuel Burga-- que el éxito del fútbol peruano?
Todo, pues, termina conduciéndonos al punto de origen de nuestros males futboleros: la anárquica conducción de Manuel Burga, al frente de la FPF. ¿No se da cuenta de eso? ¿Cuándo estará dispuesto a dar un paso atrás? ¿Cuándo priorizará al fútbol peruano frente a sus intereses personales de poder o de figuración?