Rincón del autor
Por Hugo Guerra
Es increíble, atento lector, que después de la terrible experiencia de la guerra contrasubversiva, nuestros políticos vuelvan a plantear el absurdo dilema sobre si los ataques arteros contra la policía provienen del narcotráfico o del terrorismo.
Desde fines de los 80, cuando se hizo evidente que no podrían tomar el poder por la fuerza, los mandos subversivos, tanto de SL como del MRTA, avanzaron progresivamente hacia un modelo colombiano: de alianza y financiamiento con el narcotráfico.
Tras la captura de 'Gonzalo' el senderismo retomó el epicentro inicial entre Ayacucho y parte del centro y sur andino, coincidiendo con el valle de los ríos Apurímac y Ene, donde el narcotráfico internacional mantiene un foco de una muy rentable producción cocalera, que es protegida por el senderismo converso en sicario.
A su turno, tras la retoma de la residencia japonesa, los residuos desbandados del emerretismo se reagruparon en el Alto Huallaga y parte de la Amazonía y costa norte, donde hoy forman parte de la guardia remota de las FARC y del narcotráfico controlado por carteles como el de Tijuana.
En ambos casos la retórica politiquera se mantiene e inclusive es manipulada para infiltrar al movimiento campesino. Así, son muchas las organizaciones cocaleras claramente vinculadas a una mafia cuya representación parlamentaria montada sobre el pseudo nacionalismo actúa con grosería e impunidad.
Frente a esto, los programas de erradicación y sustitución de cultivos no pueden contrarrestar a un negocio ilícito que progresa exponencialmente. Peor todavía cuando el Estado se ha replegado, delegando el control en organizaciones fácilmente perforables como las de los ronderos.
Hoy, cuando en las narcozonas se producen algunos incidentes violentos, pero confusos, alguien centra mañosamente la agenda política para volver a la discusión estéril de si se trata de narcotráfico o de terrorismo, como si fuese posible separar las dos caras de una misma moneda.
Como interlocutores fungen de un lado aquellos antidemocráticos que --para defender al extraditado-- postulan que "la solución" es la represión indiscriminada; y del otro lado quienes no entienden que ser de izquierda no es igual a convertirse en cómplice del extremismo, o de programas peligrosos como el chavista.
Al centro quedan las posiciones que reclaman el fortalecimiento del Estado de derecho, como producto de una urgente recuperación de la autoridad gubernamental combinada con una eficiente inversión social.
Y, entre tanto, el fortalecimiento de la Inteligencia Nacional, de las FF.AA. y policiales, así como la aprobación de los programas de contingencia en las zonas afectadas siguen siendo bloqueados. ¿Necedad o complicidad? ¿Qué opina usted, querido lector?
Debatir si estamos frente al narcotráfico o el terrorismo es estéril, y oculta el verdadero problema de cómo devolver la seguridad al país