Peso pluma
Por Juan Manuel Robles. Cronista
La selección es más divertida que un montón de monos. La frase me da vueltas mientras cambio el canal deportivo para ver Animal Planet. El cinco a uno en Quito nos ha devuelto a la realidad con la prontitud trágica de un misil ecuatoriano. Pero vamos, chicos, la derrota es demasiado familiar para hacerle ascos, perder es lo que mejor nos sale, es nuestra infancia y nuestro hogar. Y ahora que Chemo y Andrés Mendoza se descubren súbitamente emparentados por esa sonrisa de sanatorio, se me vienen a la memoria los peores momentos de la selección nacional. Porque mi generación no sabe de triunfos.
Yo estaba vivo en España 82 pero de eso no tengo ni una sola imagen nítida, salvo la del sticker de Naranjito en la luna de la ventana de la vieja quinta de Barrios Altos en que viví. Mi generación nació a la vida futbolera con Eusebio Acasuzo regalando tres goles en Santiago de Chile, con el argentino Camino rompiéndole la pierna a un tal Franco Navarro, con el 2 a 2 en esa cancha con picapica de Buenos Aires y uno que no entendía por qué papá y los tíos se pusieron tan tristes al final del partido.
Mi generación es Jorge Hirano fallando solito un gol en Montevideo. Es Bolivia ganándonos en Lima. O Bolivia ganándonos en La Paz con el 'Gato' Purizaga en el pórtico peruano, un partido que vi en el Hernando Siles Arriba, abajo / que viva el Perú carajo.
En 1985 viajé a La Paz a vivir porque mi padre fue destacado allí como corresponsal de una agencia de noticias. Los primeros días, nos alojamos en el hotel Crillón del centro y descubrí con perplejidad de costeño idiota el vigor de la lluvia y el poder masajeador del granizo. Un día, mi papá anunció que me tenía una sorpresa: ven, hijo, no te imaginas qué es. Subimos por el ascensor al restaurante del hotel. Y entonces caminamos hacia la mesa. Era él: Eusebio Acasuzo, el arquero de la selección que los niños de mi clase, y de todas las clases de todos los colegios del Perú, odiaban por "haberse echado contra Chile".
Los niños son unas basuras, eso lo sabe cualquiera que se haya disfrazado de Barney en plena kermesse: les encanta dar patadas, para ellos un rumor pasa por verdad pura. Y ese día, en el Crillón, Acasuzo se daba un rato para saludar a un niño de 7 años que no podía creer lo que veían sus ojos. ¿Acasuzo? ¿Mi papá esperaba que le estrechara la mano a Acasuzo? ¿Esa era la sorpresa del inteligente de mi padre? Volteé la cara y no le tendí la mano a ese señor, cómo se te ocurre, papá, y el señor arquero sonrió ruborizado con su flamante buzo del Bolívar de La Paz.
A fines de los años ochenta, seguía viviendo en Bolivia y entré al colegio Argentino Boliviano. Como supondrá el lector listo, en aquellas aulas había argentinos y bolivianos, paceños, cruceños, porteños, salteños, santafesinos, Dios, toda una mezcolanza de egos regionales. Los peruanos éramos solo dos. Cuando llegaba la hora de jugar fulbito, los bolivianos se querían parecer a Borja, a Cristaldo, al 'Chocolatín' Castillo, esos jugadores que pronto los llevarían al Mundial. Y los argentinos, bueno, ellos eran campeones del mundo, poseían referentes de sobra y, por supuesto, se juraban lo máximo. Pero yo no tenía a dónde mirar. Para colmo, nunca he sabido parar una bola, así que cuando pateaba al arco y fallaba un gol seguro, desafiando toda lógica euclidiana posible, un compañero de equipo me gritaba: "Peruano marulo tenías que ser. Con razón pierden". Marulo, sépanlo ya, quiere decir cabro.
Me pregunto cómo la pasan por estas épocas los niños peruanos que viven en otros países, digamos en Ecuador o en Chile. ¿A qué imagen se aferran cuando salen al patio y tienen que jugar con la presión despiadada de que su gambeta se vincule a su patria? ¿En qué se inspiran? ¿En Paolo gastritis? ¿En Pizarro cero-goles? ¿En Juan Manuel 'Carambola'? Los niños son crueles. Antes fue Acasuzo, hoy puede ser Acasiete. Pero la derrota, repito, también tiene su encanto. No le hagamos gestos. Un cinco a uno también puede tejer, superado el dardo paralizante del roche, las mejores páginas de la nostalgia nacional.