El carismático congresista de Renovación nos dejó espiar su rutina. A diferencia de varios de sus colegas, él no suele generar titulares de puntaje alto, pero sin duda trabaja el doble
Por Renato Cisneros
Claudia se inclina para despedirse de su esposo con un beso en la boca. Su esposo es Michael Urtecho, el congresista discapacitado que esta mañana de miércoles nos ha dejado entrar a su casa para acompañarlo durante todo el día. Claudia nos hace adiós con la mano y se toma la barriga. Tiene cuatro meses de embarazo y en abril dará a luz. "Van a ser mellizos", dice Michael, feliz, sonriente, reclamando en silencio el babero de papá primerizo.
El congresista sale de su vivienda piloteando con destreza la silla electrónica de seis ruedas que le sirve como medio de transporte. Luego, gracias a una plataforma especial, sube al interior de la camioneta que lo lleva y trae todos los días desde San Borja hasta el Centro de Lima.
Una vez acomodados allí, conversamos con Michael sobre su atribulada niñez en La Libertad (Trujillo): una época llena de malas noticias que lo marcarían por el resto de su vida. Hasta los 6 años él ignoraba la razón por la cual no podía pararse, jugar ni correr como el resto de chicos del colegio. Es más, durante los recreos se quedaba en el salón, sentado, solo, triste, acostumbrándose a esa desesperante cárcel que debe ser la inmovilidad.
"Me costó habituarme a la vida. Recuerdo que cuando los demás salían al recreo, yo solo los miraba por la ventana. Me veían como si fuera un marciano. Fue la etapa más dura de todas".
Cuando cumplió 7, un doctor estadounidense que estaba de paso por Trujillo lo revisó y les dijo a sus padres que Michael sufría distrofia muscular y que su futuro estaba seriamente comprometido. "Su hijo no va a poder caminar nunca", notificó fríamente el doctor; acto seguido, les hizo la peor de las advertencias: "los que nacen con esta enfermedad viven, como máximo, hasta los 18 años".
A pesar de convivir con el miedo perpetuo de morir en cualquier momento, Urtecho supo normalizar su vida. Y si de niño se desplazaba arrastrándose por el suelo, después lo hizo con un triciclo especial antes de conocer la silla de ruedas. Poco a poco, recuperó la rutina que había suspendido: volvió al colegio, concluyó sus estudios, ingresó a la universidad y hasta se graduó como ingeniero químico.
Parecía la típica historia del joven que le saca la vuelta a la tragedia. Pero no. A los 26, quizá harto de soportar la postración a que su condición lo exponía, Michael se sumió en un pozo de pena.
"Se acumularon varias cosas tristes, vi un límite y dije hasta aquí nada más. Tenía dudas sobre cómo sería mi vida más adelante, si me casaría o no, si tendría hijos o no, si haría una vida normal o si estaba condenado a sufrir. Me deprimí muchísimo. Visité psiquiatras, no quería ni comer ni levantarme".
La frustración lo llevó hasta las puertas de la iglesia Agua Viva, donde experimentó una milagrosa transformación de ánimo. "Fue Dios, el doctor de doctores. Fue una cosa increíble. Las canciones me levantaron", dice el congresista desde su silla estática, mientras la camioneta en la que viajamos va llegando al perímetro del Congreso.
Pero Urtecho no solo se curó a punta de canciones cristianas. En la iglesia también conoció a su futura esposa, Claudia, la misma mujer que hace media hora lo despidió con un beso en la boca y que en cinco meses más será la madre de su primer hijo; corrección: de sus primeros dos hijos.
EL CONGRESISTA
Urtecho ingresa al Palacio Legislativo por una puerta lateral y luego accede al interior vía una rampa construida por iniciativa suya. "Cuando llegué, no había accesibilidad. Ahora hay hasta una rampa electrónica en el frontis", dice, con el correspondiente mohín de satisfacción.
Mientras sube, me va explicando las características de su silla: es un aparato con chips, con tarjetas de computadora, con un asiento regulable, gira 360 grados, se mueve gracias a una batería que debe recargar todas las noches y su velocidad máxima es de 17 kilómetros por hora. "Una como esta, nueva, cuesta cerca de siete mil dólares", me informa.
Urtecho llega a su despacho y se desata un pequeño alboroto. Las cuatro chicas que trabajan con él lo colman de saludos, papeles, novedades y atenciones. Le piden que firme tal documento, le anuncian la agenda del día, le traen el desayuno que una de ellas se encargará de darle más tarde, bocado por bocado.
Su escasa fuerza muscular le impide cargar un objeto que exceda los 200 gramos de peso. Por eso no manipula los cubiertos, no sostiene el celular y con las justas soporta un lapicero. Si le das la mano, apenas sentirás un delicado apretón.
YO CREO EN MÍ
Son las 9:30 a.m. y el congresista acude a la Comisión de Educación, donde se aburre de lo lindo, sin intervenir. Luego conducirá su silla hasta la sala donde trabaja la Comisión de Salud. Al mediodía se entrevista con Daniel Jara, el presidente de la Cámara de Comercio de Nueva Jersey. La reunión pasaría desapercibida si no fuera por un hecho clave: Jara también es discapacitado y llega hasta la oficina de Urtecho con una silla como la suya, aunque menos veloz.
Tras charlar con él, Michael nos deja continuar la entrevista en el escaño que ocupa en el hemiciclo (donde su vecino de curul es --para su buena o mala suerte-- Walter Menchola). Ahí conversamos de los logros que ha obtenido en su gestión legislativa. Me cuenta que Javier Diez Canseco dejó el camino allanado en términos normativos, y que gracias a eso los peruanos discapacitados (tres millones y medio) tienen las mejores leyes posibles. Su trabajo actual --me precisa-- consiste en velar por el cumplimiento de esas normas. "De cada cien personas con discapacidad, solo dos trabajan. La mayoría se dedica a la mendicidad y se gana la vida como puede, y solo diez aprenden a leer y escribir. La mayoría es analfabeta".
Después de almorzar y antes de continuar con la agenda, Urtecho llama a la peluquera para que lo acicale delante de nosotros. Él dice que no es vanidoso ni coqueto, pero una de sus asistentes lo desmiente con una risa delatora. "Le gusta verse bien", dice ella. El congresista se pone rojo.
Lo que Urtecho sí declara sin rubor es que le gustaría crecer políticamente en los próximos años. Me dice que la alcaldía de Trujillo es su siguiente objetivo. "Y si llego a Palacio, te llevo a ti como jefe de prensa", me dice, provocando la risa del fotógrafo.
La tarde termina con una reunión con discapacitados intelectuales, luego de la cual Urtecho se retira a su casa.
No es difícil emocionarse cuando ves a un hombre como Urtecho, deslizándose en su silla, alternando con la gente con naturalidad, trabajando de modo tan productivo, contando su historia sin complejos, avisándoles a todos que pronto será papá. Es el entusiasmo hecho persona; o mejor aun: es el optimismo más puro avanzando sobre ruedas.
MÁS EN LA WEB
Encuentre un breve video de la conversación que sostuvimos con el congresista Michael Urtecho en:
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