Editorial "El Nacional" de Venezuela
El domingo 2 de diciembre, los venezolanos dimos prueba de gran madurez democrática. La ratificaron por igual aquellos que respaldaban el Sí como aquellos que se opusieron a las reformas constitucionales del presidente de la República, sosteniendo la tesis del No. El país votó en calma, de manera ordenada, sin temeridades ni provocaciones, como si todos estuviéramos conscientes de que algo muy grave estaba en juego, y como si comprendiéramos que al amanecer del día siguiente Venezuela sería una tierra asfixiante, sin el oxígeno de la libertad, condenada a la escasez y al racionamiento, al desempleo, al dominio absolutista de un sistema ajeno a nuestra manera de ser y a nuestras concepciones de la sociedad democrática que somos y queremos seguir siendo.
El primer beneficiado de este voto popular fue el presidente Chávez Frías. Explicaremos lo que pueda parecer como afirmación arbitraria: el triunfo del Sí habría puesto en las manos del jefe del Ejecutivo tanto poder, tantas atribuciones, tantas prerrogativas y privilegios que, al cabo de poco tiempo, estaría condenado al fracaso, y el país convertido en un gran laberinto. La reforma que no era tal, sino un cambio audaz de todo el sistema político nacional, contemplaba, por ejemplo, en uno de sus miles de cambios, la alteración del mapa político de Venezuela, con intromisiones en los estados, con el propósito de eliminar la autonomía de los gobernadores y alcaldes. El presidente anunció que crearía la "gran provincia de Occidente", con todo el estado Zulia, partes de Táchira, Mérida, Trujillo y Falcón. Violaría las constituciones de cinco estados e interferiría gravemente en ellos, con el único propósito de designar una especie de sultán, que reinaría dirigido desde el Palacio de Miraflores. La elección de gobernadores y de alcaldes no fue gratis. Fue un largo proceso que contribuyó a erosionar el período democrático por la tardanza en esa conquista. Chávez pretendía abolir ese logro.
Largos análisis requieren las pretendidas reformas, aunque ahora sean de manera póstuma. Las metas iban desde las confederaciones internacionales (con Cuba), hasta las más audaces transformaciones de la vida y de las costumbres de la gente. Un Banco Central sin autonomía. Una Fuerza Armada politizada. La reelección presidencial hasta el fin del siglo XXI. La propiedad amenazada. El poder de legislar en las manos de un solo hombre y en las manos de un solo hombre la atribución de disponer discrecionalmente de las reservas de la nación, y, en una palabra, del petróleo de todos los venezolanos. Basta.
Con tantas amenazas "constitucionales", alrededor del 40% de los ciudadanos se abstuvo de expresar su voluntad. Insólito. Esto forma parte de las incógnitas del 2 de diciembre que es preciso explorar. Ojalá el presidente de la República comprenda que no hay sistema mejor que la democracia. Tiene amplios espacios para gobernar sin dividir, sin aniquilar, sin discriminar. Sin mandar a la cárcel al único cardenal que tenemos.