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El coraje de la justicia

Para combatir la corrupción, no bastan el esfuerzo, la creatividad, el liderazgo, la integridad y la determinación sino que se requiere coraje

Por Beatriz Boza

El miedo y la conciencia del riesgo son inherentes a nuestra naturaleza humana. El desafío está en qué hacemos con nuestros temores y cómo enfrentamos los riesgos propios de vivir en una sociedad que va cada vez a mayor velocidad. La diferencia entre ser valiente y ser temerario es que mientras uno se lanza a hacer algo sin medir las implicancias de su accionar (sea porque las desconoce o porque las niega, sintiéndose inmortal), el otro asume plenamente su decisión y las consecuencias que podría acarrear, consciente de los riesgos y de sus temores. Valiente no es, pues, quien no tiene miedo de enfrentar una situación riesgosa, sino quien sintiendo temor se arriesga a superarla. Eso se llama coraje, y es lo que se requiere en el Perú para hacer las cosas bien, especialmente en lo que atañe al Estado.

En un mundo globalizado, el desempeño estatal afecta directamente la dinámica empresarial y el curso del país. En un contexto donde los países buscan reformar sus administraciones públicas para lograr competitividad, preocupa que un 72% de los asistentes a la CADE 2007 opine que la ineficiencia pública es la principal traba para la competitividad de nuestras empresas, tal como reportó este Diario el último domingo. Del mismo modo, según una reciente encuesta de la Universidad de Lima a los líderes empresariales del país, modernizar el Estado y fortalecer las instituciones públicas es la principal medida para resolver los problemas del empresariado.

Una administración pública eficiente es fruto del esfuerzo y la dedicación de cientos de sus integrantes, personas que diariamente hacen que el Estado funcione, cosa nada fácil. Pero lograr competitividad requiere algo más que el mero esfuerzo: requiere creatividad y constancia, sumadas a la capacidad de asumir riesgos en equipo. Eso se llama liderazgo, virtud que muchos funcionarios públicos despliegan. Pero además, hacer cumplir la ley supone, en un país como el nuestro, integridad a prueba de balas para poder hacerlo con justicia. Y cuando amigos y familiares están involucrados, el funcionario público requiere también rectitud de conducta y determinación para no dejarse influir por intereses distintos a los de su función. Esto último es más escaso en nuestro medio, pues como enseña el profesor Eduardo Schmidt S.J., la amistad es un valor sobredimensionado en nuestra sociedad que suele distorsionar nuestro criterio. Y para combatir la corrupción, no bastan el esfuerzo, la creatividad, el liderazgo, la integridad y la determinación sino que se requiere coraje. La decisión del Consejo Nacional de la Magistratura en el proceso iniciado por la OCMA para destituir a tres vocales superiores, incluyendo al presidente de la Corte Superior de Lima, es una decisión valiente que como ciudadanos debemos reconocer. Demuestra, además, como un órgano externo, conformado por personas de diversas disciplinas y trayectorias, aporta confianza en la institucionalidad.

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