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La reforma que no se quiere abordar

Por Natale Amprimo. Jurista

Un análisis de la situación política y constitucional del Perú, que tome en consideración lo ocurrido en nuestra historia republicana, indefectiblemente concluirá en la necesidad de emprender una reforma política que, sin generar incertidumbre ni desconfianza, pueda consolidar instituciones y garantizarnos una democracia estable, además de vacunarnos contra ese mal endémico: el autoritarismo, ya sea civil o militar.

En diversas universidades se ha emprendido ese necesario debate; sin embargo, los temas planteados no hacen sino repetir ideas que podríamos calificar de simples retoques al sistema electoral, sin atacar los problemas de fondo del sistema político. Me pregunto: ¿hasta cuándo nos limitaremos a fijar la mirada en el árbol y no en el bosque?

Hay que entender que para promover en serio la democracia constitucional es necesario abordar los aspectos de fondo que generan la situación que estamos viviendo, pues de lo contrario estamos condenándonos a tener una "democracia aparente" que, como dice Bovero, es aquella forma de Gobierno en la que el juego político se desarrolla, o parece desarrollarse, según las reglas democráticas, pero estas adolecen de los presupuestos para su correcto funcionamiento.

El profesor mexicano Salazar Ugarte advierte que el elogio irreflexivo y la retórica desinformada, a la que nos tienen acostumbrados ciertos 'politólogos', pueden ser un enemigo más peligroso que la defensa del absolutismo y de la autocracia porque, a diferencia de esta última que postula abiertamente un modelo alternativo y contrario, los primeros terminan erosionando irresponsablemente los cimientos del modelo que pretenden defender. Son enemigos dentro de la casa.

El primer problema que tiene nuestra democracia es su fragilidad, motivo de las múltiples interrupciones que ha sufrido a lo largo de su historia republicana, al punto que, si hacemos la cuenta, encontraremos que el 70% del tiempo lo vivimos entre autocracias, dictaduras y pseudodemocracias, y que solo un 30% lo hemos pasado en democracia. Esta precariedad ha traído la ausencia de partidos políticos fuertes, y la generación de los 'partidos-caudillo', que tanto daño nos han ocasionado.

Como quiera que nuestro país ha insistido en mantener un sistema presidencialista, cabe preguntarse: ¿Es el presidencialismo una base estable para la democracia? En 1993, Stepan y Skach examinaron 75 países y descubrieron que la democracia, en sistemas parlamentarios, sobrevivía en un 61% del tiempo, mientras que esa cifra se reducía a un 20% en los sistemas presidenciales. En igual sentido, en el 2001, Cheibub y Limongi presentaron un estudio en el que, luego de examinar 99 períodos de democracia, concluían que la vida esperada bajo el presidencialismo es de aproximadamente 21 años, mientras que en el parlamentarismo es de 73 años.

Cheibub y Limongi concluyen no solo que las democracias presidenciales son menos durables que las parlamentarias, sino que dicha diferencia no se debe ni a la riqueza de las naciones en las cuales se observaron estas instituciones, ni a su desempeño económico, ni tampoco a ninguna de las condiciones políticas en las cuales funcionaban: "Las democracias presidenciales son sencillamente más frágiles en todas las condiciones económicas y políticas consideradas antes", sentenciaron.

En igual sentido, George Tsebelis sostiene que la democracia sobrevive mejor bajo el parlamentarismo, pues una vez que se han celebrado elecciones, o bien hay un partido mayoritario que forma el gobierno, o bien los distintos partidos entablan negociaciones acerca de la formación del Gobierno. El resultado de estas negociaciones es un Gobierno que cuenta con el respaldo del Parlamento, y si en algún momento este respaldo es socavado o desafiado, un voto de confianza resuelve el problema. En cambio, en los sistemas presidencialistas no hay un mecanismo de solución de conflictos entre el ejecutivo y el legislativo. Como resultado, el conflicto puede resolverse a través de medios extraconstitucionales.

Así, no se puede plantear una reforma política en el Perú, sin evaluar la tradición presidencialista que hemos mantenido, pues ello no ataca el fondo del problema. ¿Hasta cuándo seguiremos debatiendo cuestiones irrelevantes e intranscendentes para cimentar nuestra democracia?

A nuestro juicio los cambios fundamentales son: 1) Adopción del sistema parlamentario; 2) Obligatoriedad de que el candidato a jefe de Gobierno integre la lista al Parlamento, para que los perdedores queden dentro del sistema y no se dediquen a petardearlo, además de generar disciplina en las bancadas; y 3) Eliminación del voto preferencial, para tener bancadas consolidadas. Todo lo demás es no tomar al toro por las astas.

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