Por: Juan Paredes Castro |
Una de las cosas que más le hace falta al país es que el viejo presidencialismo que nos gobierna pueda en verdad modernizarse para contribuir desde arriba a elevar el nivel de gestión del Estado. Lástima que el Congreso no haya comprendido su importancia ni su urgencia y simplemente haya resuelto encarpetar el proyecto de ley destinado a hacerlo posible.
Llevar ahora el tema a un cambio constitucional sería complicado y atraería demasiados intereses encontrados. De ahí que lo más viable es precisamente el proyecto de nueva ley orgánica del Poder Ejecutivo, que, entre otras cosas, contempla un aumento de las prerrogativas del primer ministro y un reordenamiento de las correspondientes al presidente de la República como jefe de Estado.
¿Por qué los señores Mauricio Mulder del Apra y Daniel Abugattas del Partido Nacionalista se han esforzado por devolver el proyecto de ley del plenario a comisiones? Probablemente el primero no quiera que el actual primer ministro acumule más poder del que ya tiene y el segundo simplemente quiera abonar cualquier suerte de inmovilismo dentro del Gobierno.
El problema es que el encarpetamiento de este proyecto de ley (con el pretexto de pasarlo a comisiones) se da en momentos en que el Gobierno y el Estado se ven más urgidos que nunca de profundos cambios en sus paradigmas y estructuras. Tanto se reclama eficiencia y competitividad al Estado que no habría nada más interesante que ver a un Alan García más recostado en las funciones de Estado, marcando horizontes, es decir, el mediano y largo plazos, y a Jorge del Castillo más abocado a la administración gubernamental del día a día, casi como lo viene haciendo. De lo que se trata es que los roles del jefe de Estado y del jefe de Gobierno vayan tornándose gradualmente más nítidos, diferenciales y coordinados, de modo que los principales actores que se mueven en esta división institucional sean los primeros en conocer sus beneficios.
Para el país es fundamental saber a dónde vamos y con qué prioridades de metas y objetivos. Ahí necesitamos ver al presidente como jefe de Estado. Es igualmente fundamental saber en qué está cada sector, con qué resultados previstos y con qué índices de satisfacción e insatisfacción. Ahí queremos ver al primer ministro como jefe de Gobierno.
Sería triste que el Congreso insistiera en estudiar hasta el cansancio el proyecto de marras (como no suele estudiar ningún otro) y termine por jalarle la alfombra al Gobierno en su camino a la simplificación administrativa, en la implementación del TLC y en la receta presidencial para acabar con el perro del hortelano.