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La tragedia que nos 'corazonó'

Peso pluma. Un recuerdo con nostalgia de una generación que nos hizo reír y llorar

Por Miguel A. Cárdenas. Periodista

Tenía 10 años y las uñas de arena. A medianoche, solo en mi cuarto, besaba el escudo de mi camiseta blanquiazul y, con boxeadoras lágrimas, profería las más tremendas barras aliancistas para acorazarme. Hasta que mi hermanito de 3 años se me acercó titubeando: "¿Qué? ¿Murió César Cueto?". Y me quebré.

(Yo le había contado que era hincha del Alianza porque a su edad vi en la televisión un video en blanco y negro con una jugada bendita. Fue un insólito pase en profundidad que me 'corazonó' la vida antes de tener uso de pasión. "Cueto es un elevado", le había dicho, porque no sabía cómo explicarle ese precoz arrobamiento estético con el fútbol).

"No", le respondí esa noche, dos días después del 8 de diciembre de 1987, "Cueto no han muerto sus hijos". Y ese chiquito se puso mi vincha, solidario, y oró conmigo el "corazón Alianza Lima, corazón para ganar", el "aliancista sí, señores, aliancista corazón", el "mi corazón, mi corazón tiene los colores de Alianza campeón", toda la madrugada hasta quedarnos dormidos. Y fue mi cómplice, al que le confié que me escapaba de mi colegio en Pueblo Libre para ir al mar de Ventanilla, rogando el milagro, la resurrección.

Hace cinco años necesité ahondar en el aliancismo: esa mística nuestra de un romanticismo trágico y religioso (obsérvese el retrato de las manos en rezo de otro trágico: Sandrito Baylón). Y busqué a Álex Berrocal, el ex jefe de equipo, y al legendario 'Cholo' Castillo para recordar a dos símbolos de ese amado equipo al que mi padre me había llevado a ver desde los 8 años y del que resguardo retazos de fervor. Quería saber del 'Potrillo' Escobar y Alfredo Tomasini, dos arquetipos.

La mitología aliancista no se nutre de la garra que vence las limitaciones ni de los cañonazos, es de otra escuela de vida: de magos (Valdivieso), de virtuosos que bailan marinera con la pelota (José María Lavalle) y, claro, de poetas de la zurda. Padecemos de culto al talento, por esos jugadores 'tocados' (véase nuestro fervor actual por Reimond Manco). Así, en los años 80, nos fascinamos con el nacimiento de un 'potrillo'. Era la reedición carnal del negro con quiebre, fantasía y saoco: de Villanueva, 'Perico', 'Pitín', y que quisimos ver en los posteriores 'Tony' Alguedas, Waldir Sáenz, 'Loverita' Ramírez, 'Foquita' Farfán... Escobar era el dribleador inspirado y el mechador de barrio, fanático de la Camagüey, la Sonora Ponceña y la cebichería La Marea. Y, con este peso simbólico, fue el que le dio 'carta de intimidad' al otro, inesperado, ícono naciente con un entrañable apodo: 'Blanco Sucio'. Cuando se lo dijo a un emocionado Alfredo Tomasini le abrió La Victoria a ese blanquito de 1,85, que había llegado en su Mustang escuchando The Cure y que representaría la nueva 'fuerza emprendedora', que desde ahí también anhelaría el aliancista (obsérvese el Caso Pizarro). ¿La visión de éxito de la clase alta para ayudar al "talento frustrado" del pueblo?, era una pregunta maniquea, pero reconciliadora. En casi todo el mundo, el equipo del pueblo representa el empuje y el otro es el fino, el del fútbol-arte (Boca-River, por ejemplo). En el Perú es al revés. Y ahí está nuestra identificación con el corazón, que tiene razones que la razón ni sueña.

Tras sus muertes, el 'Potrillo' y el 'Tanque Blanco' se convirtieron en mitos urbanos. "A Tomasini lo rescató un barco de narcos y su papá, que tiene plata, le ha pagado otra identidad", "yo vi a Escobar trabajando de chofer en Japón": esas historias jugaban con nuestras ilusiones y, sobre todo, con los prejuicios sociales. Mi hermanito de esa vez ahora es un artista de la PUCP y, después de gritar el gol de Manco de la semana pasada, me retó: "¿Otro hijo de César Cueto?". "Sí, ¡otro 'potrillo'!", le respondí. Y nos preguntamos: ¿Y ahora? ¿Se frustrará o se consagrará, por fin, Manco, que no es negro ni blanco sino simplemente aliancista de corazón? En respuesta, pusimos esa canción que dedica a la tragedia nuestro Rubén Blades: "Todos vuelven".

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