Un mes después de poner su cargo a disposición, el ministro de Vivienda amenaza retomar sus funciones tras volver de Pisco. Bien vale la pena refrescar este y otros trances similares
Crónica 'RENUNCIAS IRREVOCABLES'
Por Francisco Sanz Gutiérrez
Parecía que iba a ser un consejo de miércoles más. Acabada la reunión del Gabinete Ministerial en Palacio de Gobierno, los titulares de cada sector subían con prisa a sus autos apostados en el Patio de Honor. Todos, menos el ministro de Vivienda y Construcción, Hernán Garrido Lecca, quien se acercó hasta el rectángulo reservado para la prensa.
Puso voz grave y tiró la bomba en una tarde que se moría de aburrimiento: "Pondré mi cargo a disposición del presidente de la República por considerar que he completado mi ciclo como ministro de Estado (...) No encuentro mejor manera de completar mi ciclo que entregando este último mes a la población de la zona afectada. Es todo, muchas gracias". Media vuelta y se fue.
Esa misma noche, antes de partir a su exilio de trabajo a Pisco, reculó y dijo que su viaje al sur era el final de un ciclo, mas no el de su gestión ministerial. "Quizá me expresé mal, (quise decir) que me estaba yendo a Pisco y que si en cuatro semanas no soy capaz de romper la inercia de la burocracia del Estado, creo que ya no sería útil". Ni el mejor Cantinflas dio explicaciones tan enrevesadas.
Se acaba de cumplir un mes de aquella pataleta política --propiciada por el rechazo a su propuesta de acelerar la adjudicación de terrenos del Estado a quien proponga adquirirlos-- y Garrido Lecca le ha confesado al diario "Expreso": "Creo que el fracaso (en el trabajo en Pisco) es poco probable, así que mi perspectiva es regresar al ministerio a retomar mi labor cotidiana. Yo dije que tenía dos jueces, el presidente y el pueblo, ambos me han pedido que me quede". ¿Hasta el próximo encontronazo?
POR UN RESULTADO NEFASTO
Al día siguiente de que el referéndum para formar macrorregiones en el país le arrojara un NO rotundo en la cara, Luis Thais, a la sazón presidente del Consejo Nacional de Descentralización (CND), sabía que lo primero que quería saber la prensa era si se iba o se quedaba. "Hoy le comuniqué mi renuncia al presidente Alejandro Toledo", dijo aquel 31 de octubre del 2005. Pero ahí mismo agregó que se sentía capaz de seguir al frente del CND y que la responsabilidad por el resultado adverso debía ser compartida por su institución, el Congreso y los partidos políticos.
Un día después, ante las dudas que dejaron las palabras con que aderezó su decisión de marcharse, Thais no hizo más que reconfirmar el limbo en el que se había colocado: "Toda renuncia es irrevocable, eso es obvio, y es el presidente quien decide". Eso sí, añadió que no le interesaba atornillarse al puesto y que su salida era un asunto de dignidad.
Lo cierto es que la dignidad se estiró más que una goma de mascar y le alcanzó para nueve meses más, es decir, hasta el final del régimen de Perú Posible.
POR LA PRESIÓN EN CONTRA
El caso del ex procurador del Estado para casos de terrorismo, Guillermo Cabala, tuvo aristas más rocambolescas. A dos semanas de haber asumido el cargo, el 21 de noviembre del 2004 le confesó a este Diario que estaba harto de una campaña orquestada en su contra --según él-- por el Poder Judicial (se lo cuestionaba por haber emitido un fallo favorable a la emerretista Lori Berenson en el 2002) y que iba a dar un paso al costado. "Yo creo que sí renuncio, pero antes tengo que conversar con el ministro del Interior", aseveró con gelatinosa contundencia. O sea, si me convences, me quedo.
A las 2 de la tarde del 22, el defensor del Estado ratifica su renuncia y el Ejecutivo replica que la está evaluando. Ni cinco horas pasaron para que, en conferencia de prensa, Cabala diera marcha atrás y retirara su dimisión. A su lado, el ministro Javier Reátegui daba una justificación de antología para la vuelta en 180 grados: "En política lo irrevocable es reversible".
El ex vocal supremo reconoció después que pudo ser un error renunciar y de inmediato decidir quedarse, pero que tales marchas y contramarchas formaban "parte del riesgo que corremos quienes nos desempeñamos en una función pública".
Si bien el episodio no melló su imagen de personaje duro e intachable en los fueros judiciales, sí lo mostró como alguien indeciso y sometido al manejo político. Pasaron casi 30 meses y en marzo de este año, debido a que el flamante ministro Luis Alva Castro no le había expresado su confianza, Cabala presentó su segunda renuncia irrevocable. Esta vez el adjetivo sí recuperó su significado.
POR ESCLAVO DE SUS PALABRAS
En setiembre del 2005, un impetuoso Rómulo Pizarro estrenaba el fajín de ministro del Interior y en entrevista exclusiva con El Comercio lanzaba su más temeraria promesa: "Si en tres meses no tenemos resultados (en el tema de seguridad ciudadana) será porque no contamos con los recursos y facilidades suficientes, así que en tal caso daré un paso al costado".
Para desgracia de Pizarro, justo los tres meses de su labor coincidieron con una emboscada en el VRAE que costó la vida a cinco policías. La repercusión del ataque hizo olvidar parcialmente la amenaza de renuncia y desde el ministerio recién se lanzó un plan piloto para cuatro comisarías de la capital.
Al medio año de su gestión, con el número de secuestros en la capital en alarmante ascenso, el titular del Interior se negaba a reconocer que su sector carecía de resultados claros en la lucha contra la delincuencia.
A la luz del tiempo transcurrido, hubo apresuramiento en aquella frase de Pizarro. Los méritos se los ha reconocido hasta la oposición de entonces, que es gobierno hoy y que lo ha puesto al frente de Devida desde hace 15 meses. Esta vez se cuidó de disparar alguna promesa que luego le pudiera pasar factura.
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