¿SIN ESPERANZAS?
Editorial
El Tiempo de Colombia GDA
Sin ganas de nada, con el alma destrozada y la esperanza perdida, despojada de fotos de sus hijos, del escapulario de su padre, de una carta de su madre, sin permiso para tener siquiera un diccionario, pues sus captores le han quitado todo, Ingrid Betancourt ha escrito, con tanta lucidez como desesperanza, uno de los documentos más desgarradores, elocuentes y profundos que ha conocido Colombia en muchos años.
La carta de esta mujer, que en febrero próximo cumplirá seis años de secuestro en manos de las FARC, ha conmocionado al país y, junto a la fotografía en la que aparece cabizbaja y demacrada, ha vuelto a poner a Colombia en el radar internacional como un lugar del mundo donde suceden inconcebibles atrocidades, que se prolongan por los años.
La carta de Ingrid está dirigida a su madre, pero es un documento para todos los colombianos. Para poner a pensar a esta sociedad. La pregunta que surge de la carta de Ingrid es simple: ¿Qué hace esta sociedad para que recuperen su libertad los secuestrados? "No somos un tema 'políticamente correcto'. Suena mejor decir que hay que ser fuertes frente a la guerrilla aun si se sacrifican algunas vidas humanas", dice Ingrid, deseando que el tiempo pueda "abrir las conciencias y elevar los espíritus". La carta menciona y agradece a mucha gente, y no tiene una sola palabra sobre el presidente Álvaro Uribe.
La condena de las FARC por el empleo del secuestro como arma de guerra --que se ha vuelto más vehemente y unánime a raíz de las últimas cartas, fotos y videos--no va a liberar a Ingrid y los demás cautivos. Tampoco es probable que lo haga un rescate militar. El presidente Uribe argumenta 'inamovibles' de Estado, y gran parte de la opinión lo apoya. Ingrid recuerda en qué está basada la grandeza de ciertas naciones: "La prioridad de la vida del ser humano sobre cualquier otro interés". ¿Es esta la prioridad en Colombia?
El caso es que, con la cancelación de la mediación de Chávez, las esperanzas de una liberación negociada son bastante remotas. Habrá que ver qué puede hacer Francia, pero, dada la inflexibilidad de las FARC y su negativa a hablar con el Gobierno Colombiano, no hay razones para el optimismo.
¿No será, entonces, hora de pensar distinto? ¿De leer a Ingrid Betancourt en su profundidad y decidir que, si esa guerrilla no valora la vida humana, solo queda que lo hagan la sociedad y su gobierno? ¿Que las FARC ganarían con cualquier concesión?
Seguramente. ¿Pero debe pesar más esta consideración que "la prioridad de la vida humana", como lo recuerda Ingrid en su lúcida misiva? ¿Cuántos años más habrán de pasar ella y sus compañeros esperando por la grandeza de esta sociedad y sus líderes?