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Rincón del autor

Un nuevo peruano

Cuando la riqueza reside más en el capital humano y es menos una cuestión de tierras y máquinas, se reduce la capacidad para el arrebato

Por Richard Webb

¿Nos estamos civilizando? Las noticias diarias parecen decir lo contrario y darles la razón a los que piensan que la cultura está en los genes, imposible de cambiar. Sin embargo, a veces los ojos engañan: en alta mar las olas corren en todas las direcciones, pero al final lo que se impone es la invisible corriente marítima. De la misma forma, hay 'mareas' que están llevando el Perú hacia una cultura más ordenada, más propensa a las reglas de juego, la disciplina y la coordinación. Tres de esas corrientes son la profesionalización, la globalización y el surgimiento del migrante interno.

Estamos camino a ser un país de profesionales. En 1961, solamente 2% de la fuerza de trabajo había completado estudios superiores; hoy la proporción es 13%; y aun mayor, si se incluye un gran número de nuevas profesiones que se aprenden en carreras cortas, como la cocina, el turismo y el cómputo. Además, la influencia y el liderazgo de los profesionales se multiplica porque la mayoría de ellos se incorpora a las élites nacionales y locales, ese 10% o 20% de la población con más riqueza y poder político.

Lo que aporta el profesional a la vida nacional no se limita a sus conocimientos especializados. Cada profesión es en sí misma una cultura, un patrón de vida basado no solo en el conocimiento técnico sino también en el compromiso de servicio, la disciplina, el orgullo propio, los estándares y el respeto de los colegas. No es que desaparezcan el personalismo y la arbitrariedad, pero sí aumenta el peso de las normas más abstractas e impersonales incorporadas en cada profesión. Cuando la riqueza reside más en el capital humano y es menos una cuestión de tierras y máquinas, se reduce la capacidad para el arrebato y para otras prácticas selváticas que nos han caracterizado.

Otra marea es la globalización. En cada ámbito de la vida nacional --educación, negocios, deporte, entretenimiento-- se acrecienta el engranaje con otros países y, por lo tanto, con las normas, los estándares y la cultura del mundo exterior. Desde afuera nos llega una ola semántica cargada de nuevos valores, que nos habla de la ecología, de derechos humanos y laborales, responsabilidad social, y transparencia en el gobierno y en las elecciones. La llegada masiva de turistas nos pone en contacto directo con las expectativas de orden, limpieza y puntualidad de los extranjeros. Nos sometemos ante las normas del comercio externo, y las decisiones de las cortes internacionales, incluidas las de la FIFA. Voluntariamente, nos colocamos el cinturón de castidad que exige la convivencia con el resto del mundo.

La tercera marea cultural no viene de afuera sino baja de la sierra, una ola de migrantes que llegan a las ciudades trayendo valores de trabajo, ahorro, perseverancia y trabajo colectivo. Al principio el migrante rural era sinónimo de incultura y de carga para la población supuestamente civilizada de la ciudad, pero el impresionante desarrollo urbano de los pueblos jóvenes y el dinamismo de las ya no tan pequeñas empresas son una evidencia contundente de empuje y de capacidad constructiva. Sin padrinos poderosos, el microempresario sobrevive bailando con su propio pañuelo.

Podría debatirse si los valores del migrante son una herencia de la comunidad andina, o una respuesta al reto de la sobrevivencia en un nuevo contexto, como sucedió con otros migrantes --chinos, indios y árabes-- quienes de pobres y aletargados en sus tierras de origen se convirtieron en pujantes empresarios cuando emigraron, pero, en cualquier caso, el resultado es una inyección de nuevos valores a la olla cultural del país. Todo esto es buena noticia. Solo espero que en el camino a la civilización no perdamos la gracia, la espontaneidad y la creatividad peruana.

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