Por: Juan Paredes Castro |
El publicista Carlos Raffo puede convertirse en un ayayero de Alberto Fujimori peor que aquellos que lo consideraban inextraditable y que luego lo vieron partir de Santiago de Chile a Lima ¡extraditado!
Lo que Raffo puede terminar haciendo con su tesis de que Fujimori necesita "ponerse en contacto con el pueblo" desde la "plataforma política" de su juicio es labrarle una vía tanto o más expeditiva a la condena que la que parece propiciar el testimonio acusatorio del ex jefe del grupo Colina Santiago Martin Rivas.
Con amigos y colaboradores como Raffo no sabemos qué curso puede adoptar el proceso abierto contra Fujimori, en una sala penal que el magistrado César San Martín impidió ayer que se tornase en un prolongado balconazo del ex presidente.
Si Fujimori oye a pie juntillas a Raffo o Raffo transmite a los cuatro vientos, sin pensarlo dos veces, lo que supuestamente su líder piensa --como lo hizo ayer por la radio--, estaríamos asistiendo a una suerte de complicidad en la desgracia. La procura de un show mediático podría ser un arma de doble filo, que tanto puede distraer a la opinión pública del fondo de los hechos judiciales como igualmente puede volver mucho más severos a los jueces y agudizar las confrontaciones entre la acusación fiscal y la defensa.
El Fujimori que vimos ayer en el tribunal, perdiendo la calma y los modales, parecería fuertemente inclinado a politizar sus audiencias y a correr el riesgo de afectar la calidad de su defensa. No creemos que esta sea parte de la estrategia de su abogado, César Nakazaki, sino más bien parte de las piezas teatrales montadas con fines políticos, dentro del propósito de victimizar su figura.
Las triunfalistas declaraciones radiales de Raffo y el libreto chillón interpretado por Fujimori en la audiencia de apertura de su juicio contrastan con el profesionalismo y la mesura con que Nakazaki manejó su exposición. La apasionada combinación Fujimori-Raffo o al revés, Raffo-Fujimori, podría echar por tierra el esfuerzo inteligente y racional de su defensa, todo por ceder a la tentación de ponerle cascabeles a la pacificación de los años 90.
Toda termocefalia alrededor de la defensa de Fujimori le hace un pésimo servicio a su propia causa y al proceso judicial mismo, como toda termocefalia alrededor de la acusación fiscal podría terminar debilitando los argumentos y testimonios de esta, que hasta hoy parecen contener evidencias irrefutables.
Fujimori está pues entre la espada y la pared: entre la filuda colaboración eficaz de Martin Rivas y la torpe adulonería de Carlos Raffo.