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LA PLUMA INVITADA

Anverso y reverso en el Brasil de Lula

Por Fernando Henrique Cardoso. Ex presidente de Brasil

Parece que la política nacional brasileña entró de nuevo en esa zona grisácea en la que todos los gatos son pardos y se lee el anverso por el reverso. En el horizonte nublado de la política, no solo aquí, sino en el resto de América Latina, brotan 'ideas nuevas'.

La que viene con más fuerza es una relectura truncada de la teoría y la práctica de la democracia, según la cual esta reside solo en la regla de oro de oír y obedecer a la 'vox pópuli'. Así, sería democrático el régimen que consulta al pueblo y hace plebiscitos. Si fuera por voluntad del pueblo, un presidente se transforma en tirano y aplausos para él.

Vivimos hoy la democracia en sociedades de masas, compuestas por individuos vagamente ligados a instituciones, como partidos y sindicatos, pero interconectados por los modernos medios de comunicación. Nadie imagina que, en esas condiciones, la democracia se restrinja a la elección de candidatos enmarcados en los partidos. La democracia siempre fue mucho más que eso.

Siempre supuso la igualdad delante de la ley, el respeto a los derechos de la persona y a la voz de las minorías, así como reglas para la alternancia del poder. Todo eso debe mantenerse, junto con la difusión de la información y la consecuente posibilidad del ciudadano de opinar activamente en el proceso decisivo.

Por lo tanto, no hay nada en contra de que se consulte directamente al pueblo sobre cuestiones específicas, siempre y cuando haya un debate previo y libre para que se formen las opiniones. Ni mucho menos en contra de que se amplíen los canales de participación popular en el proceso deliberativo. Pero mientras, cuando se crean condiciones para transformar las consultas en formalidades manipuladas por el peso de la presencia gubernamental en los medios o por el uso de los beneficios gubernamentales para provocar la adhesión al líder, solo se puede hablar de democracia si se lee el anverso por el reverso.

Y eso está ocurriendo, incluso entre nosotros. En la reciente convención del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), yo exhorté al presidente Lula a ser explícito en su rechazo al tercer mandato. Me quedé contento al verlo decir, en la edición de "O Globo" del domingo pasado, que "se resiste" al tercer mandato. Al decir que se resiste, sugiere que hay quien quiera.

En seguida, la nube: el diputado Devanir Ribeiro, dice Lula, no propuso un tercer mandato, propuso 'solo' que el presidente pueda convocar a plebiscito. Ahora bien, si la Constitución le veda esa facultad al presidente, es exactamente para no abrir espacios a un gobierno autocrático con la manipulación de la voluntad popular. Es por eso que cualquier consulta debe ser aprobada primero por el Congreso, limitando el poder personal.

Qué pena que el presidente no se detuvo en la primera afirmación. Al continuar la argumentación, no se limitó a pasar la mano por la cabeza del autor de la maniobra continuista. Después de haber justificado las reformas a la Constitución de Venezuela con el argumento de que está en contra de la injerencia en la soberanía de cada país, entró en contradicción: me acusó de haber defendido el tercer mandato de ... ¡Fujimori! Yo no defendí nada, presidente Lula. Apenas seguí el principio de no injerencia que el señor defiende, y los consejos del embajador en Lima (su ex ministro de la Defensa que hoy lo representa, y bien, en España). Me pareció conveniente no estimular una conspiración externa y confiar en que el pueblo de Perú se libraría del tiranete por sus propios medios.

Seguir los principios de política exterior cuando se está en la presidencia no excluye el deber de actuar para salvaguardar los derechos humanos y los principios democráticos en otros países, como establecen respectivamente la Constitución y la cláusula democrática insertada en los acuerdos del Mercosur.

Fue lo que hice, en abril del 2002, cuando le señalé al canciller Celso Lafer que interviniera firmemente para repudiar el golpe contra el presidente Hugo Chávez inmediatamente después del reconocimiento del gobierno usurpador por los estadounidenses. Pero esos principios le impiden al presidente de un país inmiscuirse en la política electoral de otro. Como hizo el presidente Lula al manifestarse públicamente en favor de la elección de Evo Morales.

Si Chávez hubiera llegado a obtener apoyo para la reforma de la Constitución y hubiese llegado a ser elegido por tercera vez, ¿qué espacio habría habido para que interfiriera el Gobierno de Brasil? Ninguno, salvo en caso de que Venezuela se incorporara al Mercosur y continuaran ahí las restricciones a las libertades; entonces, hubiera podido sufrir sanciones e incluso ser desligada del bloque, con base en la cláusula democrática.

Es eso lo que me preocupa: los sofismas continuos del presidente, dejando al país sin saber si se trata de una estratagema, que es lo que creo, o de desinformación.

En otro ejemplo de la misma naturaleza, él justifica la elección indefinida con una falacia: toma lo que es la regla en el sistema parlamentarista --la permanencia reiterada del primer ministro en la jefatura de Gobierno-- y con ella justifica lo que es anomalía en el sistema presidencialista. Después da una voltereta mental y se basa en la excepción, la 'impugnación', para decir que en el presidencialismo, de la misma manera que en el parlamentarismo, existe una regla para limitar los mandatos, aunque en teoría estos sean indeterminados.

Como estamos en tiempos de leer el anverso por el reverso, viene el complemento: cualquier objeción que se haga a la conducta o a las palabras del presidente provoca de inmediato una reacción desproporcionada, como si fuera un acto de lesa majestad o una intentona de desestabilización política. Sentir respeto por quien trabaja y estudia, y por eso se proyecta, se convierte en "prejuicio de élite" y en crítica velada a los que no tuvieron oportunidades para educarse mejor.

A ese paso, mostrar que su conceptualización de la democracia es precaria podría convertirse en prueba de apego elitista a los límites de la "democracia burguesa". Así, de sofisma en sofisma, la oposición se transforma en conservadora y el atraso en progreso.

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