DEL EDITOR
Por Virginia Rosas
Nueve meses después de los atentados del 11 de abril contra el Palacio de Gobierno en Argel y una comisaría en la misma ciudad, los terroristas del novísimo brazo de Al Qaeda en el Magreb Islámico (Baqmi) atacaron la sede del Consejo Constitucional y una oficina de la ONU, segando la vida de por lo menos 72 personas.
La cábala del undécimo día del mes para cometer ataques mortíferos funciona desde el aciago 11 de setiembre del 2001 en las Torres Gemelas de Nueva York sin que hasta ahora nadie haya podido descifrar el secreto que esconde ese número para los militantes de Al Qaeda.
Los autores de los atentados del martes último provienen del Grupo Salafista por la Predicación y el Combate (GSPC), el movimiento terrorista que asoló Argelia en los años 90 y que sobrevivió, aunque diezmado, al proceso de paz que el presidente Abdelaziz Buteflika emprendió para poner fin a la guerra civil ofreciendo libertad condicional a los islamistas arrepentidos.
Luego de que 300 combatientes del GSPC entregaran las armas para acogerse al perdón presidencial, el movimiento quedó sumamente debilitado con algunos militantes diseminados por las montañas de la Kabilia argelina.
El grupo Al Qaeda necesitaba agrandar su red en los países islámicos de África del Norte. Fue así que en setiembre del 2006, Ayman al Zawahiri (el segundo de Bin Laden) anunció la firma de una alianza con el GSPC, y desde el 1 de enero de este año se les concedió 'el honor' de utilizar la marca del terrorista saudí en los atentados.
Entonces la estrategia cambió, los ataques se volvieron más mortíferos, con blancos más protegidos y, por primera vez, fueron usados kamikazes en los atentados, al mejor estilo de Al Qaeda.
A diferencia de sus predecesores, cuyos ataques se dirigían sobre todo a las fuerzas de seguridad argelinas, los militantes del Baqmi no tienen ningún reparo en asesinar a civiles inocentes en su "guerra contra los cruzados y los apóstatas" para poder jactarse de ser tan sanguinarios como sus 'colegas' saudíes.
Los dinamiteros de Argel han demostrado que el gobierno de Buteflika aún no ha terminado con los islamistas armados y que Al Qaeda continúa expandiendo su influencia en los países musulmanes.
No solo el norte de África está en peligro (Túnez o Marruecos podrían ser los próximos blancos de los terroristas), sino Europa entera.
Francia, el antiguo país colonizador no está libre, como en los años noventa, de convertirse en víctima de la locura islámica. Como no lo están tampoco Italia, España y Alemania.
Una nueva generación de terroristas, reclutados en los barrios pobres de ciudades importantes, se ha formado bajo la influencia de Bin Laden y sus nuevos métodos.
Estos jóvenes globalizados por el Internet y el cable se han empachado de imágenes de Palestina, de Iraq, de torturas en la prisión de Abu Ghraib y Guantánamo. Y sueñan con eliminar de una vez por todas al mundo occidental.