Crónica COBRO DE REPARACIONES CIVILES
Seis hermanos de uno de los 15 muertos en la masacre de Barrios Altos denuncian al mayor de ellos por haberse apropiado ilícitamente de la reparación que el Estado les concedió en el 2002
Por Alberto Villar Campos
Un auto Toyota color plata del año y un viaje de una semana a Japón en octubre del 2002 fueron los primeros regalos que se hizo Félix Víctor Huamanyauri Nolasco (51), luego de recibir los US$172.938 que el Estado le entregó como reparación por la masacre de Barrios Altos, aquel fragmento oscuro de nuestra historia reciente en el que perdieron la vida 15 personas y otras cuatro resultaron heridas, el 3 de noviembre de 1991. Ajena a las disculpas ofrecidas por la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) a las víctimas de la violencia en las últimas dos décadas del siglo XX, la indemnización que aquel hombre recibiría apenas le bastaría para alimentar un secreto que hoy, cinco años después, sale a la luz a través de seis de sus familiares.
CONFESIÓN DE PARTE
"Nos presentaron cuando tenía 15 años; desde allí parábamos juntos e, incluso, nos enamoramos de dos hermanas en Huarochirí, donde todos nacimos". Valente Huamanyauri Conopuma, el hombre que habla también en nombre de Onorata, Belinda, Macrina, Marleny y Félix Fortunato --sus hermanos por parte de padre y madre--, se refiere a Félix Víctor Huamanyauri Nolasco, hermano de filiación paterna junto con Octavio Benigno, este último liquidado extrajudicialmente por el grupo Colina, cuando tenía 31 años, en la quinta del jirón Huanta 840 lugar en el que vivía; donde, según información del Servicio Nacional de Inteligencia (SIN) y el Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), solía reunirse una facción terrorista --las investigaciones determinarían que esa noche de 1991 allí solo se realizó una pollada-- y donde, además, se hallarían los trágicos vestigios de una matanza sin límites: 130 casquillos de bala regados por todas partes.
Valente no puede evitar el llanto. La tuberculosis que empezó hace 18 años lo ha convertido, de a pocos, en la velada fotografía que es ahora. "Octavio vendía helados y emoliente en el jirón Huanta, donde vivía con una tía. No era terrorista: era muy trabajador y tranquilo", relata, mientras sus otros hermanos lo escuchan. Ninguno de ellos pasó tanto tiempo como él junto a Octavio y a Félix Víctor, pese a que jamás compartieron la misma casa en su infancia.
Mientras Macrina y Belinda se enteraron de la muerte de su medio hermano por los periódicos --ambas ya vivían en Lima; Belinda, incluso, asistió a su velorio--, Valente lo hizo muchos días después. Se encontraba en Uchiza, a donde él y Víctor Raúl (el séptimo de los nueve hermanos, desaparecido misteriosamente un año después en aquella agreste zona) llegaron para trabajar. "Las noticias llegaban tarde", dice, y recuerda que, cuando los militares supieron que él era hermano de uno de los --hasta ese entonces-- presuntos terroristas, empezaron las amenazas: hubo violencia e interminables interrogatorios. Solo en Lima, cuando todo eso acabó, fue capaz de digerirlo: de sus dos medios hermanos, ahora le quedaba solo uno: el mayor de todos los Huamanyauri.
LA REVELACIÓN MAYO DEL 2005
El cheque por los US$172.938 le fue entregado a Félix Víctor el 9 de abril del 2002, meses después de que Alejandro Toledo asumiera el poder y tras los informes de la Comisión de Alto Nivel creada para ver las reparaciones en el gobierno del fallecido Valentín Paniagua. En aquellos tiempos, Valente asegura que la relación con su medio hermano seguía las pautas de siempre: se veían y hablaban poco, pero conservaban el cariño propio de una familia. "El año 2003 me llevó a trabajar a una chacra en Ica; me dijo que era de un socio y pagaba poco, pero allí estuve". En agosto de 2004, estando en Huarochirí, Valente se enteró que habían operado a Félix Víctor en Lima. "No quiero que me abandones", recuerda Valente que este le dijo al verlo llegar. "No tengo confianza en la mujer que tengo ahora ni en la madre de mis hijos, sino en ustedes y, especialmente, en ti". Entonces, al pensar en las noches que pasó junto al convaleciente, llevándolo al baño, cuidándolo, Valente rompe otra vez en un llanto ahogado. "Yo le creí".
El secreto que su medio hermano guardaba saldría a la luz recién en mayo del 2005, y no de su boca sino de la de un médico de un centro de salud al que acudió, en El Agustino, donde ahora vive. "Al enterarse de que yo era hermano de una víctima de Barrios Altos, el doctor me contó que el Estado les daba a los deudos asistencia médica gratuita, cosa que yo no tenía", señala. Por consejo del galeno, Valente visitó los organismos no gubernamentales (ONG) que asesoraron a las víctimas de la masacre. Allí se enteraría que Félix Víctor se había presentado como único hermano de Octavio, recibiendo por ello los beneficios que a todos, por ley, les tocaba.
LA VERGÜENZA DEL PADRE
En ninguna de las dos casas donde Félix Víctor vive en Lima se lo pudo ubicar esta semana. Un vecino de una de ellas indicó que se encontraba en Tacna, desde donde al parecer trae ropa para un negocio que comparte con su actual pareja.
Sin embargo, Rosa María Quedena Zambrano, directora ejecutiva de la ONG Fedepaz, que vio el caso de Barrios Altos, explica lo complejo del problema en el que los hermanos Huamanyauri Conopuma y Félix Víctor se han enfrascado desde el 2005: "Pese a llevar el apellido Huamanyauri, en las partidas de nacimiento de Octavio y su hermano no aparece la firma del padre, por lo que se tuvo que declarar su parentesco a partir de la madre de ambos". ¿Por qué no los firmó? Según confesaron los propios Huamanyauri Conopuma y Félix Víctor a Quedena, su padre, Demis Huamanyauri (murió en 1975), no lo hizo por vergüenza, pues Octavio Benigno sufría de una visible malformación física.
Quizá por esa extraña decisión del patriarca, el hombre que hoy enfrenta una grave acusación de sus familiares y cuyo polémico pago es evaluado por la Comisión Especial de Procesos Administrativos Disciplinarios (Cepad) del Ministerio de Justicia puede seguir, por ahora, obviando los hechos que se argumentan. "Antes de enterarnos del engaño, y con la excusa de grabar un video de la familia, Félix Víctor se llevó todas las fotos en las que aparecíamos junto a él", revela Valente, un hombre cuya memoria parece no haber sufrido tanto como su cuerpo.
En la casa de El Agustino, él y sus hermanos mantienen aún la esperanza de ver culminado un proceso que lo aclare todo --según Quedena, será necesario probar con documentos la omisión de la firma del padre-- y en el que los rencores y silencios se borren de una buena vez pues, a fin de cuentas, ellos han sido, son y serán siempre una familia.