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EL LADO OCULTO RAÚL CÁNEPA, gerente general de Cantol

Abriendo puertas a los jóvenes

FUE PROFESOR EN HUANTA Y LA VENA PEDAGÓGICA LO PERSIGUIÓ A LIMA. DESTINA TIEMPO PARA CONVENCER A ESCOLARES DE QUE HAY SUEÑOS QUE VALEN LA PENA

Por Mayra Castillo

Las primeras charlas que dictó fueron robadas. Las "Cartas a mi hijo", del puertorriqueño Braulio Pérez, eran el punto de partida de la clase de electricidad que dictaba Raúl Cánepa en un colegio de Huanta (Ayacucho). "Siempre creí que la educación era más importante que la instrucción porque esta solo te enseña nombres, batallas, ríos y procesos científicos. ¿Y dónde están los valores como la perseverancia, el amor propio y la honestidad? Todo eso se ha olvidado", sostiene.

El género epistolar, en segunda persona, se leía en voz alta. Hablaba de tú a tú con la masa de chiquillos que aún no sabía qué hacer con su futuro. Y de paso, le recordaba al maestro que debía olvidar lo que a él, de escolar, le habían gritado hasta el cansancio. "También me decían inútil y vago, hasta que cumplí 18. De pronto debía superarme, ingresar a la universidad... A veces creo que el 80% de padres dice eso porque quiere deshacerse de sus hijos. Muy pocos piensan realmente en su superación personal", agrega. No da detalles pero tampoco habla con rencor. Simplemente siente una verdadera empatía por esos colegiales que, 30 años después, siguen apareciendo. Y que siguen preguntándose qué diablos hacer con sus vidas.

GERENTE Y MAESTRO
Esta mañana, en el colegio estatal San Pedro se respira agitación. Está por acabar el año y Raúl Cánepa ha venido, literalmente, a hablar en el desierto. Felizmente, la aridez de Lurín es solo geográfica.

Los chicos ya no escuchan cartas sino una experiencia de vida enriquecedora, cuando Cánepa se decidió a hacer lo que quería (y a descartar lo que detestaba). Él intentó estudiar tres carreras universitarias (Derecho, Agronomía e Ingeniería Mecánica) y no terminó ninguna. Sin pena y sin gloria, pero con ganas de seguir aprendiendo. "Estudié la vida de los hombres más ricos: todos habían sido paupérrimos y casi no tenían educación. ¿Cuántos creen que las empresas solo se hacen con plata? ¿Cuántos Raúl como yo habrá en este salón?", pregunta. Él inventó el cantol porque un par de tías suyas vivían en una zona peligrosa del Callao. Quería darles seguridad y tardó casi un año en tener un prototipo, pero otros parientes creían que "perdía el tiempo".

Cualquiera puede pensar que Cánepa quiere convertir a todos en empresarios (ahora es gerente de Cantol, compañía de trancas y cerraduras), en inventores o en comerciantes. Él de arranque dice que no. Que solo quiere que los jóvenes dejen libres sus más caras aspiraciones. Miedo tendrán, pero estarán aprendiendo a vivir. "Jamás cobro por estas charlas. Las hago porque siento alegría al revalorizar esas autoestimas, de esos potenciales dormidos de algún artista, músico o simplemente profesional".

La mística de un profesor vive en este gerente general. Dice que, uno de estos días, abandonará la fábrica y la oficina para volver a la escuela. Sus hijos Raúl, Paola y Patricia (bien educados e instruidos) podrán tomar la posta.

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