Contracorriente
FANTASÍA. A Ernesto Carpio-Tirado Lindley todos le dicen Plomo. Su mejor acto no es desaparecer cosas sino convertirse en el antimago, pues dice que no existen los poderes, que todo es ilusión. Ese es su márketing más provocador. Esta es su historia sin trucos.
Por Gonzalo Galarza Cerf
El mago tiene embobado al público: diez jóvenes que parecen ignorar que la mano es más rápida que la vista. Unos tratan de adivinar el truco y otros aplauden rendidos. El mago baraja, entrega cartas y adivina la elegida. De pronto busca algo en un bolsillo de su saco. Algunos siguen con la mirada ese sutil movimiento como si les fuera a ser revelado el secreto de sus poderes. El mago se hace llamar Plomo por herencia de su padre, quien en los sesenta fue plomo del grupo Traffic Sound. Al final, Plomo adivina sin sacar nada de su saco.
Es sábado y el mago con más shows para adultos en el Perú está ejecutando algunos trucos en la segunda edición del Inka Tatoo, un encuentro mundial de tatuadores en el centro de convenciones de un hotel de Miraflores. En el stand de Stefano, uno de sus grandes amigos y auspiciadores, Plomo se presenta como un mago por puro amor al arte: dice que a Stefano no le cobra como a sus numerosos clientes, entre ellos, su propio padre.
A Plomo no le gusta ensayar. No posee la rigurosa disciplina circense de Bruno Tarnecci, campeón nacional y miembro de La Tarumba y Plomomagic, empresa de Plomo. Lo suyo es la improvisación del Jazz Magic: coger una baraja y hacer trucos que de forma inevitable y contradictoria se convertirán en rutinas. Plomo asegura que no le agrada tener el control, al menos eso es lo que quiere hacernos creer.
A Plomo le gusta engañar, crear y exagerar situaciones, llevarlas al límite. Como si se tratase de un mandamiento, Plomo repetirá que la magia no existe. ¿Poderes? Dice que el error viene cuando el mago cree que los tiene. Afirma que son simplemente trucos, sensaciones generadas para entretener al público y que la mayoría de magos son mejores que él. Lo confiesa como si no le importara. Para Plomo, el éxito de un mago no se basa tanto en la técnica como en el personaje creado en su presentación. El mejor acto de Plomo no es desaparecer cosas sino convertirse en el antimago. Dentro y fuera del escenario. Ser el chico malo de los naipes. Esa es la mejor ilusión puesta en escena. Su márketing más rentable. Él es su mejor truco.
No usa varita mágica, ni palomas, ni conejos, ni frases como abracadabra. A lo mucho, Plomo chasquea los dedos en algunos actos. Ir contra la corriente es parte de su imagen. A Plomo no le interesa pertenecer a la Unión Peruana de Ilusionistas, UPI. Plomo no va a contar la aburrida historia de la vocación de los magos: la del niño soñando con vestir una capa y hacer trucos. Plomo dirá que fue un niño callejero, que quemó su casa a los tres años, que soñó con ser futbolista profesional --y lo cumplió durante doce meses--, y que aprendió a manejar las cartas para estafar a sus amigos jugando póker.
La historia de cómo pasó de ser un estafador amateur a mago tiene ingredientes de amistad y de un buen cebiche. Un verano, su amigo Gonzalo Ferrand le propuso un trato: él lo instruiría en la magia y, a cambio, Plomo le enseñaría a cocinar algunos platos que preparaba en el restaurante de su padre. Gonzalo hizo su primer cebiche. Plomo su primer truco. Años después, Gonzalo se convirtió en un reconocido chef, actual campeón mundial de pastelería y segundo en platos de fondo, y Plomo en mago profesional. Lo que siguió parece otra puesta en escena de Plomo: decir que era mago con solo siete trucos aprendidos. Después vino un show para la sobrina de una antigua enamorada, un taller en un colegio y más eventos. Y cuando se le acabaron los trucos fue y copió algunos del mago Khalid. Iba al restaurante donde trabajaba, pedía un café y veía cómo los hacía. Esa es su habilidad: aprender un truco con solo mirarlo unos minutos. Horas después, los realizaba en un local cercano donde trabajaba. Hasta que Khalid lo descubrió, le jaló las orejas y lo obligó a tomar clases con él. Solo duró un mes y medio. Hoy Khalid es el maestro y el consejero de los magos que conforman su empresa: el Obi Wan Kenobi, como prefiere llamarlo.
Plomo se ha remangado el saco y se ven algunos de los ocho tatuajes que pintan de cuerpo entero sus pasiones y debilidades: en la muñeca tiene unos dados por su amor a la timba, más arriba del brazo los cuatro palos de la baraja, y en el otro el Ojo de Ra y una chica súper sexy atrapada en un as de espadas. Plomo confiesa ser un mujeriego. Dice haber tenido decenas de enamoradas. Su actual pareja asegura que Plomo es bastante romántico. Que cocina muy bien. Y que se las sabe todas. El chico malo de los naipes no toma ni fuma. Prefiere estar lúcido para crear un mundo ficticio a su alrededor.
--Dime, no eres de acá, ¿no?-- pregunta Plomo y pienso que lo dice por el acento de una chica que acaba de marcar su carta con un plumón.
--No, soy colombiana --dice y sonríe de forma tímida, casi coqueta.
--Lo digo porque devuelves el plumón --bromea Plomo y reímos.
Un mago es un actor que sabe cómo captar la atención del público, cuándo engañarlo y cómo sorprenderlo. De eso se trata la magia. El resultado del truco pasa a ser un complemento final de la performance. En unos minutos, la joven colombiana le pedirá si puede tomarse una foto con él. Ella sacará la lengua y abrirá los ojos como posesa, y Plomo hará un abanico de cartas. Click.
A Plomo le gusta salir fotografiado en los eventos. Ha comprado una revista de sociales donde sale retratado en un show junto a Bruno Tarnecci, o Bruno Mágico, como lo suele llamar. Plomo me ha dicho que quiere salir allí. Sabe que sus clientes la leen. Plomo no acabó la carrera de Hotelería y Turismo pero sabe que al igual que un buen paisaje todo entra por los ojos.
Ha pasado más de una hora desde que Plomo dijo que se mandaba con una para dar inicio a su show. Pero un truco lo ha llevado a otro. La vida de Plomo parece girar por impulsos: de animador a locutor de radio y luego mago. En los tres casos aceptó las oportunidades sin experiencia. Situaciones que lo llevaron a coger el micrófono y narrar partidos de fútbol o modular la voz y presentar canciones. O a ponerse el saco y jugar con las cartas. Plomo ha guardado los naipes, las monedas, las pelotas y el plumón. Nos vamos yendo. Ahora, Plomo va dejando atrás el tattoo contest y algunos rostros de asombro mientras se cruza con un hombre de seguridad. Es el mismo que le confesó haberse atrofiado el cerebro al verlo convertir dos pelotas en cuatro. Se despide y Plomo le hace un gesto con la cabeza mientras su compañero le pregunta quién es.
--Mago. Hace magia.