Por: Juan Paredes Castro |
Si es que hay que sacar una lección de los últimos errores garrafales, el dislate de Jorge del Castillo en Lurín tiene que servir para manejar mejor la brújula política del Gobierno en el accidentado terreno social del país.
De hecho que las cosas han empezado a moverse en esa dirección con las propias aclaraciones del primer ministro, en el sentido de que no es verdad que los programas sociales del gobierno vayan a priorizarse según las zonas que votaron por el Apra, como también es cierto que muchos de estos programas sociales se desarrollan precisamente allí donde ganó la oposición, principalmente en el sur, centro y oriente.
Con cargo a hacer un exorcismo de sus propias palabras, Del Castillo se ha impuesto una inimaginada penitencia: la de tener que andar demostrando todo el tiempo no solo que no hay favoritismo alguno al voto aprista, sino que el gasto social no es discriminatorio y que obedece permanentemente a criterios técnicos y al manejo racional de indicadores muy bien estudiados.
En el fondo, la compleja y contradictoria realidad social del país y la igualmente compleja y contradictoria manera de abordarla han tenido y tienen de por medio el abismo que todavía separa Lima del llamado Perú profundo, o lo que nuestros sociólogos han denominado el abismo entre el Perú formal y oficial y el Perú real y patético.
Ese mismo ataque de miopía que de pronto sufre Del Castillo en Lurín, no alcanzando a ver más allá de lo que inexplicablemente podía ver, ese mismo ataque lo sufren muchos políticos y el común de los peruanos cuando la visión del país desde Lima termina siendo siempre una visión estrecha, engañosa y difusa. El síndrome de Lurín podría justamente contribuir a cambiar y agudizar nuestra visión de país, de Estado, de nación y de territorio. Necesitamos replantear nuestras coordenadas de Estado unitario sobre la base de una descentralización y regionalización más reales y efectivas, haciendo que las autoridades del interior del país sientan que son parte de ese Estado y no los simples gestores de pliegos de reclamos que ellos mismos podrían resolver.
Con un equipo de Gobierno ahora remozado, Del Castillo tiene que convertir el síndrome de Lurín en el amuleto estimulante de las nuevas funciones que le asigna la recién aprobada Ley Orgánica del Poder Ejecutivo, debiendo repotenciar su papel de jefe de Gobierno y de gran coordinador de las energías plurales, democráticas y descentralizadoras del país.