Análisis
Por Farid Kahhat. Analista internacional y catedrático de la PUCP
En el lustro que media entre 1995 y 1999 hubo al menos tres crisis humanitarias de grandes proporciones: Ruanda, Chechenia y Kósovo. Pero solo en esta última se produjo una intervención humanitaria para ponerle fin (de la OTAN, no de la ONU). ¿Qué razones explicarían esa diferencia?
El caso de Chechenia ofrecía varias similitudes con el caso de Kósovo. Se trataba de una provincia rebelde cuyas reivindicaciones fluctuaban entre la autonomía y la secesión. Buena parte de la población civil estaba atrapada entre las acciones del Ejército ruso y las de la guerrilla, actores que mostraban poco interés por las sutilezas del derecho internacional humanitario. Lo cual a su vez propiciaba que una parte significativa de la población civil adquiriera el estatus de refugiado. ¿No fue un escenario similar el que propició la intervención humanitaria de la OTAN en Kósovo? Sí, pero también había dos diferencias: Yugoslavia, a diferencia de Rusia, era un país al que las fuerzas convencionales de la OTAN podían derrotar a un costo aceptable. De otro lado, Rusia, a diferencia de Yugoslavia, era un país con el cual la mayoría de los integrantes de la OTAN tenía importantes intereses en común (Rusia es, por ejemplo, la principal fuente de gas que consume Europa Occidental). Es decir, tanto por su poderío militar como por su capacidad de represalia, la relación de la OTAN con Rusia no podía ser rehén de lo que pasara en Chechenia.
No es difícil comprender, además, cuál era la diferencia fundamental entre Ruanda (escenario del mayor genocidio de las últimas décadas) y Kósovo. El primero es un país ubicado en el África subsahariana, es decir, una región que presenta los mayores niveles de pobreza en el mundo y que tiene una escasa relevancia en la política internacional. Kósovo, en cambio, se encuentra en los Balcanes, región ubicada cerca de lo que la geopolítica solía denominar el 'corazón terrestre' de Europa. Es decir, la región en la que se iniciaron tanto la Primera como la Segunda Guerra Mundial.
En los años previos a la crisis de Kósovo, el régimen de Slóbodan Milósevic había ocasionado ya dos guerras en la región balcánica (en Croacia y Bosnia). El de Kósovo era pues uno más en una serie de conflictos interétnicos que amenazaban con desestabilizar una región de por sí volátil. Se temía, por ejemplo, que un éxodo masivo de kosovares de origen albanés buscase refugio en un país que, como Macedonia, alberga también sus propios conflictos entre albaneses y eslavos. A su vez, una escalada de las tensiones entre ambos grupos podría eventualmente involucrar a la población de origen griego que habita en ese país. Llegado a este punto, Estados vecinos como Albania y Grecia podrían sentirse tentados de intervenir para proteger a sus respectivas minorías. En otras palabras, estábamos ante una reedición de la Teoría del Dominó esgrimida en su momento por Estados Unidos para justificar su intervención en América Central e Indochina.
Paradójicamente, ahora es el presidente serbio Boris Tadic quien advierte que su gobierno "anularía" una eventual declaración de independencia de Kósovo por el "efecto dominó" que esta tendría "en toda la región y más allá". Pero lo único que podría impedir esa declaración por parte de las autoridades albano-kosovares sería el temor a que confluyeran en respuesta a ella los siguientes hechos: de un lado, que la independencia no fuese reconocida por las principales potencias occidentales. De otro, que la República Serbia (de la cual Kósovo es aún formalmente una provincia) se decantase en favor de una intervención militar. Al anunciar que reconocerían su eventual independencia, y que las fuerzas de la OTAN permanecerían en Kósovo después de ese hecho, podría alegarse que las principales potencias occidentales propinaron el tiro de gracia a cualquier perspectiva de solución negociada. Pero estas, a su vez, podrían argüir que el proceso de negociaciones nació desahuciado, y que actuar de otro modo tan solo habría prolongado la agonía.
El punto clave aquí es, sin embargo, que en Kósovo se produjo una confluencia de factores sumamente inusual: de un lado, la existencia de una campaña de limpieza étnica que vulneró intereses estratégicos de la OTAN. De otro, el hecho de que frente a esos hechos la OTAN lograra un consenso sobre la necesidad de una respuesta militar al margen del Consejo de Seguridad de la ONU (respuesta que, a su vez, tuvo un costo moderado en los planos económico, político y militar). Por ello, el caso de Kósovo no establecería un patrón de conducta por parte de la OTAN frente a los nacionalismos étnicos que buscan la secesión de aquellos Estados de los que forman parte.