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La difícil tarea de dejar atrás el canibalismo político

Por: Juan Paredes Castro |

La primera prueba de fuego de un nuevo ministro es ser perfectamente consciente de que ha aceptado el cargo y que tiene que responder por él. Parte de esa primera prueba es también pasar, en salto alto, la varilla de la prensa, que no es cualquier cosa ni se agota en un solo día.

En los últimos tiempos la vida ministerial ha cobrado nuevas formas y estilos y aunque no es ni será un producto terminado exhibe ciertas diferencias y novedades que vale la pena explorar.

Salta a la vista, por ejemplo, que la ministra de Justicia Rosario Fernández no ha aceptado el cargo porque desee decorar su hoja de vida. Nos ha hecho saber desde un principio de dónde viene, cómo piensa, cuál es su percepción de las funciones que debe desempeñar y a dónde quiere ir. Estemos de acuerdo o en desacuerdo con ella lo cierto es que ha hecho transparente su compromiso asumido en y frente al poder y su capacidad de deslinde rápido como que nunca fue abogada en el proceso penal de Ernesto Schütz Landázuri, sino de sus hijos, en un pleito civil de propiedad sobre Panamericana Televisión. Esta manera de hablar claramente de sí misma y de lo que se trae entre manos en su función pública, marca una novedad en la vida política del país, acostumbrada, dentro de su atroz canibalismo, a ver a ministros nuevos casi siempre con la cara de susto o de incertidumbre al día siguiente de su juramentación.

Como los cargos ministeriales recaen cada vez menos en el favor político y cada vez más en las competencias calificadas y especializadas, cosa que parece ser el propósito de aprendizaje de este Gobierno, su tiempo de duración va igualmente dejando de estar al vaivén de los intereses de turno y se prolonga en función de metas y objetivos más definidos.

No es que estemos en el mejor de los mundos en equipo ministerial. Pero el hecho de haber transitado 17 meses casi con un mismo Gabinete y haberlo remozado en apenas una tercera parte es una buena señal de que puede marcharse hacia el 2011 con menos sobresaltos políticos y sin el vicio antiguo de mudar carteras como si el trabajo del Ejecutivo fuese una feria de vanidades.

El otro avance importante es que ahora los ministros tienen la chance de ser precisamente más ministros que secretarios, comenzando por Jorge del Castillo. Con todo lo absorbente que es el presidente Alan García cada jefe de sector tiene y maneja su espacio propio. Y es, por supuesto, responsable de lo que puede sumar y restar dentro de esa "cancha libre". Es menos creíble el mito de que García se roba todo el show. Mucho depende de que el ministro se deje robar el show.

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