Estación Madrid. El Real lo ganó con absoluta justicia y puso contra las cuerdas a su clásico rival
Por Ángel Cappa Técnico de fútbol
El Real Madrid planteó un partido para impedir la habitual circulación de la pelota del Barcelona y lo fue a presionar con la línea de fondo muy cerca de los volantes. Es decir, le achicó los espacios. Y a partir de ahí, con todos los jugadores dedicados con empeño a esa tarea, esperó un descuido del Barza para contragolpear. Para pegarle desprevenido. Si se quiere, un planteo relativamente sencillo.
Pero resulta que al Barcelona se le están acabando los argumentos colectivos que lo hicieron uno de los mejores equipos del mundo, y no supo encontrarle ninguna respuesta. En primer lugar puso a Iniesta de puntero derecho, alejado del medio donde se genera el fútbol. Después jugaron todos por los carriles donde los estaban esperando. Es decir no hubo rotación de puestos, ni movilidad alguna. Por lo tanto sus jugadores quedaron aislados y peleando siempre en desventaja numérica.
Una hermosa pared entre el brasileño Baptista, de muy buen desempeño, y Van Nistelrooy, inteligentemente tirado a un costado, terminó de redondear el partido ideal que esperaba el Madrid.
En la segunda parte el Barcelona mostró una alarmante depresión, además de la falta de recursos futbolísticos, y quedó desarmado a expensas de un Madrid muy seguro. Ronaldinho no pudo en toda la noche hacer una jugada, ni gambetear a nadie y fue la imagen de impotencia.
A medida que pasaban los minutos la debilidad y desorganización del Barza eran más acusadas. Ya no confiaba ni en alguna jugada individual, y solo le quedaba Iniesta que se puso al equipo al hombro, y jugó por toda la cancha.
Pero, claro, uno contra once es demasiado y el Madrid terminó el partido con absoluta autoridad. Había desafiado al Barcelona a superar el problema que impuso, y no encontró ninguna réplica azulgrana. Ganó el Madrid con absoluta justicia, y puso al Barcelona contra las cuerdas, no solo por el resultado y la diferencia de puntos, sino también porque da la impresión de que el fin de un ciclo está próximo.