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Rincón del autor

Pobres pero con vida  

Alejandro Magno nos parece un fenómeno increíblemente joven, habiendo conquistado medio mundo y muriendo a la temprana edad de 33 años

Por Richard Webb

La pobreza apenas amaina, pero cada año la vida se alarga. En 1940 el peruano vivía en promedio apenas 37 años. Hoy, aunque más de la mitad de la población sigue siendo pobre, la expectativa de vida es casi el doble --71 años--. Seguimos desnutridos, en chozas sin agua, sufriendo el frío por falta de ropa, pero estamos vivos. Todo indica que la vida del peruano seguirá alargándose, incluso para los pobres.

Sucede en todo el mundo. En un siglo el promedio de vida mundial se ha doblado, de 30 años en 1900 a 64 años en la actualidad. El ciudadano que nacía en Estados Unidos en 1900 tenía una expectativa de vida de apenas 49 años, pero hoy esta es de 78 años. Los más favorecidos son los japoneses, los suizos y los ciudadanos de algunas islas del Pacifico, que esperan vivir unos 82 u 83 años. Si nos remontamos a la era Romana, hace 2000 años, la vida duraba en promedio algo menos de 25 años. Alejandro Magno nos parece un fenómeno increíblemente joven, habiendo conquistado medio mundo y muriendo a la temprana edad de 33 años, pero para su época era ya un hombre maduro. Y, por supuesto, lo mismo podría decirse de Jesús, quien murió a esa misma edad.

Es paradójico que se produzca tamaña revolución en la vida de la mayoría cuando mucho de lo que causa la muerte --hambre, guerra, enfermedad, pobreza en general-- sigue igual o no ha cambiado en la misma proporción. La transformación asombra, pero la explicación es conocida. Ha sido obra sobre todo de la ciencia médica que ha permitido casi eliminar las plagas y gran parte de las muertes por infección. El aporte vital de la higiene solo se conoce hace un siglo. Louis Pasteur descubrió la existencia de los microbios en la década de 1850, pero le costó años convencer a sus colegas científicos, y recién en 1880 creó la primera vacuna. Un año después, el presidente James Garfield, de EE.UU., recibió un disparo, pero murió días después, no del balazo sino de infección por que los cirujanos aún no acostumbraban lavarse las manos antes de operar. Otro factor positivo, aunque indirecto, ha sido el masivo traslado de la humanidad desde el campo a las ciudades, donde es más fácil el saneamiento mediante las redes de agua y desagüe, el acceso a la atención médica, y también la protección policial.

La raza humana está programada para proteger y extender la vida. Podemos regatear pero jamás cuestionar la necesidad de gastar en vacunas y clínicas, y en múltiples medidas para proteger la vida, desde la policía y las Fuerzas Armadas hasta los programas de nutrición y los cinturones de seguridad. En las estadísticas contabilizamos los costos de esas acciones, pero no los beneficios. No sabemos qué valor numérico atribuirle a una vida más larga. Poniendo de lado el imperativo humano a favor de la vida, el filósofo puede incluso preguntar si se justifica prolongar una existencia de pura carencia y dolor. Sin embargo, los pobres rara vez se suicidan. Curiosamente, el suicidio parece ser más un fenómeno de países ricos, como los escandinavos, y de los países otrora soviéticos, que de los países de gran pobreza. Es que, contra los estereotipos de los ricos, la vida del pobre es una vida llena de familia, cariño, risas, celebraciones, enamoramientos, música y tradiciones culturales. Las carencias materiales son importantes, pero la vivencia humana tiene una riqueza que no se expresa en los números del economista. La vida misma es el valor que está por encima de todos los demás. Junto con la Navidad, celebremos la vida adicional que goza cada peruano.

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