UN VERDADERO CAMBIO DE RUMBO
Hoy, con un arancel efectivo del orden del 2%, estaremos integrados a la economía mundial
Por: Roberto Abusada Salah. Economista |
El TLC con EE.UU. --un acuerdo que, entre otras cosas, abrirá el comercio sin aranceles con el país más eficiente y competitivo del mundo-- es aprobado abrumadoramente por los peruanos.
Después de abogar por más de 25 años a favor de la apertura económica del Perú, la constatación de este hecho me genera sentimientos encontrados: la satisfacción de saber que el Perú se apresta a aprovechar al máximo las ventajas de la globalización, ello augura mucho de bueno; tristeza al pensar que como país hemos tardado casi cuatro décadas en comprender algo tan elemental como que un país pequeño (dos milésimos de la economía del mundial) no puede progresar, emplear, dar salud y educación a su población o avanzar tecnológicamente, aislado del mundo. También me reconforta ver a tantos, hace poco adversarios de la integración al mundo, convertidos súbitamente en adalides del TLC.
Fueron los desvaríos de la dictadura de Velasco los principales responsables de que el Perú haya recién recuperado el ingreso por habitante que tenía ya hace treinta años. Existió un intento fallido de remediar esta situación en los dos primeros años del gobierno del presidente Belaunde. Tuve la tarea de diseñar y ejecutar aquel primer intento. Las primeras medidas adoptadas parecerían hoy tímidas, casi inocuas: poner un tope de 60% a los aranceles, anunciar la gradual reducción de los aranceles, hacerlos más homogéneos y llevarlos en promedio a 25%.
Virulentas reacciones a aquellos cambios no se hicieron esperar. Pasquines y revistas me retrataban a página entera con epítetos como "agresor de la industria" o "enemigo de la producción". Finalmente, la crisis de El Niño de 1983, hábilmente aprovechada por miembros del partido de gobierno adictos al mercantilismo empresarial, sirvió de excusa para revertir aquel intento de integrar la economía al resto del mundo.
En 1990 se me encargó, para el plan de gobierno de Vargas Llosa, un nuevo proyecto de liberalización comercial. Esta vez pensé que él pondría en práctica el programa, prevaleciendo sobre el enraizado mercantilismo. Pero fue Fujimori el elegido y sus concepciones económicas presagiaban una nueva postergación de la reforma comercial. Fujimori nunca creyó en la liberalización comercial. Fueron funcionarios en Japón y EE.UU., así como Carlos Rodríguez Pastor y Hernando de Soto, quienes le hicieron ver que el aislamiento era inviable y que el Perú requería de algo más parecido a lo que su adversario en las pasadas elecciones venía propugnando. Entregué mi plan a Carlos Boloña, quien comenzó a ponerlo en práctica, pero fue el ingeniero Jorge Camet, el longevo ministro de Economía a quien asistí durante cinco años, quien llevó adelante el plan de liberalización de una manera consistente y exitosa.
Durante el gobierno de transición se dio un importante retroceso en materia de integración al mundo liderado por un ministro que llamaba "monos" a aquellos que propugnábamos un arancel más homogéneo, bajo y menos adecuado al interés particular. Pero el gobierno de Toledo, al iniciar las gestiones para un TLC, dejaría de lado en la práctica aquellos intentos. Afortunadamente, el gobierno del presidente García no solo ha puesto fin a los argumentos proteccionistas. Hoy, con un arancel efectivo del orden del 2%, estaremos irreversiblemente integrados a la economía mundial. La inversión e inventiva que esta integración genera, unidas al fortalecimiento de nuestras instituciones, empiezan ya a implantar en la mente colectiva la idea de que un Perú integrante del mundo desarrollado --para el infortunio de la izquierda conservadora--ha dejado de ser una quimera disparatada.
¿Cómo explicar un cambio de mentalidad tan grande entre los empresarios, políticos y público en general? ¿Qué ha hecho que el Perú crezca 15 años a un promedio de 5% y que este año produzca más del doble (108%) de lo que producía a inicios de 1993? ¿Cómo se desterró la antigua y misteriosa maldición de crecer uno o tres años para luego caer en una y otra crisis? La respuesta es simple e inequívoca: es el descubrimiento colectivo de que integrándonos al mundo abrimos la posibilidad para construir un país más próspero y sobre todo más justo.