EDITORIAL
La muerte de Benazir Bhutto ha merecido el repudio mundial, tanto por la brutal modalidad del atentado, cuanto porque perturba gravemente el endeble sistema político y social pakistaní, las aspiraciones democráticas de sus ciudadanos y también la lucha contra el terrorismo de Al Qaeda.
Se trataba de una personalidad democrática de talla mundial, dos veces elegida como primera ministra y recientemente candidata favorita a un tercer mandato encarnando la esperanza de pacificación de un Pakistán caótico y violento.
A pesar de su incuestionable legitimidad, años antes fue depuesta por militares golpistas militares y forzada al exilio. Y en los últimos tiempos estas cúpulas dictatoriales se han mantenido en el poder con el respaldo de EE.UU., a cambio de apoyar la lucha contra las células terroristas de Osama Bin Laden, infiltradas en Pakistán.
Debido a su ineficacia en la lucha antiterrorista y su insensibilidad ante las demandas ciudadanas, el régimen de Pervez Musharraf tuvo que aceptar el regreso de Bhutto, cuyo partido se aprestaba a participar en las elecciones para devolver legitimidad democrática al sistema.
Ahora, ante el terrible prospecto de una guerra civil, la comunidad internacional, principalmente EE.UU., tiene que evaluar su relación con el actual régimen pakistaní y demandar la postergación de las elecciones para permitir que el partido de Buttho y el resto de organizaciones democráticas puedan recomponerse.