LA SEMANA QUE PASÓ
Por Pedro Ortiz Bisso
Asumir un error en el Perú es tan difícil como imaginar que una combi respetará una luz roja o que los juergueros del hotel El Golf pedirán perdón. A lo largo del 2007 hemos tenido no pocos ejemplos de esa vocación tan criolla por zafar el cuerpo cuando las papas queman o de mirar al costado cuando la soga aprieta. El juego del gran bonetón parece normar la vida de los funcionarios y de algunos personajes más pedestres también.
"No me acuerdo", "nunca me escapé de la concentración", "los policías incumplieron órdenes, por eso los emboscaron", "los ataques del narcoterrorismo se deben a su desesperación", "la responsabilidad de las revisiones técnicas es de la empresa, no del municipio", "el dueño del terreno nos engañó", "¡soy inocente!"... El año ha sido prolífico en excusas de distinto calibre, aunque ninguna pudo dejar de evidenciar su descarado cinismo.
Las justificaciones más obscenas vinieron de la Diroes, donde Alberto Fujimori, sabedor de que corre peligro de pasar una larga temporada en el vecindario de Guzmán y Montesinos, ha llegado al extremo de ridiculizar su propia figura al describirse como un tiranuelo ingenuote, al que el 'Doc' y los militares engañaban a placer.
La tozudez de Manuel Burga por aferrarse al cargo, aparecer en la foto con los 'jotitas' y lavarse las manos ante los fracasos de la selección mayor tiene también un lugar de privilegio en este ránking del descaro, así como el andar zigzagueante de la Municipalidad de Lima frente a las revisiones técnicas, el papelón de la comuna chalaca ante el peaje de la avenida Faucett o las insólitas explicaciones del alcalde de La Victoria, quien, tras el derrumbe en Gamarra que mató a ocho obreros, solo atinó a un insólito "nos engañaron", como si lo hubieran elegido para estar pintado en la pared.
Entre tanta espina, la solidaridad tras el terremoto del sur y la recuperación del mercado de Santa Anita insuflaron aire fresco. Lástima que el primer caso reveló lo mal preparados que estamos ante las emergencias y que el segundo, siendo la principal acción en favor de la recuperación del principio de autoridad, no haya sido seguido por otras medidas que permitan que la gente vuelva a creer en el Estado y se afirme el cada vez más olvidado principio de ciudadanía.