Por: Juan Paredes Castro |
El 2008 se presenta para el Perú políticamente mucho más crucial que el 2007, en gran parte por las omisiones que caracterizaron a este año.
En adelante, la disyuntiva del país consistirá en encajar urgentemente las piezas sueltas de su engranaje de desarrollo o mantenerlas como están, con grave riesgo para el alentador ritmo de crecimiento económico sostenido y proyectado.
Los peruanos tenemos que convencernos una vez más de que los diagnósticos por sí mismos ya no nos sirven de nada. Es más, los hemos acumulado en tal cantidad y de manera tan caótica que en cada oportunidad que deseamos extraer indicadores válidos tropezamos con el problema de que nos confunden más.
No basta con vivir deseando tomar al toro por las astas sino por lo menos con la experiencia de haberlo intentado seriamente. Esta es la experiencia que faltó el 2007 y que el milagro del TLC con Estados Unidos debe motivarnos a darle el máximo de potencialidad y resultados.
Las piezas sueltas del engranaje que mayores señales de crisis y alarma traumática han emitido el 2007, y que tienen que ser asumidas como piezas de un mismo tablero el 2008, son la del sistema educativo, la de la administración estatal, la del servicio judicial, la de la seguridad interna, la de las decisiones y gestiones gubernamentales y legislativas y la de la descentralización. Lo poco o nada que se ha hecho con ellas representa el mayor reto para quienes manejan las riendas del poder.
La penúltima de estas piezas sueltas, la de las decisiones y gestiones gubernamentales y legislativas, compromete de vida o muerte a las demás. Las recetas del presidente Alan García para acabar con el síndrome del perro del hortelano tendrán que tener en la muñeca de Jorge del Castillo una respuesta ejecutiva eficaz desde el primer día del 2008, con cargo, además, a influir, en su cantidad y calidad, en las reformas profundas de la educación, de la justicia, de la administración estatal y de las estructuras burocráticas de los sectores de Defensa e Interior, tan íntimamente ligadas a la seguridad interna del país.
El Gobierno y el Congreso ya no pueden seguir viviendo, en sus relaciones y coordinaciones, del azar y la necesidad. Ambos poderes tienen que ser y mostrarse más consistentes en asegurar el desarrollo de las reformas pendientes y la estabilidad política y jurídica necesaria para que el despegue económico, harto celebrado este año, no termine descansando sobre pies de barro.
Como nunca antes la decisión y la gestión política y administrativa estatal tienen que dejar de estar conectadas a un respirador artificial.