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Cuando publiqué un libro de poemas, en 1984, decidí ir a una de las tiendas Wong y colocar mis libros. No estaba de moda hacerlo, pero se hacía

Historia de dos bodegas

Rincón del autor

Por Abelardo Sánchez León

La venta de Wong a los chilenos es motivo de todo tipo de interpretaciones financieras y belicosas. Yo los recuerdo, más bien, sosegados en la avenida Dos de Mayo, en San Isidro, a la hora de la siesta, cuando de jóvenes les daban permiso para pelotear un rato en un terreno baldío cerca de su esquina. De aquellos tiempos ha pasado mucha agua bajo el puente, y de los chicos Wong que yo conocí a los de hoy, nada que ver, pero nada que ver...

Cuando publiqué un libro de poemas, en 1984, decidí ir a una de las tiendas Wong y colocar mis libros. No estaba de moda hacerlo, pero se hacía. Conversé con uno de ellos y me enseñó una ventanilla donde atendían a los proveedores, palabra que solo conocía por La Proveedora de Santa Inés, e hice mi cola. Delante de mí había quienes dejaban jamones, salchichas, quesos y todo tipo de productos. Detrás de mí había quienes hacían lo mismo. Cuando me tocó mi turno me preguntaron rápidamente de qué se trataba mi producto: un libro, les expliqué. ¿Y cómo se llama? "Buen lugar para morir". Nunca pasé a cobrar la consignación, a pesar que se vendió todito porque allí lo compró mi amiga María Elena La Rosa.

En la esquina de mi casa estaba la bodega de Felipe Lam. La esquina del movimiento, sin duda, aquella que empecé a frecuentar como bodega y garito, con un cierto aire intelectual a trago escondido, tipo mulita de pisco, e hice una gran amistad con Felipe y el chofer de los Mendoza. Un día, conversando de los evidentes progresos de la familia Wong, Felipe, sacando su sonrisa maliciosa de jugador empedernido, nos explicó: "Hay quienes viven para trabajar y hay quienes trabajan para vivir". En el segundo grupo estaba él, por cierto.

Los años han pasado y debo abrir las grietas del corazón para poder reconocer la avenida Dos de Mayo. De Felipe no sé absolutamente nada. De los Wong lo sabemos casi todo. Cuando se casó, Felipe hizo un tono gigantesco en un chifa de la calle Capón y recuerdo, como si fuese ayer, su sonrisa de filósofo asiduo al hipódromo. Estuvo Toto Mendoza, tempranamente desaparecido, y bebimos toda la noche sin temerle a la noche.

A Erasmo Wong lo he visto en las páginas sociales catando pisco, pero con modales atildados y científicos, también esbozando una sonrisa, pero sin la calle que caracterizaba a la de Felipe Lam. Cuando paso por la Dos de Mayo, veo que a mi casa le han construido un edificio en ese terreno que era una tripa de flaco. Y pienso: las dos bodegas han corrido la suerte que el destino les tenía deparadas.

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