Por Maki Miró Quesada
Para algunos, Patagonia es el fin del mundo, pero esto como todo lo demás es relativo y depende mucho de por dónde se empieza. Cierto es que en Patagonia los grandes centros financieros y culturales del mundo no están a la vuelta de la esquina, pero la cordillera, los lagos, los bosques y los ríos están por todos lados, y la Antártica a vuelo de pájaro, cosa que no se puede alegar cuando uno vive en el barrio de Chelsea en Londres o en la Quinta Avenida de Nueva York. Si lo que se busca es tomar distancia de la carrera corporativa, del 'rat race' por la supervivencia o por el dólar, del 'social networking' o 'social climbing' global --que es lo mismo--, un paseo de Buenos Aires a San Martín de los Andes vuelve a colocar las manijas del reloj a la hora exacta, un paseo de mil ochocientos kilómetros sobre una ruta de dos vías que no se emprende de manera improvisada.
Consultado el mapa, todo parece indicar que el camino más directo es saliendo por la autopista 5. "¡Qué va, che!", nos dice un veterano de la ruta, "ninguno de los que vamos a San Martín la toma, está llena de colectivos (aquí todo transporte público es un colectivo, no importa el tamaño) que andan a los tiros y no respetan nada. Tenés que tomar la 205". ("D'accord").
"¿Y cuánto tiempo se tarda?". (No hay nada mas pegajoso que el acento porteño).
"Y, mirá, yo lo hago de un solo tirón en catorce, quince horas". Todos, Fangio.
Nosotros, prudentes conductores de la tercera edad con el cerebro comprimido por años pasados en Francia, Suiza y Bélgica, nos tomamos tres días. El amigo --mapa en mano-- nos ha indicado las curvas traicioneras, los tramos donde hay ganado suelto y la recta más peligrosa, la de General Acha después de pasar Santa Rosa de la Pampa, donde es recomendable utilizar las luces altas para avisarle al de enfrente que uno llega. "Mirá que si no te contesta allí nomás te echás rápido a un lado del camino porque seguro que el pelotudo se ha quedado dormido". A retener.
Una linda mañana de setiembre, con el coche a tope, el tanque lleno y sándwiches para el camino, emprendemos la travesía del desierto argentino. Hasta principios del siglo XX los que querían ir al sur tomaban el barco del puerto de Buenos Aires a Valdivia y de allí cruzaban la cordillera a lomo de caballo o de mula. Era más cerca. La pampa, ese espacio infinito entre la capital y el sur, aún no había sido conquistada completamente y había cientos de kilómetros sin agua y sin un alma que vive; aún hoy es así. Nos detenemos a comer los sándwiches al lado de una cerca, adonde llega un 'enorme cochón' quien mira desafiante el jamón-con-queso que rápidamente compartimos con él. Durante tres días, el auto deja de ser auto y se convierte en barco; surcamos un gran mar, donde rápidamente desaparecen los puntos de referencias y el carro navega durante horas enteras sin cruzarse con nadie. Me imaginaba una pampa infinita, lo que no sabía es que en la pampa el cielo también es infinito; al igual que un planetario tamaño natural, cubre con su bóveda todo el espacio y toca el borde del horizonte que nos rodea.
El tercer día, al bajar una loma, aparece de golpe Zapala y al fondo la cordillera nevada como un telón pintado, completamente blanca, irreal, de belleza parecida a un gigantesco merengue, allí empieza en serio el sur.
El fin del mundo no es siempre un lugar. El fin del mundo puede ser fracasar en el examen final, perder el amor que creímos era para toda la vida, ver morir al ser amado. El 15 de agosto el fin del mundo le llegó a la buena gente de Pisco, de Ica, de Paracas, el fin del mundo no es tanto un lugar, como sí un sitio en el corazón cuando está roto.