Por Farid Kahhat. Analista internacional y catedrático de la PUCP
¿Qué es una nación? La primera respuesta a esa pregunta se la debemos al abad Sieyes, quien al fragor del fermento político que precedió a la Revolución Francesa, la definió como "la totalidad de individuos unidos para vivir bajo una ley común y representados por la misma asamblea legislativa". La condición de nacional derivaba pues de la condición de ciudadano. Y los ciudadanos eran (al menos en principio) iguales en derechos y deberes ante la ley, sin importar factores tales como su lengua o su religión (es decir, con prescindencia de su cultura).
Lamentablemente esa definición cívica de la nación tendió a ceder paso con el tiempo a una definición étnica, según la cual el compartir determinados rasgos culturales (como la lengua o la religión) era condición sine qua non para ser considerado parte de la nación. A su vez, los nacionalismos étnicos suelen invocar el derecho a la autodeterminación de los pueblos para justificar la creación de estados culturalmente homogéneos. Pero según James Rosenau, los estados que albergan un pueblo culturalmente homogéneo representan una pequeña minoría dentro de la comunidad internacional. Esa es la razón por la que, en la mayoría de estados, la búsqueda de homogeneidad solo podría fructificar allí donde quienes no comparten la cultura de la mayoría son asimilados por la fuerza, expulsados del territorio, o simplemente exterminados.
La cruenta división del subcontinente indio entre un Estado musulmán, como Pakistán, y otro de mayoría hindú, como la India, es un caso que revela los problemas a los que usualmente da lugar el nacionalismo étnico. En primer lugar, la partición implicó que millones de personas se vieran forzadas a marchar al exilio por estar ubicadas del lado "equivocado" de la nueva frontera internacional. En segundo lugar, al menos uno de cada cuatro musulmanes en el subcontinente permaneció en territorio controlado por la India, lo cual a su vez provocó dos guerras entre los nuevos estados por el control de Cachemira (región de mayoría musulmana, pero bajo control de la India).
De otro lado, la religión musulmana logró unificar y movilizar políticamente a quienes la compartían solo mientras tuvieron al frente al nacionalismo hindú. Pero una vez conquistada la independencia, la religión que profesa la virtual totalidad de los pakistaníes dejó de ser su fuente primordial de identidad política. Desde entonces, la rivalidad con la India ya no fue suficiente para cohesionar el frente interno, y divisiones regionales, económicas y culturales que hasta entonces habían permanecido latentes, comienzan a cobrar prominencia política. Así, tras una guerra civil instigada por la India, Pakistán perdió en 1971 su región oriental, que pasó a constituir el nuevo Estado de Bangladesh.
Mientras fue parte de Pakistán, Bangladesh era la región más pobre del país, y estaba geográficamente separada del resto de Pakistán por unos 1.500 kilómetros de territorio indio. Y si bien era una región de amplia mayoría musulmana sunita como el resto del país, lingüísticamente el 97% de sus habitantes eran (al igual que una parte de la India) bengalíes, mientras que el resto de Pakistán estaba dividido en una miríada de lenguas, entre las cuales el urdu constituye la lengua oficial. Lo cual es paradójico si se tiene en consideración que se trata de la lengua materna de una pequeña minoría que desciende de los musulmanes que emigraron desde la India durante el proceso de partición (y que, por ende, no es originaria de Pakistán).
Además las diferencias lingüísticas (que suelen implicar otras diferencias culturales), suelen tener correlación con diferencias de orden político y económico. Es por eso que, en casos como el de los pashtún ubicados en el noroeste del país, esas diferencias se han convertido en la fuente de movimientos nacionalistas que cuestionan el predominio económico y político de la provincia del Panyab (o Punjab, en inglés). Ello hace que las demandas por la descentralización del poder y la democratización del Estado tengan una dimensión étnico-regional: la mayor parte de la burocracia pública y, sobre todo, de los altos mandos militares que han gobernado el país durante buena parte de su historia provienen de la provincia del Panyab.
América Latina es una de las pocas regiones del mundo que no se ha visto lastrada por nacionalismos étnicos con pretensiones separatistas. Pero eso podría estar empezando a cambiar en el caso de Bolivia. De un lado, con la prédica separatista de Felipe Quispe, quien promueve la creación de la "República Indígena del Collasuyo". De otro lado, con los movimientos autonómicos representativos de la "Nación Camba" (sic), cuyo discurso suele ser racista y excluyente (al punto de hacer pública una lista de presuntos "traidores" al movimiento, simplemente por discrepar con su prédica). Pero como demuestra la experiencia pakistaní, todo lo que se divide puede luego subdividirse, y la respuesta del Gobierno Boliviano a esos movimientos autonómicos ha sido la de promover dentro de ellos autonomías (municipales e indígenas) de menor envergadura.