MUNDO
Por Erik Struyf Palacios. Corresponsal
BRUSELAS. Robert es un keniata de unos 50 años. Sentado entre los escombros de lo que fue un mercado, llora llevándose las manos a la cabeza: "¿Cómo pudo pasarnos esto?", se pregunta desconsolado, mientras observa a su alrededor: cuerpos heridos, cadáveres desperdigados por el suelo, sangre, destrucción, fuego El hombre se encuentra en una barriada de Nairobi, una de las muchas que fueron escenario de una violencia política-étnica que en pocos días se expandió por toda Kenia y tiñó de rojo un país aparentemente estable.
Los lentes de las cámaras que filmaron a Robert y difundieron luego su desolación y la de su entorno por el mundo entero no fueron testigos de lo que los ojos del hombre vieron: "Llegaron por montones, nos sacaron de nuestras casas, de nuestros puestos y comenzaron a destruirlo todo. A quienes se resistieron, los apalearon, los apedrearon, los lincharon". Ningún lente captó tampoco los instantes en que decenas de hombres, mujeres y niños corrían desesperados rumbo a una iglesia para ponerse a resguardo de una turba de jóvenes enardecidos que los perseguían armados de porras, piedras y machetes. Nadie captó los minutos terribles en que 40 de ellos, imposibilitados de escapar, fueron quemados vivos dentro del templo de madera.
La escena de la iglesia tuvo lugar el 31 de diciembre último cerca de Nakura, un poblado del oeste de Kenia. Cuando las imágenes se difundieron primero en Kenia y después en el resto del mundo, embriagado en las celebraciones del nuevo año, como Robert, nadie entendió: "¿Cómo pudo pasar esto?", nos preguntamos, mientras los cables atribuían los hechos de violencia a un fraude maquinado por el presidente Mwai Kibaki en perjuicio de su opositor Raila Odinga, del Movimiento Democrático Naranja, en las elecciones del 27 de diciembre.
François Grignon, experto en África del Internacional Crisis Group, ensaya algunas explicaciones más esclarecedoras: "Sabíamos que los ánimos estaban caldeados antes de las elecciones. Incluso tuvimos conocimiento de algunos hechos aislados de violencia y de algunas muertes, pero jamás imaginamos que esto podría pasar", nos confía. "El fraude manifiesto e innegable fue solo el detonante, y no la causa de lo ocurrido". La pretensión del presidente Kibaki de perpetuarse en el poder pese al veredicto de las ánforas encendió el llano.
¿Pero por qué condujo a la masacre de civiles a manos de civiles? Robert y los suyos, así como los infortunados de la Iglesia quemada tenían en común la mala suerte de pertenecer a la misma etnia de la que proviene el presidente tramposo: los kikuyus. A partir del domingo 30 de diciembre, apenas los canales de televisión y las radios anunciaron la supuesta victoria del oficialismo por estrechísimo margen, la sorpresa se tornó frustración y esta se volvió rabia entre millones de keniatas que se veían despojados de la ilusión de un cambio por vía democrática. Y en un abrir y cerrar de ojos, tras una reacción desmesurada de la policía contra los keniatas que salieron a las calles a expresar su rechazo al fraude, la reacción política se volvió enfrentamiento étnico: los kikuyus, los hermanos de sangre del presidente, se convirtieron en blanco enemigo de las masas.
Los cadáveres se acumularon en pocos días hasta sumar mil, según cifras de la oposición. Cientos de miles de kikuyus temerosos comenzaron a huir de sus poblados, abandonaron cultivos, comercios y otras actividades económicas. Se fueron agolpando en improvisados campamentos levantados por organizaciones humanitarias, que apenas pueden atenderlos porque muchos de los caminos y puentes por los que deberían transitar alimentos y medicinas están bloqueados. En menos de una semana, entre el domingo 30 y el lunes 7 se gestó una crisis humanitaria sin precedentes por el desplazamiento de alrededor de 250.000 personas. A partir del martes 8 el gobierno ordenó a las fuerzas armadas escoltar los convoyes de ayuda para protegerlos de los ataques de la población. Las ONG esperan que con esta medida fluya el abastecimiento de los campamentos y hospitales, de otro modo temen que las epidemias comiencen a hacer pasto de los refugiados.
EL PECADO DE KIBAKI
Mwai Kibaki cometió no solo el error de fraguar un fraude. Entre el 2002 y el 2007 su gobierno contribuyó al crecimiento de la economía keniata (6,1% durante el último año de su gestión), pero no se esforzó por acometer una redistribución de la nueva riqueza, que dio a parar en bolsillos de las élites y la clase media en un país en donde el 60% de la población debe sobrevivir con menos de dos dólares diarios de ingresos.
"Kibaki y su entorno se concentraron en favorecer a los miembros de su propia etnia, en prejuicio de las restantes. Por eso los keniatas estaban ansiosos de investir a Raila Odinga, de una coalición de partidos más representativa de la Kenia pluriétnica", resume Grignon.
Al experto francés no le sorprende que la política adquiera dimensiones comunitarias o étnicas: "Esto no es nuevo ni exclusivo de Kenia. En este país como en otros la competición por los recursos, el empleo o la tierra que se sirve de sistemas de solidaridad comunitarios es pan de todos los días". Grignon, al igual que otros analistas, considera que el ingrediente étnico en los hechos de violencia de Kenia ha sido exagerado por la prensa. A sus ojos, las masas pobres constituidas por diferentes etnias se han ensañado con los kikuyus por ser estos, en general, más acomodados y porque de esta etnia proviene el gobernante que los margina.
"Es escandaloso comparar los hechos de violencia producidos en este país con lo ocurrido en Ruanda en 1994". La noticia de la muerte de 40 kikuyus abrasados por el fuego encendido por integrantes del grupo kalenjin, la segunda etnia del país (ver infografía), convenció a la comunidad internacional de que Kenia ingresaba al infierno. "Lo de Ruanda fue un genocidio planificado, probablemente pensado por el Estado, fue sistemático y se trató de una verdadera limpieza étnica", subraya Grignon, al recordar esa página negra de la historia reciente del país centroafricano, que consigna la muerte de alrededor de 1 millón de tutsis a manos de hutus extremistas.
"No es el caso de Kenia: no se han producido operaciones de limpieza étnica organizadas por un partido o el gobierno. Aquí las tensiones se han trasladado sobre conflictos latentes, un contexto postelectoral fraudulento ha sido propicio para exacerbar la violencia entre las comunidades", explica.
A título de ejemplo, el experto señala los problemas de la distribución de la tierra en un país cuya población crece a ritmo acelerado. En el campo como en la ciudad hay penuria de tierras y no es infrecuente que los kikuyus, la etnia dominante desde que Kenia se independizó del Reino Unido en 1963, aprovechen su condición de propietarios para abusar de los más pobres, exigiéndoles elevadas sumas de dinero al alquilarles covachas en las barriadas o terrenos de cultivo en el campo.
Los costos de la violencia
Sin subestimar los alcances y las consecuencias de la violencia post electoral, la mayoría de observadores descarta una guerra civil en Kenia: porque el gobierno mantiene el control sobre las fuerzas del orden, que están bien organizadas y cuentan con suficientes recursos, y porque la oposición nada gana azuzando el caos.
Al comienzo de la semana se reinstalaba la calma en las principales ciudades pero el ambiente se mantenía tenso. El martes 8 el presidente Kibaki, pese a haber prometido dialogar con la oposición para llegar a un consenso sobre cómo resolver la crisis, nombró un gabinete de 17 nuevos ministros, que no incluía a ningún miembro de la coalición de Odinga. El jueves 10 el presidente de Ghana y la Unión Africana, John Kufour, abandonó Nairobi sin haber logrado sentar a la misma mesa a Kibaki y Odinga. Como único elemento rescatable de su gestión, anunció la inminente mediación del ex secretario general de la ONU, Kofi Annan.
Hasta el momento las pérdidas económicas son colosales. La industria del turismo, principal fuente de divisas, ha quedado paralizada: miles de turistas abandonaron el país y un número aún mayor de potenciales visitantes ha anulado sus reservas para partir en safari a Kenia en el corto y mediano plazo. El mercado de té de la ciudad portuaria de Mombasa, el más importante del mundo, tuvo que cerrar sus puertas por algunos días debido a la violencia. Se calcula que cada día Kenia pierde unos 31 millones de dólares por causa de la crisis.
La inestabilidad en Kenia repercute además en los países vecinos. El este de Congo, el sur de Sudán, Uganda, Ruanda y Burundi dependen del puerto de Mombassa para el aprovisionamiento de combustible. El 25 por ciento del PBI de Uganda y Ruanda y un tercio del de Burundi normalmente transita por Kenia.
Si la situación se normaliza la próxima semana, los analistas consideran que la economía del país puede recuperarse en un período relativamente corto. Pero si la crisis se prolonga, si la inseguridad se instala, los inversores empacarán sus maletas y partirán. La sed de poder de Kibaki y su entorno dejarían a Kenia al borde del abismo.