Por JaimeCordero C.
El timón siempre sujeto con las dos manos formando las diez y diez. Ricardo Dasso arranca la breve clase explicando cuál es la mejor manera de tomar el volante y luego hace derrapar un Mercedes que no es suyo por la tierra de San Bartolo. Cuesta creer lo que alguna gente que lo conoce advierte. Parece mentira cuando uno lo ve tan entusiasta como siempre, dando sus lecciones, explicando que el auto de carreras tiene que sentirse con el trasero y haciendo bromas sobre una futura operación con la que dejaría de ser el 'Gordo'. Dasso lo confirma más tarde, bien cuadrado ante una botella de Inca Kola light: está pensando en el retiro. Asegura que si hubiera ganado Caminos del Inca el año pasado habría dicho basta ahí mismo. No pudo ser y ahora dice que lo toma como un mensaje del más allá: "No te retiras todavía, compadrito". Primero quiere encontrar un sucesor.
Solo un poco de tierra que se coló en un bidón y arruinó su bomba de gasolina en la última etapa nos permite seguir hablando de las próximas carreras con el loco más querido del automovilismo peruano. El que ganó Caminos del Inca a los 23 años, en 1986, el mismo que casi se mata en la vuelta de 1995 por pisar más de la cuenta a sabiendas de que se había quedado sin frenos. Todos hemos hecho locuras --admite el 'Gordo'--, yo he metido todo en una licuadora y de ahí he sacado mi nueva vida. Quizá la más grande de todas fue dejarse marear, como él dice. Tirar todo por la borda y quedar al borde de la autodestrucción, drogas mediante, justo cuando aparecía como la gran promesa de los fierros peruano. Ahora --dice-- todo se trata de recuperar los años perdidos.
Regresar fue más difícil que surgir por primera vez. Al surgir no me di cuenta, era joven, no había muchos pilotos, tenía condiciones y llegué arriba rápido, refiere Ricardo. Henry Bradley lo adoptó, lo incorporó a su equipo y le enseñó todas la mañas del automovilismo deportivo. A los 25 años ya había ganado una vez Caminos del Inca y dos veces las Seis Horas Peruanas. Después me fui al piso, reconoce. Sergio Machuca, el mismo que lo descubrió y fue su copiloto en varias de sus primeras carreras, lo ayudó a salir desde el subsuelo. Con Sergio estuvo cuando hizo una de sus primeras locuras deportivas: rellenar con aceite de cocina el motor de su Toyota Corona en una carrera por la Marginal de la Selva cuando solo tenía 19 años. Años después el mismo Machuca estuvo ahí para ayudarlo a empezar la escuela de manejo que acaba de cumplir 14 años de funcionamiento.
Dasso empezó de nuevo dando lecciones para sacar brevete. Ahora también da clases de conducción antisecuestros y de manejo deportivo. Solo él y Ramón Ferreyros están autorizados para dar las licencias a los que quieran ser pilotos de carrera y el 'Gordo' se precia de que el 90% de los corredores actuales ha pasado por su clase. Además tiene una empresa verificadora que se encarga de certificar los autos usados que llegan al país y varios caballos de carrera.
Dejar una huella
Volvió a competir en grande: ganó dos veces más las Seis Horas Peruanas (en total suma siete triunfos, en la general y en otras categorías). También se quedó por poco dos veces en Caminos del Inca. Asumir el segundo puesto en la vuelta del año pasado le costó una semana de depresión, pero al menos sirvió como acicate para que siguiera compitiendo. Asegura que volverá a intentarlo pero también que no ha dejado de pensar en el adiós. No por años de edad --aclara a sus 44 que no parecen demasiados--, sino por años de piloto. El año pasado corrió el rally de Argentina, fecha del mundial, para celebrar sus 25 años como piloto. El final está cerca, pero antes quiere encontrar un sucesor. Algo parecido a lo que Bradley hizo con él, adoptar un discípulo, enseñarle los secretos y, luego, buscarle un auto y algunos auspicios para soltarlo en el ruedo.
Ha empezado su búsqueda en provincias y ya encontró varios candidatos en Huánuco, Huancayo, Arequipa, Tacna y Cusco, ciudades a las que llega porque los clubes locales lo llaman para que certifique a sus pilotos. Su idea tiene mucho de 'reality show' televisivo: juntar a diez prospectos, traerlos a Lima y someterlos a un curso intensivo tras el cual elegirá al mejor. El ganador obtendría como premio el asiento de copiloto del 'Gordo' en dos o tres carreras y la posibilidad de seguir aprendiendo hasta convertirse en un piloto importante. Espero poder hacerlo hacia la primera quincena de marzo --se proyecta Ricardo--, aunque todavía no está seguro de qué tan grande será el desafío. Por ahora me planteo hacerlo solo --dice--, si veo que no puedo, consideraré la posibilidad de pedir ayuda a empresas privadas. A los dirigentes no, remata, porque eso sería como pedirle peras al olmo.
Quiero dejar una huella, insiste el 'Gordo'. Sabe que el automovilismo es un deporte ingrato y de difícil acceso. Es posible --sostiene-- que cualquier chofer de la calle haya podido llegar a ser mejor que campeón mundial de rally, pero nunca tuvo la oportunidad de probarse. Yo estoy tratando de abrir un poco la puerta. Si todo el mundo dejara algo a alguien que esté fuera de su entorno más cercano, el mundo sería diferente, ¿no crees? Yo lo estoy haciendo --prosigue--, la mayor remuneración para mí es que la gente aprenda, meterles algo en la cabeza y que les sirva, ese es mi mejor premio.
El auto se controla con las manos sobre el timón formando las diez y diez. Se conduce con la mirada bien al frente para anticipar los obstáculos. Se siente con el trasero. La vida se conduce con el corazón. Y eso, Ricardo Dasso también tiene de sobra.