El BRASILEÑO VOLVIÓ A LIMA COMO EMPRESARIO PARA DARLE UNA MANO AL BOYS
Por Ahmed Alava
Marcos dos Santos puede ser el nombre de un obrero, un ingeniero o incluso de un escritor brasileño; es el nombre, en realidad, de cientos, miles, de personas que pasan inadvertidas en Brasil. Pero Marcos dos Santos también es Marquinho, y Marquinho para los peruanos es uno solo. En el puerto del Callao o en la China.
Fue un '10' talentoso en el país en que serlo es una obligación. Llegó a nuestro país en 1990 para vestir la camiseta del Sport Boys y llenar los ojos de los amantes del buen fútbol con perfectos goles de tiro libre. Han pasado 18 años desde entonces. Hoy también ha llegado para la Misilera aunque ya no trae sus botines en la maleta. Él cree que ha venido exclusivamente como representante de un jugador que llega como refuerzo al Boys, pero en realidad está aquí para que, con solo verlo, construyamos postales hermosas. Imaginariamente tomadas detrás o frente al arco. No solo el fanático de la Misilera. También está aquí para que los hinchas de Alianza Lima saquen las imágenes grabadas en VHS que guardan en sus repisas y vuelvan a sentir la gloria que les fue negada durante 18 años, y que al fin pudieron saborear aquella tarde talareña de 1997: el título nacional.
Marquinho también está en Lima para que el orgulloso hincha rosado le recuerde al merengue su eliminación de la Copa Libertadores en 1991, sentenciada en los penales por unos pies iluminados que en aquella época eran los mejores del país.
El volante creativo que se tiró abajo las leyes de la oferta y demanda del mercado de pases peruano, con su millonaria incorporación al Cristal en 1993, es ahora un pujante empresario de jugadores, pero también un generoso hacedor de obras sociales. Tiene una escuela de fútbol en Sao Paulo para niños pobres de los que espera que salgan futuras estrellas. "Tenemos alrededor de 50 niños de bajos recursos económicos que tienen posibilidades de ser grandes futbolistas. Como también soy representante, la idea es que en el futuro pueda colocarlos en equipos de Brasil y el extranjero", le dijo a Deporte Total.
En esta escuela él hace las veces de profesor. ¿Su especialidad? Obvio, las pelotas paradas.
Marquinho revela que cuando solo contaba con 18 años y empezaba como profesional en el Ponte Preta añoraba ser como Zico, por eso practicaba mañana, tarde y noche. "No hay secretos en los tiros libres, solo hay trabajo. Para encontrar la perfección, solo trabajo", dice. Luego de su paso por el Inter de Porto Alegre, llegó al Boys en 1990 y salió goleador del campeonato en 1992 con 18 tantos. Guarda tantos recuerdos que no puede agregar a los innumerables 'souvenirs' que posee en su oficina, pero que mantiene muy frescos en la memoria. "Cuando llegué al Cristal en el 93, fue muy lindo, hice grandes compañeros como Julinho, Soto y Palacios, entre otros. Pero una de las mejores enseñanzas la tuve en Alianza. Pinto era un técnico muy exigente, tuvimos nuestras diferencias pero ahora le agradezco su rigidez, me sirvió mucho en la vida".
Jugó también en el Colorado Rapids de la MLS y en el Casino Salzburgo de Austria en 1994, en donde tuvo la oportunidad de jugar el partido más trascendental de su carrera: la final de la Copa UEFA contra el Inter de Milán.
Del Perú Marquinho se llevó también un recuerdo que es presente: "Mi hijo Lucas, que tiene 13 años, es peruano. Juega en las divisiones menores del Sao Paulo y bueno, no es porque sea mi hijo, pero tiene la pasta que necesita un buen futbolista", asegura.
Ahora, al mirar el pasado, Marquinho acepta que le dejó muchas cosas buenas al fútbol peruano y pone sus esperanzas en que Lucas tampoco sea uno del montón. En Brasil, en el Perú o en donde sea.