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LA PLUMA INVITADA

Necesitamos un himno internacional

Por Timothy Garton Ash. Historiador

El próximo lunes, Plácido Domingo tenía previsto cantar en Madrid la nueva letra propuesta para el himno nacional español. La seleccionada en el concurso organizado por el Comité Olímpico Español era de una vulgaridad irremediable: Viva España,/ desde los verdes valles / hasta el ancho mar. / Un himno de hermandad / Etcétera.

Pero, en un país cuyos habitantes no logran ponerse de acuerdo sobre cuántas naciones son, la filtración de este texto anodino ha provocado una oleada de polémica. "Es una completa estupidez", ha dicho un destacado comentarista. ¿Y no debería cantarse también en vasco y catalán? ¿O tal vez en una mezcla de cinco idiomas, como el himno de Sudáfrica? ¿En realidad, no sería más prudente que la histórica Marcha Real siga siendo un himno sin palabras, como lo es desde que se abandonó el texto aprobado por el general Franco, cuando España inició el camino a la democracia? Conclusión: el miércoles, de repente, el Comité Olímpico Español retiró su propuesta, aunque insistió en que seguirá buscando una letra nueva.

Mientras tanto, al parecer, en otro rincón de Europa, está trabajando un comité para la selección del himno nacional de Kósovo, dentro de los preparativos para la declaración de independencia que se espera en cuestión de semanas. A la comunidad internacional le gustaría que el nuevo Estado no adopte exactamente la misma bandera y el mismo himno que la vecina Albania. El antiguo presidente kosovar, Ibrahim Rugova, intentó escribir un himno de su puño y letra: "Cuando el grito de guerra desciende sobre Kósovo". ¡El grito de guerra! Justo lo que necesitamos. Ahora bien, dado que todavía quedan unos cuantos serbios que viven en Kósovo, ¿no debería estar parte del nuevo himno en serbio? Quizá, en un auténtico espíritu de multiculturalismo radical, podría incluir una estrofa albanesa que proclame la muerte para sus enemigos (sin especificar, pero claramente serbios) y otra serbia que proclame la muerte para los suyos (también sin especificar, pero claramente albaneses).

La historia de los himnos nacionales es una historia de bochornos. Exhiben a la perfección, como en una radiografía, todos los defectos y las líneas de fractura en el interior de un Estado. En general, cuando una nación no canta su himno, suele ser síntoma de que hay problemas. Tras la muerte y la deshonra de Stalin, la Unión Soviética estuvo una veintena de años sin cantar la letra de su himno, puesto que declaraba: "Y Stalin nuestro líder, con fe en el pueblo / nos inspiró a construir la tierra que amamos". En épocas más recientes, el tribunal constitucional de Bosnia declaró inconstitucional el viejo himno nacionalista serbio que había adoptado la llamada República Serbia en el interior del Estado Bosnio.

Raro y afortunado es el país que cuenta con un himno, aprobado por todos y en una sola lengua, (a) que sea melódico, (b) que no sea polémico y (c) que no sea insustancial. En el premio a la falta de sustancia, esa letra española de tan corta vida tiene serios rivales internacionales. Recuerdo, por ejemplo, el tono absolutamente burlón con el que un joven australiano nos cantó a mi familia y a mí, mientras paseábamos por Sidney, la letra de "Adelante hermosa Australia". Pero seguramente la palma se la llevan las Bahamas: Alza tu cabeza al sol naciente, bahamalandia; / Marcha hacia la gloria con las relucientes banderas ondeando en las alturas. / Mira cómo observa el mundo tu estilo y tu porte.

Sin embargo, hasta los himnos nacionales más vulgares pueden provocar instantes de emoción colectiva que hacen que a uno se le pongan los pelos de punta. Y mucho más en el caso de los pocos realmente magníficos. Un amigo sudafricano me contó en una ocasión lo emocionado que se había sentido la primera vez que vio cantar a un equipo blanco de rugby de su país Nkosi Sikelel' iAfrika. Nunca olvidaré todas las veces que he estado en medio de una muchedumbre polaca con ese mismo sentimiento eléctrico de emoción, cuando la gente a mi alrededor desafiaba al poder opresor cantando la Mazurka Dabrowski.

Barras y estrellas también es uno de los grandes, pero el mayor de todos es La Marsellesa. Existen varios motivos para querer ser francés; quizá el mejor de todos es poder cantar su himno. Cuando uno pregunta: "¿Qué significa ser una nación?", eso es lo que los filósofos llamarían una definición ostensiva. Todo el mundo conoce la escena de "Casablanca" en la que el héroe de la resistencia, Víctor Laszlo, ordena a la orquesta del Rick's Bar que toque La Marsellesa para ahogar a los alemanes que cantan Wacht am Rhein, y hasta la prostituta del bar se les une.

Hace mucho que estoy convencido de que los guionistas de "Casablanca" robaron la idea de otra película, en mi opinión todavía mejor: "La gran ilusión", de Jean Renoir, filmada cinco años antes. En ella, unos prisioneros de guerra franceses están representando una revista --algunos vestidos de mujer-- delante de los oficiales del campo alemán, cuando uno de los presos interrumpe para decir: "¡Hemos recobrado Douaumont!" La orquesta se apresura a tocar la melodía, las 'mujeres' se quitan las pelucas y se ponen firmes y toda la sala entona "Aux armes, citoyens/Formez vos bataillons", mientras miran fijamente a sus guardianes, hasta el trozo en que la letra exige que "la sangre impura" de los invasores riegue los campos de Francia.

Los himnos nacionales no son meros símbolos del Estado; en el mejor de los casos, son además parte del sistema nervioso de una comunidad política viva. Y en ese sentido, es impresionante que pocos himnos lo consiguen. El experimento de Madrid, por lo visto, se ha producido impulsado por los próximos Juegos Olímpicos de Beijing. El movimiento olímpico tiene un himno propio, pero poca gente lo conoce, y la letra es puro algodón de azúcar (quizá sea mejor en el original griego). Lo que los espectadores esperan que suene en los Juegos Olímpicos --para no decir los partidos de fútbol e incluso la guerra-- es su himno nacional.

La Unión Europea cuenta con una música magnífica, el Himno a la alegría de Beethoven, pero no hay una letra oficial. La ONU no tiene himno. El himno extraoficial de protesta We shall overcome tiene cierto prestigio internacional, pero seguramente el himno internacional más logrado de la historia moderna es el cántico de todos los partidos comunistas, La Internacional. Incluso a quienes odiaban la realidad del comunismo les gustaba cantarlo, a veces. Había versiones emocionantes en muchos idiomas. ¿Y por qué fue La Internacional el himno que más se acercó a la altura de los grandes himnos nacionales? Porque es marcial, sanguinario, y presenta un "nosotros" heroico que desafía a un malvado "ellos".

La conclusión es evidente. Para que la comunidad mundial cuente con el himno que merece, necesitamos tener un enemigo común. Siento decir que los retos inanimados del tipo del cambio climático, el sida y los meteoros no sirven. Lo que nos hace falta es algún agresor repugnante al que tengamos que hacer frente. Cuando nos invadan los marcianos, el mundo obtendrá su Marsellesa.

Timothy Garton Ash es profesor de historia contemporánea en la Universidad de Oxford. Ha sido galardonado con el Prix Européen de l'Essai
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. (c) Diario "El País", SL/ Timothy Garton Ash. Prisacom
Exclusivo para el diario El Comercio en el Perú

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