Por Tomás Eloy Martínez. Escritor
La frase ha sido atribuida a tantos personajes remotos que no se sabe ya si es una leyenda. Fue puesta en boca de Ifícrates, un general ateniense del siglo IV aC; de Cicerón, de Voltaire y de por lo menos dos mariscales de Napoleón, Ney y Bernadotte. A una pregunta sobre su linaje, el interpelado responde: "La historia de mi familia empieza conmigo. La suya termina con usted".
Cristina Fernández de Kirchner no la repitió en su primer discurso como presidenta ante la Asamblea Legislativa, el 10 de diciembre, pero el eco de esa frase resonó en el dibujo que hizo del país que gobierna desde entonces. En sus palabras, el pasado sin sosiego de la Argentina se pierde en una prehistoria que culmina con la crisis de diciembre del 2001. Después empezaría la historia: la construcción de las estructuras que ha dejado su antecesor y marido, Néstor Kirchner.
Como él, Cristina depositó el bastón de mando en manos de Florencia, la hija menor, antes de tomar juramento a los ministros. No es ese el único gesto que los asemeja. En su exposición, los observadores imparciales han vislumbrado los signos de continuidad anticipados hasta la extenuación en la campaña electoral.
La presidenta a la que votó el 45,29% de los argentinos marcó el punto de partida de esa historia al destacar que asumía en condiciones muy diferentes a las de hace cuatro años, cuando su marido fue el primer mandatario elegido --por una mayoría ínfima e inestable-- luego de la renuncia de Fernando de la Rúa y sus cuatro sucesores interinos.
"El presidente que está sentado a mi lado cambió en estos cuatro años y medio ese escenario", dijo.
La sociedad --recuérdese-- yacía entonces en un abismo sin fondo, desengañada de los políticos, a los que exigía una retirada sin regreso; la economía estaba sumida en el desconcierto, erosionada por el "default".
Al definir las líneas básicas de su gobierno, Cristina Kirchner manifestó preocupación por "la calidad institucional", un tema que inauguró el marido al renovar la desprestigiada Corte Suprema en la segunda semana de su mandato y que dejó pendiente en puntos claves como la prometida reforma política, a la que aludió la presidenta solo indirectamente en su discurso inaugural.
"Ese es el país que tenemos que reconstruir los argentinos, reconociéndonos, en nuevos instrumentos y en nuevas políticas", declaró.
El Frente por la Victoria que la llevó a la primera magistratura es, sin embargo, un ejemplo de las dificultades nacionales para crear nuevas políticas. Ese desprendimiento del peronismo --un movimiento en el cual, desde sus orígenes como Partido Laborista, pesaron más los nombres que la estructura partidaria democrática-- suma préstamos sin otra explicación que los réditos electorales, como el del vicepresidente Julio Cobos, quien proviene de la debilitada Unión Cívica Radical.
La ausencia en la ceremonia de asunción de los anteriores jefes de Estado --Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando de la Rúa, Eduardo Duhalde-- indica que las aguas del Frente para la Victoria no se mezclan con afluentes extraños, a menos que esos afluentes aumenten su caudal.
Son nombres y no ideas los que han prevalecido en las últimas décadas de una democracia que ya nadie discute. Descoloridas por el tiempo las veinte verdades del peronismo, que postulaban un tosco programa de gobierno, lo que sobrevive ahora del viejo tronco plantado por Perón, el general fundador, es solo un tejido que asume diferentes formas según las alianzas de los caudillos: Carlos Menem en el noroeste y en Cuyo, Duhalde en la poderosa provincia de Buenos Aires, Kirchner en la Patagonia.
Nombres y no estructuras partidarias con base y dirigentes organizan las cuatro escasas estaciones del pasado en las que se detuvo la presidenta. Tres nombres del siglo XIX: Mariano Moreno, José de San Martín y Manuel Belgrano, figuras de la revolución y de las guerras por la independencia de España. Y uno del siglo XX, la figura mitológica del peronismo.
Gobernar el país "me va a costar más porque soy mujer", dijo Cristina Kirchner. Su guía será "el ejemplo de Eva Perón, que quizá hubiera merecido esto más que yo".
La Argentina es una democracia sin partidos. Tras décadas de proscripciones, dictaduras y fracasos económicos, que naturalizaron la debilidad política y la desconfianza en la justicia, los argentinos parecen haberse conformado con una cuota mínima de institucionalidad.
A diferencia de otras democracias, en las que los ciudadanos eligen en los comicios a representantes que deben rendir todos los días cuentas de sus promesas, en Argentina votar es un acto de delegación que se ejerce cada dos años. Tal vez el mayor compromiso con la política internacional que parece mostrar la nueva mandataria contribuya a que eso cambie.
Por lo pronto, tiene claro que necesita resultados concretos en el Mercosur y el aporte de capitales extranjeros más allá de la ayuda siempre costosa del presidente venezolano, Hugo Chávez. "Un mundo unilateral es un mundo inseguro e injusto", dijo.
Con una inflación real que según los economistas supera el doble del 9% oficial, y que golpea sobre todo a los sectores de ingresos menores, era necesario que en su primer mensaje la presidenta mencionase el desafío de mantener el crecimiento. "Mientras haya un pobre en la patria no habrá victoria definitiva", dijo, y en la idea de movilidad social unió la economía con la educación.
Insistió en su empeño por fortalecer la escuela pública porque constituye un instrumento para que hijos de trabajadores lleguen a la presidencia. Acaso hablaba de ella, de su infancia en un hogar de clase media en los suburbios de La Plata, en la provincia de Buenos Aires, donde comenzó su militancia juvenil: "Mi esposo y yo somos hijos de la escuela y de la universidad públicas. Pero aquella educación que nosotros recibimos no es la de hoy".
Tiene razón: las escuelas están devastadas, en ruinas, y la Argentina ha dejado de exportar cultura, como hace medio siglo. Exporta técnicos e intelectuales brillantes, pero no ideas ni los instrumentos que hacen posibles esas ideas.
Ifícrates era hijo de un zapatero. Lo que dijo sobre el linaje --si fue él quien lo dijo-- expresa un profundo desdén por el pasado y una confianza impetuosa para cambiar el futuro. Dos mil cuatrocientos años más tarde no es necesario abolir el pasado para que los hijos de zapateros, que son ciudadanos hijos de ciudadanos, puedan ocupar el sillón presidencial.
En el pasado están los errores intolerables que no se pueden volver a cometer, las tragedias que han dejado marcas indelebles, los caminos que condujeron a callejones sin salida. No hay futuro sin pasado. El vacío ocupó el horizonte solo una vez, en 1516, cuando la Argentina era inhóspita y ni siquiera tenía nombre. Ahora no. El pasado es tan fértil en lecciones que cualquier futuro es mejor, a condición de que no se olvide ni se niegue que la realidad empezó hace mucho más de cuatro años y medio.
Tomás Eloy Martínez es el autor de
"La novela de Perón", "Santa Evita" y "El vuelo de la reina".
© Tomás Eloy Martínez
Distribuido por The New York Times Syndicate. Exclusivo para el diario
"El Comercio" en el Perú.