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CONTRACORRIENTE

"Si el producto no sirve, no hay publicidad que pueda salvarlo"

Hernán Campos y sus 50 años como publicista

Por Milagros Leiva

Una mañana, hace cincuenta años, fue invitado a los estudios de América Televisión que acababa de ser inaugurado. Nicanor Gonzales, el dueño, el hombre fuerte, el fundador del nuevo canal, hacía el recorrido. Hernán caminaba boquiabierto, casi alucinado porque en ese mismo preciso instante se transmitía una película de vaqueros. La televisión había llegado al Perú y la incertidumbre sobre el nuevo negocio era el tema de conversación entre los empresarios. Cuando ingresó al auditorio, el tamaño le sorprendió tanto que no pudo evitar la pregunta:

--¿Y por qué es tan grande este auditorio?

-- Mira, Hernán, si esta vaina no funciona, lo convierto en cine y alquilo oficinas en el segundo piso.

Hernán era, es, Hernán Campos, un muchacho que entonces cachueleaba en la agencia Causa y que se empapaba de la publicidad mientras estudiaba Derecho en la Universidad Católica. Trabajaba en el departamento de radio y se encargaba de la grabación de locuciones, del contacto con los clientes. Era un aprendiz entusiasta. Así era antes. A la publicidad, a la televisión, a la prensa, a la radio, se llegaba casi por casualidad. Ahora uno lo hace por vocación, aclara el mismo Hernán, cincuenta años después. Sentado en su oficina de socio y gerente de la misma agencia, sentado frente al mar, sonríe y dice que de Lima solo detesta dos cosas: la neblina del malecón que no le deja ver el mar y el tráfico por las bocinas ruidosas y la falta de respeto a las normas. Esta mañana hay neblina, pero igual la vista es un privilegio. Uno dice lo mismo de su trabajo y Hernán asiente. De hecho hubo varias neblinas que soportó en sus cincuenta años de publicista, pero al final existe una sola certeza: la publicidad le gusta y piensa seguir quedándose.

--¿Y cómo ha hecho para permanecer tanto tiempo en una sola empresa sin aburrirse, sin que le dieran de baja por la edad? --le pregunto porque no veo a ningún canoso en los pasillos de su agencia.

Hernán vuelve a reír. En Causa trabajan ciento diez personas, y canosos solo hay cinco, aclara. Todos los demás son jóvenes que apenas pasan los treinta:

--Haber visto la película te ayuda a equivocarte menos, en mi caso, y no te miento, habré visto la película por lo menos unas doce veces.

--Entiendo, pero yo me refería a la permanencia. Un gerente no suele durar tanto, trabajar cincuenta años en una sola empresa es una excepción...

--Lo que pasa es que todos los días me nutro del contacto con los jóvenes Y tenemos un secreto: nunca cerramos la puerta. Yo no soy el típico gerente que da cita cuatro días después. La relación humana es fundamental en cualquier actividad, pero en una empresa de comunicaciones es prioridad. También hacemos de cuenta que todas las noches perdemos clientes y que a la mañana siguiente debemos reconquistarlos. Es la única manera de mantener la llama viva. Es la única manera que he encontrado para mantenerme: sentir que siempre quedan cosas por aprender.

DESDE EL INTERIOR
Hernán Campos solía ser un joven inseguro, lo reconoce. Era tal su indecisión que alguna vez hizo repetir quince veces la misma locución a Humberto Martínez Morosini. Se cuidaba las espaldas por partida triple. Ya creo que está bien, Campitos, le decía Humberto, y solo entonces entendía que era suficiente tanta repetidera. Con los años, Hernán aprendió a tener confianza en su instinto. Hoy huele casi al instante cuando una idea puede funcionar.

La seguridad se trabaja de a pocos, advierte. La entereza se descubre en tiempos de dificultad. Eso lo aprendió en épocas del terror, durante el atentado a Tarata. Cuando Sendero Luminoso colocó el coche-bomba la oficina de Causa se partió en dos. Felizmente ninguno de sus trabajadores murió, pero la tristeza todavía encuentra sitio en los ojos de Hernán cuando recuerda los gritos de los familiares buscando sobrevivientes. El vigilante de la inmobiliaria que trabajaba en el mismo edificio nunca apareció: su cuerpo se desintegró. Hernán enmudece. Esa noche sacó fuerzas, no sabe de dónde, y plantó una bandera peruana entre los escombros. Esa noche decidió que los terroristas no se llevarían sus ganas y que jamás se iría del Perú:

--Es la experiencia más dolorosa que me ha tocado vivir. Fue muy duro, pero a la mañana siguiente estábamos decididos a seguir trabajando. De hecho no paramos.

La memoria fluye y Hernán recuerda en voz alta. Tampoco pararon en la dictadura de Velasco a pesar de las injerencias y prohibiciones militares y menos en los años de hiperinflación del primer gobierno aprista. En aquellos años su sueldo no alcanzaba para pagar el colegio de sus tres hijos, pero tampoco pensó en migrar.

PARA LEVANTAR EL PERÚ
--Yo creo que los medios tienen mucha responsabilidad. La prensa tiene que levantar las noticias de nuestro país; no puede ser que lo más importante siempre sea un accidente. Hay muchas cosas positivas en nuestro país, mucho más que la imagen negativa que pretenden informar. Falta publicidad para las cosas positivas.

Hernán Campos cree que en el Perú están pasando grandes transformaciones que hay que difundir, le gustan las historias de éxito, los secretos de la gente emprendedora. Le gusta tener memoria. Por eso le parece vital no olvidar lo que sucedió con el terrorismo para que la barbarie no regrese. Y también, cómo no, reconoce que hacen falta campañas que propongan mejorar la calidad de vida. Orinar en la calle, ensuciar la calle y tener uno de los tráficos más espantosos del mundo puede ser reversible en nuestro país. Hernán confía en el cambio: los peruanos merecemos respeto, educación.

--¿Y qué espera para los próximo años?

--Para nuestro país espero que en el 2011 no cometamos la locura de elegir a alguien que patee el tablero. Si todo sigue manejándose bien, en el siguiente gobierno tendremos un producto por habitante de ocho mil dólares. Los promedios pueden ser engañosos, es cierto, pero yo confío en que la pobreza disminuya. Sé que no será posible en todas las zonas, por eso la tarea fundamental de este gobierno es mirar hacia el sur.

El contador interrumpe. Hernán tiene reuniones pendientes. La competencia con las agencias internacionales no le asusta, tampoco las intenciones de compra. A sus 67 años tiene claro que vivimos en un período de globalización y que lo único que queda es ser competitivo. Él está preparado.

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