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CARTA DEL FIN DEL MUNDO

Última morada

Por Maki Miró Quesada

La primera vez que vinimos a San Martín de los Andes lo hicimos de la manera moderna, en avión. Moderna pero no necesariamente superior, porque los aviones de Buenos Aires a Chapelco, el aeropuerto local, salen un día sí, el otro no, y por lo general lo hacen con dos horas de atraso o más. Luego de un vuelo tranquilo, la aproximación final a la pista de aterrizaje pone a prueba a los más valientes. Bruscos baches de aire, subidas violentas, sacudones fuertes de lado a lado: el famoso viento de la Patagonia que sopla de la cordillera hacia el este no perdona. Las manos crispadas sobre los brazos del asiento, los nudillos blancos apretados y el corazón en la boca --seca--, el avión como una cometa loca despega con las justas, un pitón a la izquierda y un cerro a la derecha, se alínea con la pista y toca tierra, primero una llanta y después la otra. Aplauso general con manitas sudadas no se sabe si celebrando la pericia del piloto o solamente la alegría de vivir para ver otro día. En el aeropuerto un afiche anuncia: "Bienvenidos al Paraíso".

Hay nombres que suenan a mito, que están cargados de leyenda: Samarcanda, Ulán Bator, Katmandú, Cartagena de Indias, Patagonia. Uno sueña sin conocerlos porque hablan de misterio y aventura --no se puede decir los mismo de Ottawa o Manchester, nadie sueña con eso. San Martín es una pequeña ciudad --que todos llaman pueblo-- al borde de un lago precioso entre dos cordones de montañas llenas de pinos. Las calles están bordeadas de rosales de todos los colores que florecen de diciembre a mayo; las casas tienen tres pisos y son de tronco y piedra y no, no se parece a Suiza. Nos quedamos apenas dos días en una hostería con sospechoso nombre alemán que nos recuerda la yunta non sancta de la Argentina en épocas de la Segunda Guerra Mundial. Andamos en busca de un terreno para construir una casa y venir a instalarnos, vemos dos o tres cosas sin interés, o muy chicas o muy cerca del pueblo. El segundo y último día nos llevan a visitar algo, esta vez mucho más grande que lo que teníamos pensado.

"Lo guardé para el final, sé que les va a gustar", nos dice el corredor.

Al final de un cañadón se alza una montaña imponente, erizada de rocas que parecen fortines, hay un río que cruza el campo, dos manantiales y una cascada, allí está el campo en venta. Subimos hasta una meseta desde la cual se domina todo el valle y la punta del volcán Lanin. Amor a primera vista. El corredor nos lleva a visitar al vecino más cerca, a 3 kilómetros de allí, resulta que es belga y nació en Amberes.

"He recorrido toda la Argentina y este es el sitio más lindo que encontré; aquí voy a vivir el resto de mi vida y aquí me van a enterrar", nos comenta entusiasta (inútil decir que la semana pasada el belga ha puesto su campo en venta, pero esa es otra historia).

Mi marido, que como buen europeo vive muy preocupado por adónde irán a sepultar sus amables huesos, allí nomás, en 15 minutos, toma la decisión de comprarlo --a uno, que ya pasó por Prado 2, Belaunde 1 y 2, García 1 y 2, Fujimori 1, 2 y casi 3, más Velasco Alvarado que no es peccatta minuta, le da lo mismo que lo entierren aquí o allá.

Pasado un año, regresamos a San Martín y tirando las maletas en la hostería con nombre teutón salimos disparados a ver el campo. Inútil, no lo encontramos. Finalmente llegamos a una tranquera que marca la entrada a un campo que apenas reconocemos, dividido por una cerca. Nos miramos inquietos sin atrevernos a decir en voz alta lo que los dos estamos pensando. ("¿Cuál será el lado que hemos comprado? Uy parecía mucho más grande"). Pálidos, volvemos al carro y sin cruzar palabra nos abalanzamos sobre el plano y allí perfectamente delineado están los límites de nuestro campo que abarca, claramente, ambos lados de la vieja cerca de alambre que ya no divide nada.

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