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Crónica MUERTE EN SAN MIGUEL

Un crimen que atravesó el amor

Compartían la edad, una relación amorosa de tres años y un crimen con saldo inesperado. El sábado 19, Doris Perea murió de 15 cuchillazos a manos de Rodolfo Olazábal, su otrora pareja

Por Alberto Villar Campos

Hay amores perfectos y crímenes que los contradicen. Doris Perea Farfán supo de esto último la tarde del sábado 19 de enero, en el interior de su pequeño departamento, en San Miguel. Aunque, para ser más exactos, lo hizo mientras corría por el pasadizo del mismo, situado muy cerca de su cuarto y donde a las 3 de la tarde Rodolfo Olazábal Vásquez la apuñaló 15 veces sin piedad.

No estaba sola. Sus padres, con casi 90 años cada uno, lo oían todo desde una habitación contigua. Una débil puerta de madera pintada de blanco era lo único que los distanciaba. Quizá por eso los gritos fueron doblemente estremecedores. "¡Déjame, déjame!", oyó Glicerio Perea antes de cruzar la puerta para intentar proteger a su hija. No le importaba si en ello se le iba la vida.

Un brazo ensangrentado fue el saldo de su abrupta e infructuosa defensa. Luego de eso, Olazábal dejó el lugar y volvió, segundos después, solamente para rematarla. Dicen que al salir le dijo a un agente de seguridad que andaba muy cerca del edificio que llamara a una ambulancia. El lunes por la tarde, en Arequipa, el asesino sería capturado. Planeaba viajar a Tacna y de allí cruzar la frontera hacia Chile. No tomaría mucho conseguir que aceptara su culpa. Tampoco importaba: Tenía todo en contra.

NATURALEZA EN CONTRA
La mañana del crimen, Wilfredo Yzasiga, una de las primeras personas que vio muerta a Doris Perea Farfán, fue testigo de algo que ahora resulta paradójico. El suboficial de la comisaría de Maranga recuerda haber visto a la mujer y a su futuro asesino caminar de la mano muy cerca del edificio donde vivían. "Se les veía bien, como una pareja feliz", refiere. No obstante ello, Olazábal era ya un personaje conocido, aunque por razones distintas, en las oficinas de aquella dependencia.

La tarde del 6 de diciembre del 2007, varios ladrones irrumpieron en el edificio de Doris, y se llevaron casi todos los artefactos que había en su departamento. "Olazábal sentó la denuncia aquí, pero le dijimos que sería muy difícil que volviera a ver sus cosas", refiere Yzasiga. Pese a ello, el ingeniero regresó en varias oportunidades, para exigir que investigaran el robo. "Se mostraba impaciente, desesperado: no aceptaba que le hubiesen robado", agrega.

En octubre de ese mismo año, el homicida llegó a la comisaría luego de resistirse físicamente a que un guardia de un banco lo interviniese. "Se puso violento, pero cuando llegó aquí, su actitud cambió completamente", cuenta Yzasiga.

Aunque separadas por el tiempo, ambas situaciones darían fe de un hombre no dispuesto a aceptar que le llevaran la contra o, en buena cuenta, a que le dijeran la verdad.

ERA UNA VIDA TRANQUILA
De profesión cosmetóloga, Doris Perea Farfán (43) se había mudado al pequeño departamento en San Miguel aproximadamente un año atrás. Una vecina cuenta que la mujer vivió sola hasta noviembre, fecha en que Olazábal llegó. Entre otras, recibía esporádicas visitas de sus padres, que viven en el Callao y a quienes ella adoraba.

Desde el arribo del ingeniero de 43 años, casado anteriormente y con dos hijos, la vida de Doris había transcurrido sin contratiempos. Fue, al parecer, un ingreso abrupto en la despejada vida de la cosmetóloga, pese a que --dijeron familiares de la víctima-- ambos se conocían desde la niñez. "Desde que él llegó --refiere la vecina--, se empezó a oír música a todo volumen por las noches. Unas veces era reggaetón y otras, rock de los ochenta".

Aunque al principio se los podía oír incluso entonando las canciones, como si estuvieran en un karaoke, el volumen de la música sirvió también para encubrir las fuertes peleas que la pareja empezó a tener con mayor frecuencia desde aquella tarde en que les robaron. Los gritos de ambos podían oírse en prácticamente todo el edificio, según los vecinos. Olazábal solía recriminarle a ella, sobre todo, que llevase una vida que no dudaba en calificar como mundana.

Sin embargo, los tres años de relación que la pareja mantuvo antes de que él se mudara al departamento no mermaron un ápice ese amor perfectamente atravesado por la obsesión. Todo estaría literalmente bien hasta el día en que los desvalijaron.

La puerta principal del departamento exhibe manchas de sangre casi imperceptibles que nadie se atreve a limpiar, y debajo de ella una línea crema parece dibujar el camino exacto que hizo el asesino luego de cometer el crimen. La puerta, gruesa y de madera, muestra a su vez dos fuertes chapas color dorado, compradas por Olazábal días después del hurto. Aquel excesivo arrebato de seguridad sería una forma de protegerla y de protegerse del resto, pues desde que los instaló, la mujer empezó a salir cada vez menos de su casa.

Una mañana, a inicios de enero, Doris Perea Farfán llamó insistentemente a una de sus vecinas por la ventana que da a su patio trasero. "Necesito que me abras, me han dejado encerrada", le dijo. Era verdad: Olazábal se llevaba las llaves de los dos seguros nuevos. Aunque tardaron en socorrerla, Doris finalmente logró salir de su propio hogar. Ese sería el comienzo del fin.

"ELLA ME PROVOCÓ"
El penúltimo altercado antes del crimen sucedió en un grifo cercano al departamento de Doris Perea. Era la 1 de la tarde del sábado, ella estaba con sus padres y, según testigos, tras cruzar palabras, Olazábal, que llegó de forma intempestiva al lugar, empezó a jalonearla del brazo. La mujer le había pedido que le devolviera las llaves de la casa, algo a lo que él no accedió. La pelea, sin embargo, no acabaría allí. En la comisaría de San Miguel, adonde llegaron un rato después, Doris dejó constancia del maltrato del que había sido víctima. Luego partió y, cuarenta minutos más tarde, tras prometer que regresaría con su abogado el lunes 21 por la noche, el ingeniero hizo lo mismo.

Estaba claro que la relación había llegado inesperadamente a su fin, pero aun así, llevado tal vez por la obstinación, Olazábal trasladó la disputa al cuarto que compartía con Doris desde noviembre. "No soy culpable de nada. Si he actuado así es porque ella me provocó". La breve y absurda declaración que diera el victimario la tarde de su captura en Arequipa engloba la naturaleza macabra y obsesiva de un hombre que creyó que aquella relación no acabaría jamás.

Quince puñaladas y un crimen que tuvo como testigos a los ancianos padres de la mujer han pasado desde entonces. "Él buscaba los lugares donde no la había acuchillado para hacerlo", dijo, en medio de la conmoción, Armanda Farfán, madre de Doris, la mañana en que el asesino llegó a la ciudad. No cruzaron miradas mientras este era trasladado para confesar oficialmente su crimen. Allí donde, por si fuera poco, se sintió arrepentido. Allí donde una hermana de la víctima le auguró una vida parecida al infierno.

"Una persona así difícilmente cambia"
Héctor Núñez Aguirre, jefe de servicio de siquiatría del hospital Arzobispo Loayza, refiere que el crimen de Doris Perea Farfán fue el resultado de una acumulación de motivaciones de parte del asesino. "Por sus características, se trataría de una persona con baja tolerancia a la frustración, que no pudo aceptar que le dijeran que la relación había terminado", señaló el especialista. "Queda la posibilidad de que luego reflexione sobre lo que hizo, pero una persona así difícilmente cambia", añadió Núñez, quien, además, no hizo distinciones respecto de los asesinatos pasionales cometidos por hombres y mujeres. "Una persona fuerte o débil es únicamente víctima de sus impulsos", finalizó.

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